Confesiones de un astronauta

En el marco de la celebración de los 40 años de la llegada a la Luna, uno de los ingenieros aeronáuticos más reconocidos de Iberoamérica recuerda sus aventuras fuera de la Tierra.

Durante los ocho minutos y medio que se demora un cohete en despegar y atravesar la atmósfera hasta llegar a miles de kilómetros de la Tierra, Pedro Duque siente cómo se tensiona cada uno de los músculos de su cuerpo y un profundo vacío se apodera de su estómago. Sentado, sin poder estirar las piernas, experimenta la potente vibración de la nave que lo llevará al espacio y hacia la cual siente un enorme respeto, pues la energía que carga y que le permite funcionar es equivalente a dos mil toneladas de explosivos. Después de estos instantes de temor y ansiedad, viene un largo silencio. Los motores de la nave se apagan y en medio de la oscuridad Duque contempla maravillado su planeta.

“Es una sensación indescriptible”, recordó este ingeniero aeronáutico de 46 años durante una conferencia que dictó a un grupo de 270 jóvenes de diferentes países, que viajaron este mes a España para participar de una expedición cultural llamada la Ruta Quetzal. Los ojos de Duque se iluminaban cada vez que narraba los detalles de sus viajes fuera de la Tierra, de la especie de ritual que antecede al despegue —en el que los astronautas firman la puerta de la habitación del hotel donde durmieron la noche anterior— y sobre todo de la impresión que le causó ver las siluetas de las pirámides de Egipto y el resplandor de los rayos en los puntos de la superficie terrestre en los que hay tormenta.

“La Tierra desde arriba se ve muy bonita. El Sol sale y se pone cada 45 minutos y la oscuridad es total a pesar de que lo estamos viendo”. La cápsula en la que Duque ha viajado al espacio es pequeña, escasamente cabe él con otros dos astronautas. Aunque su sistema digestivo funciona normalmente y su cuerpo permanece con la temperatura adecuada, al regresar debe bajarse de la nave envuelto en cobijas y si duró más de seis meses en el espacio es posible que no pueda caminar, porque ha perdido el equilibrio.

Duque también corre el riesgo de desarrollar algún tipo de cáncer debido a la radiación a la que está expuesto o de perder masa en sus huesos y sufrir osteoporosis. Sin embargo, para él, estos riesgos forman parte de un trabajo que lo apasiona, al que llegó por casualidad en un momento en el que, según cuenta, las agencias espaciales dejaron de buscar astronautas fornidos para dar paso a una generación en la que primen la capacidad de aprender y las ganas de ayudar a la humanidad.

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