Concierto de contrastes

Llegar a un país nuevo es siempre una aventura. Pero ningún otro país nos lo había dejado tan claro como Colombia.

Cuando uno baja del avión para tropezarse al paso siguiente con una decena de militares armados con metralletas y aderezados con sombreros de cowboys, protegiendo (o ensalzando cual guardia real) a alguna oficialidad de turno, uno no puede más que sentirse apunto de pulsar el Start en algún videojuego nunca visto.

Esta sensación de alarma, no obstante, se diluye rápido con el sol del día siguiente. Bogotá te golpea las retinas en eterna contradicción y contraste. Al gris de los grandes edificios o al nublado de sus cielos se le enfrenta el colorido de sus buses, de sus tiendas, de sus pequeñas casas, de sus flores y su gente. A los pies de gigantes centros comerciales siempre acampan los infinitos puestos de venta ambulante y los pintorescos ‘regaladores’ de minutos (especie no registrada en Europa). A los destartalados buses se les opone el Transmilenio; a los millares de restaurantes, los cientos que piden comida… El bullicio de las calles, el tráfico selvático, la velocidad de vida o muerte, los peatones que atraviesan avenidas por cualquier lugar, sin temor a perecer, o el concierto furioso de pitos entre carros, taxis y buses, parecen todos subyugados a la tranquilidad protectora de las montañas.

El clima es algo aparte y más cuando la advertencia de que no existen estaciones es interpretada como barra libre de sol caribeño. El frío y el calor se suceden vertiginosamente, pero nunca se templan; si al salir a la calle te recibe un sol de infierno, basta con cruzar la acera para que se ponga a llover... La vida de turista se vende desde los propios colombianos como un deporte de riesgo extremo. A la etiqueta de ‘turista’ se le suceden un sinfín de recomendaciones siniestras y prevenciones contra todo y todos.
Desde un “no vayan a hablar que les oyen el acento y los tumban” (gracias al cual uno ha de desarrollar todo un sistema gestual alternativo para sobrevivir), hasta las historias más fantásticas e inverosímiles en las que entran en juego secuestradores, asesinos, ladrones, guerrilleros, paramilitares, venenos, balas perdidas y hasta vampiros milenarios. Historias que uno cree parte de la vida cotidiana de la ciudad y finalmente nunca se experimentan (será que nacimos con estrella), sino que sólo lo convierten a uno en un manojo de nervios dispuesto a echar a correr cada vez que en un semáforo se le acerca un vendedor de mazorcas con apariencia un tanto extraña (cualquiera puede ser el villano de una nueva historia fatal). Pero cuando uno deja la manía persecutoria a un lado, descubre una ciudad tan enorme como maravillosa, con gente siempre amable, abierta, solidaria, humilde, sencilla… existencialmente feliz.

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