La amenaza del desempleo

Los datos recientes sugieren que las condiciones del mercado laboral no están mejorando en los Estados Unidos y otras economías avanzadas.

En EE.UU. se proyecta que el índice de desempleo, que en la actualidad es un 9,5%, supere el 10% para cuando llegue el otoño. Debería llegar a un pico del 11% en 2010 y mantenerse bien por sobre el 10% por un buen tiempo. Superará el 10% en la mayoría de las economías avanzadas también.

Estas cifras de pérdidas de empleos, incluso con lo malas que son, en realidad no reflejan completamente la debilidad actual de los mercados laborales. Si se incluye a los trabajadores parcialmente desempleados y los trabajadores que, desmotivados, se han restado de la fuerza laboral estadounidense, por ejemplo, el índice de desempleo llega al 16,5%. En la mayoría de los países, el estímulo monetario y fiscal ha hecho poco por reducir el ritmo de la pérdida de empleos. Como resultado, la renta laboral total (la cantidad de empleos multiplicada por las horas trabajadas multiplicada por los salarios promedios por hora) ha caído radicalmente.

Más aún, muchos empleadores, buscando distribuir de manera más uniforme las penurias de la recesión y bajar la cantidad de despidos, están pidiendo a sus trabajadores que acepten reducir tanto sus horas como sus salarios por hora. Por ejemplo, British Airways pidió a los trabajadores que trabajen un mes completo sin paga. En consecuencia, el efecto total de la recesión sobre la renta laboral de los empleos, horas y reducciones salariales es mucho mayor.

Una aguda contracción de los empleos y la renta laboral tiene muchas consecuencias negativas, tanto para la economía como para los mercados financieros. En primer lugar, la caída del ingreso laboral implica una caída del consumo para los hogares, que ya han sido afectados por una gran pérdida de riqueza (con la caída del valor de las acciones y las viviendas) y un agudo aumento de su proporción de endeudamiento. Puesto que el consumo representa el 70% del PGB en los Estados Unidos, y un porcentaje similarmente alto en otras economías avanzadas, esto implica que la recesión durará más y que la recuperación económica el año próximo será anémica (menos del 1% de crecimiento en EE.UU., e índices todavía menores en Europa y Japón).

En segundo lugar, la pérdida de empleos producirá una recesión en el mercado de la vivienda más acusada y grave, ya que el desempleo y la caída del ingreso son factores clave para determinar los impagos de las morosidades y las ejecuciones hipotecarias. Para fin de año, cerca de 8,4 millones de estadounidenses estarán desempleados y sin capacidad de pagar sus hipotecas.

Tercero, si se inserta un índice de desempleo del 10% al 11% en cualquier modelo de impagos de préstamos, se obtienen cifras preocupantes no sólo para hipotecas residenciales (tanto de alto riesgo como de riesgo normal) , sino también para bienes inmuebles residenciales, tarjetas de crédito, préstamos estudiantiles, préstamos automotrices, etc. En consecuencia, las pérdidas bancarias por sus activos tóxicos y sus capitales deben de ser mucho mayores que lo que se ha estimado recientemente, lo que empeorará la crisis del crédito.

En cuarto lugar, el aumento de la  pérdida de empleos produce mayores exigencias de medidas proteccionistas, ya que los gobiernos se ven presionados a proteger los empleos locales. Esto amenaza agravar la perniciosa contracción del comercio global.

En quinto lugar, mientras más alto sea el índice de desempleo, más amplios se volverán los déficits presupuestarios, ya que los estabilizadores automáticos reducen los ingresos y aumentan el gasto (por ejemplo, en beneficios de desempleo). En consecuencia, se proyecta que empeore aún más una ruta fiscal estadounidense que ya es insostenible, con déficits por sobre el 10% del PGB y una deuda pública que se duplicará como porcentaje del GDP para 2014.

Esto conduce a un dilema en las políticas: el aumento de los índices de desempleo está obligando a los políticos de Estados Unidos y otros países a considerar programas de estímulo fiscal adicionales para estimular la alicaída demanda y el desempleo en caída. Sin embargo, a pesar de la persistente presión deflacionaria hasta el año 2010, los déficits presupuestarios en aumento, los altos costes de rescate del sector financiero, la constante monetarización de los déficits y los niveles de deuda pública que finalmente se harán insostenibles, terminarán por producir una mayor inflación (como se espera que ocurra) y mayores tipos de interés, lo que ahogaría la recuperación de la demanda privada.

Así, si bien parece necesario aplicar más estímulos fiscales para evitar que se agrave la recesión, los gobiernos de todo el mundo mal pueden permitírselo: se ven en problemas tanto si lo hacen como si no lo hacen. Si, como Japón a fines de los años 90 y Estados Unidos en 1937, se toman en serio la amenaza que representan los grandes déficits y elevan los impuestos y reducen el gasto demasiado y con demasiada prontitud, sus economías podrían volver a caer en la recesión. Pero eso también podría ocurrir si se permite que se profundicen los déficits, o se aumentan con estímulos adicionales para impulsar el empleo y el crecimiento, porque los celadores de los mercados de bonos podrían presionar aún más al alza los costes del crédito.

En consecuencia, incluso a pesar de que la pérdida de empleos socava el consumo, los precios de las viviendas, las hojas de balance de los bancos, el apoyo al libre comercio y las finanzas públicas, está acabándose margen de maniobra para más políticas de estímulo. De hecho, no sólo los gobiernos están teniendo menos herramientas fiscales a su disposición a medida que aumenta el nivel de deuda, sino la política monetaria está teniendo pocos efectos de corto plazo en las economías con problemas de insolvencia y no sólo de liquidez. Peor aún, en el mediano plazo el exceso de dinero puede dar origen a importantes riesgos inflacionarios.

No debe sorprender entonces que hoy seamos testigos de una significativa corrección en los mercados de valores, crédito y commodities . La exuberancia irracional que produjo un repunte de tres meses en la primavera ahora va a dar paso a una sobria constatación entre los inversionistas de que la recesión no habrá pasado sino hasta fines de año, que la recuperación será débil y bien por debajo de la tendencia, y de que están aumentando los riesgos de una recesión de caída doble en forma de "W".


*Profesor de Economía en la Escuela Stern de Negocios, Universidad de Nueva York.

© Project Syndicate 1995-2009Lea la versión completa de esta columna en www.elespectador.com.

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