La gran cruz de Pepe

En las entrañas del Magdalena Medio, último hogar de este condenado a muerte, era conocido por los campesinos como ‘Bobomacho’.

Nadie sabe quién lo bautizó Pepe, un nombre que remite al de los tenebrosos hermanos Castaño Gil, Don Berna, Macaco, perseguidos por Pablo Escobar, Los Pepes. Al pobre Pepe, el hipopótamo, a quien en la zona donde fue acribillado por dos cazadores profesionales armados de licencia de Caza de Control, un rifle calibre 375mm y una escopeta de dos cañones, lo llamaban cariñosamente Bobomacho por ser un gran animal manso y noble. Como suele suceder, las versiones oficiales —siempre rígidas, secas, abundantes en incisos, parágrafos, y la que autoriza el asesinato de los hipopótamos, plagada de citas bibliográficas— están lejos, muy lejos de la versión que tiene la gente sobre el mismo suceso.

Razón por la cual viajé a Puerto Berrío a oír a quienes conocían los hechos y, sobre todo, a quienes habían convivido con esta enorme bestia de 3,34 metros de largo y 1,10 de ancho, 1,50 de alto y una tonelada y media de peso, con colmillos feroces —valorados en 14.000 dólares— y orejas chiquiticas. Puerto Berrío, la avanzada antioqueña sobre el Magdalena Medio, fue uno de los pueblos más golpeados por el paramilitarismo, hasta el punto de que los parientes de las víctimas suelen recordarlas hoy echando ramos de flores al río que se llevó los mil cadáveres.

Del zoológico de Pablo Escobar, que el Estado no ha sido capaz de sostener, se fugó hace tres años una pareja de hipopótamos por falta de suficiente comida, por división de la manada, por lo que fuera. Y echaron río abajo. Son animales que nadan como barriles donde no hacen pie, y donde lo hacen corren como venados. La prensa dio la noticia. Fueron bajando poco a poco, sin afán, boyando, dicen los pescadores. La pareja de renegados se estableció en la Caño Trapo, aguas abajo de Puerto Triunfo, lugar de residencia habitual de Ramón Isaza. Allí, la gente los vio y denunció su presencia.

Las autoridades se hicieron las locas. Están acostumbradas a no ver, a no oír. De todas maneras, como el punto era cruzadero de caminos, muchos pobladores los vieron ahí, pastoreando, apareándose y treinta y tantos meses después, pariendo ella a su cría. Un buen día los animalitos decidieron continuar su viaje de libertad y se establecieron frente a Puerto Berrío, abajo de Puerto Olaya y arriba de una sede del Batallón Calibío (la otra es el bello Hotel Magdalena, ya cuartel, donde Olaya Herrera lanzó su candidatura). En esas aguas, la familia de Pepe retozaba en las aguas del río y comía hierba.

La gente de los pueblos iba a verla los domingos por la tarde al charco que consideraban un zoológico natural. Seguramente algunos lagartos de Alcaldía denunciaron la atracción local como un peligro, para ganar méritos. Pero como la familia iba de travesía, un día desapareció. Algunos malpensados creyeron que era otro de los trabajos extraordinarios de gente ordinaria. Falsa alarma: los animalitos volvieron a sacar la cabeza en la desembocadura del río San Bartolo, cerca a un caserío de pescadores llamado Murillo, adonde también fui detrás de la otra versión. Y existe.

Murillo es un pueblito largo, costero del gran río, acomodado en el poco espacio que le han dejado libre los terratenientes, todos hasta hoy ganaderos, que lo rodean: la hacienda San Juan de Bedout, la hacienda La Florida, la hacienda La Martina, todas de pudientes de nuevo cuño, donde se alojaba Carlos Valderrama, director de la Fundación Vida Animal Neotropical, a quién nadie sabe por qué razón, Corantioquia, Dirección Zenufaná lo contrató para dirigir el operativo militar —o de “caza controlada”— de la familia de los Bobomacho.

El presidente de la Junta de Acción Comunal de Murillo cuenta que, desde hacía varios meses, la hembra y su cría vivían en Bodegas, sobre el río San Bartolo, pero que Bobomacho era vecino del pueblo. “En el río sacaba su trompa y resollaba cuando pasábamos a pescar, era como un saludo que nosotros devolvíamos; se la pasaba el día entre el agua, y por la tarde salía a pastar. Pastaba con las reses de la hacienda La Florida, comía sal con ellas y dormía con ellas. Por la mañana, antes de que calentara el sol, volvía al río. Nunca se supo que matara terneros, como dicen, ni que asustara pescadores. Era una belleza de animal. Claro que con semejante boca, al comienzo le teníamos respeto, pero después se lo perdimos. Era manso”.

Y por manso le quedó muy fácil a Carlos Valderrama seguirlo de cerca para trazar un mapa de su itinerario diario, que explicó con detalle a los cazadores profesionales, sobre el papel, un par de días antes del heroico operativo. Supongo que en la explicación se halló también el sargento Arboleda del Batallón Calibío, cuya misión consistió en asegurar el área y no dejar pasar a ningún civil. Puesto que “la comunidad está dividida con respecto al fin de los mismos —léase al exterminio de los hipopótamos—, se recomienda no divulgar los avances de la ejecución del convenio, especialmente sobre el permiso de caza de control otorgado hasta no haber terminado” (Informe técnico 130 ZF-6350).

