La expedición del conocimiento

Durante dos meses 270 jóvenes de diferentes países recorren la geografía española y chilena con una mochila al hombro, en la que cargan lo necesario para sobrevivir.

Los tres primeros días de campamento son los más difíciles, tediosos y dolorosos. No solamente deben enfrentar la soledad y la nostalgia que les produce el estar a cientos de kilómetros de sus casas, sino que tienen que aprender a convivir con personas que acaban de conocer y que son de culturas distintas, a acostumbrarse a hacer dos horas de fila para entrar menos de un minuto a la ducha a bañarse con agua fría, a comer en platos de metal raciones similares a las que se sirven en el ejército y a caminar durante horas en medio de condiciones climáticas extremas.

Durante este tiempo, además, se respira tensión en el ambiente pues muchos expedicionarios no logran adaptarse tan rápido a las exigencias físicas y mentales de la Ruta Quetzal y tampoco consiguen integrarse con sus compañeros. Las burlas y el rechazo que usualmente se generan entre los grupos de adolescentes no son ajenos al campamento que comparten 270 jóvenes de 53 países, entre los 16 y 17 años de edad, que fueron escogidos para participar en esta aventura que todos los años patrocina el banco BBVA.

Esporádicamente, en medio de alguna actividad, se ven niñas con los ojos llorosos y las caras largas, otras refunfuñando entre dientes porque se sienten muy cansadas, muchachos aislados en un rincón observando a los demás en silencio y también jóvenes que cantan y bailan cargados de energía y felicidad por la travesía que comenzaron y que están seguros marcará sus vidas.

Jesús Luna, jefe de campamento e integrante de la Ruta Quetzal desde hace 18 años, cuenta que estos sucesos y sentimientos que afloran en los primeros días de la expedición son usuales y normales, pues al principio la convivencia no es nada fácil. “Hay que darles un tiempo para que se adapten. Muchos llegan creyendo que su cultura es la mejor y tienen que aprender a reconocer a los demás y a romper las concepciones que tienen sobre el mundo”. Poco a poco lo van logrando. En medio de las visitas a los museos, las actividades deportivas, las conferencias sobre la historia española o las charlas dirigidas por expertos en distintas disciplinas, los expedicionarios se van distensionando y comienzan a hacer amigos.

Levantarse con el ruido de una corneta antes de que amanezca deja de ser una tortura y se convierte en una oportunidad de admirar la naturaleza, racionar el agua con la que se bañan cada vez les parece una actitud más amigable con el planeta y la comida se convierte en una especie de tesoro, que guardan con recelo para disfrutar cada vez que llegan exhaustos después de montar en bicicleta, remar por un lago, escalar una montaña o caminar sin descanso durante medio día.

Laura Calderón, una de las jóvenes colombianas que ganó el concurso para participar en esta expedición, confiesa que no fue fácil coger el ritmo. Sin embargo, asegura que con el paso del tiempo las cosas han mejorado y ha logrado apropiarse de su rol dentro del campamento. Eso sí, confiesa que durante este proceso ha sido fundamental la compañía de su diario, pues todos los días desahoga sus pensamientos en un par de hojas que luego, cuando regrese a casa, se convertirán en el recuerdo de una experiencia de vida inolvidable.

Memorias de viaje


Cuando el reconocido periodista, cazador de ballenas y aventurero español Miguel de la Quadra inventó la Ruta Quetzal, quería que se consolidara como una iniciativa que reúne a jóvenes de diferentes culturas, razas y condiciones socioeconómicas en torno al conocimiento, la historia y el espíritu de enfrentarse a lo desconocido. Por eso estableció que los participantes debían ser seleccionados de una manera muy exigente, mediante la cual se premiara a aquellos que tuvieran el deseo y la voluntad de convertirse en mejores personas y de prepararse intelectualmente para serles útiles a la sociedad.

Para ello se empeñó en que las personalidades más representativas de cada uno de los lugares que visitaran estuvieran presentes en diferentes actos y pudieran compartir con los jóvenes. En 1985, por ejemplo, los expedicionarios tuvieron la oportunidad de cenar con Fidel Castro mientras se encontraban visitando Cuba y casi todo los años los Reyes de España han recibido a los integrantes de la Ruta para saludarlos y animarlos a continuar su aventura.

Este año, por ejemplo, el astronauta Pedro Duque, el primer español en viajar al espacio, no sólo les narró a los expedicionarios detalles emocionantes sobre sus viajes, sino que los animó a estudiar para cumplir deseos que parecen imposibles, como el de poder pisar la Luna o caminar dentro de un satélite. Jesús Garrido también es otro de los personajes de esta Ruta que ha incidido en los jóvenes y los motiva a perseguir sus sueños. Todos los años este padre jesuita deja su sotana y se aleja un par de semanas de la iglesia para convertirse en el guía espiritual de los 270 jóvenes expedicionarios. Al comienzo muchos rehúyen a su presencia, temen que por ser musulmanes o ateos vayan a ser rechazados o juzgados. Pero en la medida en que pasan los días se dan cuenta de que el padre Garrido no busca señalar ni condenar sino simplemente ser una compañía, una voz de aliento cada vez que sientan que se les acaban las fuerzas.

La vida después de Quetzal

Patricia Rivero y Laura Cortés, dos jóvenes bogotanas que estuvieron en la Ruta a comienzos del año 2000, coinciden en que su vida se divide en dos: antes y después de haber sido expedicionarias. Allí, al lado de sus monitores, compañeros y guías, aprendieron que es posible que exista una sociedad en la que todos seamos iguales. “Teníamos la misma ropa, mochila, platos, hasta olíamos a lo mismo y eso nos unía. Era como si estuviéramos en un mundo pequeño en el que las diferencias no sólo se respetaban sino que casi ni se percibían”, recuerda Laura.

Entre tanto, los jóvenes que se encuentran recorriendo España durante estas tres semanas del mes de julio, y que a mediados de diciembre se reunirán nuevamente para visitar Chile y la isla de Robinson Crusoe, luchan por ahorrar energías y por dar lo mejor de sí mismos para resistir las agotadoras jornadas, disfrutar las visitas guiadas a los sitios de interés histórico y, sobre todo, aprovechar cada segundo del día para establecer lazos de amistad con sus compañeros de campamento que trasciendan fronteras y duren para siempre.

 

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