El control de la información comenzaba en este aseguramiento y terminaba en el director de Corantioquia, doctor Luis Alfonso Escobar Trujillo, el único autorizado para dar declaraciones a los medios. El doctor Valderrama exigió el secreto y el sigilo del operativo para evitar que los lugareños —confesos amigos del hipopótamo— reviraran al verse engañados, puesto que el doctor había prometido no matar a Bobomacho sino sedarlo y llevarlo, en jaula, a su nuevo hogar. La promesa era, desde luego, una mentira redonda porque en la orden, firmada por él, se le concedía a Teodoro Pfeil la carcasa del animal para la colección privada y por eso formaba parte de la comisión un taxidermista.

Asimismo, el equipo llevaba una motosierra, herramienta tan conocida como temida en la región. El Gobierno exigía las manos de Pepe, respetando la tradición de cortárselas a todo trofeo que las tuviera, como hizo con las manos de Iván Ríos. Bobomacho salió del agua a las 17:30, su hora acostumbrada. Valderrama había colocado a los cazadores y a las unidades militares en lugares estratégicos. “De pronto sonaron los disparos —cuenta un pescador—, pensamos que era otro candeleo con el Ejército porque eran descargas de fusil de granada. Yo conozco esos truenos porque fui de las autodefensas y ahí nos enseñaron a distinguir”.

Las fotos de los dos cazadores al lado de su presa desmienten al pescador, aunque el detalle de que uno llevara un fusil y el otro una escopeta parece sospechoso. Caído el animal, el doctor Valderrama y sus auxiliares, como muestran las fotos, se dieron con cuchillos y machetes a la tarea de abrir el animal para extraer sus vísceras, trozar la cabeza, cortar sus extremidades y desollar al bicho. Después, consumada la orgía, el Ejército Nacional abrió un estrecho hueco y arrastró —todos a una— el animal a su sepultura. Quedó a medias, tanto así, que Valderrama, despidiéndose, les ordenó echarle tierra encima, como si se tratara de un falso positivo.


El cadáver de Pepe no fue enterrado siguiendo las normas sanitarias, dice el informe —tanto así que el “ganado no abreva ni se alimenta (sic) en ese potrero por los olores ofensivos (nauseabundos) allí generados—. Es de anotar que el sitio de sacrificio y enterramiento es valle de inundación y retiro de la quebrada San Juan, que a su vez es afluente del río Magdalena”. El doctor Valderrama estaba autorizado para transportar la cabeza de Pepe y entregársela al parque Jaime Duque, cuyo administrador nada sabía del negocio. Entonces, Valderrama decidió seguir su camino hacia su finca Tibamox en Guasca, donde unos días después el ambiente comenzó a heder, según habitantes de la vereda La Floresta.

Sin lugar a dudas, un poco más tarde de que pasara lo mismo en la hacienda La Florida, donde se descomponía Bobomacho. Las sustancias podridas de su cuerpo debieron correr al río San Bartolo con el primer aguacero, sin que ninguna autoridad ambiental tratara de evitar lo que con el asesinato de Pepe adujeron impedir: la contaminación del medio por ser los hipopótamos eventuales portadores de brucelosis, carbunco bacteriano o  paratuberculosis. El animal abatido y despresado fue, no cabe duda, el macho de la familia compuesta también por una hembra y su crío, que no estaban juntos en los días del operativo, pero que, por lo menos ella, estaba también condenada a muerte.

No se sabe si fueron fusilados antes o en los mismos días en que mataron a Pepe. El Ejército Nacional afirma que andaban por el río Ité, valle de Cimitarra (Magdalena Medio santandereano), una zona tildada de roja o subversiva por el Gobierno. Para que la hipopótama y su bebé estuvieran allí, habrían tenido que bajar por el Magdalena hasta el río Cimitarra, y subir por este hasta la desembocadura del Ité. Es decir, un viaje de por lo menos 100 kilómetros. Curioso. En realidad, como los operativos de caza controlada son secretos, es difícil saber si estos dos animales están aún vivos.

El fin del operativo no fue el fin sino el principio de un escándalo. ¿Cuál fue la razón verdadera de la cacería de estos hipopótamos? Hoy es evidente que los esfuerzos por encontrar un zoológico o un lugar donde pudieran haberse llevado fueron insuficientes. Días después de la bulla, el zoológico de Pereira declaró estar dispuesto a recibir a los dos supervivientes. Los argumentos para eliminarlos son aun más débiles. Con la tesis de ser peligrosos para el ser humano, la cabeza de los tigres mariposos, de los caimanes negros y de los osos de anteojos sería puesta a precio.

Y si se habla de animales que lesionan nuestros sistemas ambientales, ¿qué animal más dañino que los búfalos? Animales pesadísimos, que viven entre el agua comiéndose las yerbas de los humedales y apretando con sus pezuñas la tierra de sus fondos de tal manera que pierden la capacidad de retención de aguas y por tanto tienden a secarse. Por eso los ganaderos del Magdalena Medio los utilizan como verdaderas máquinas para desecar ciénagas y ampliar la superficie de sus haciendas. Ahí no más, en las cercanías del río San Bartolo, los ganaderos han desecado la ciénaga de San Juan de Bedout, El Triunfo y Santacruz.

La defensa de las comunidades que balbucea Carlos Costa, ministro de Medio Ambiente y Vivienda, suena exótica en boca de un funcionario que desconoce en público los derechos amparados por la zona de reserva forestal de Cajamarca (Tolima) a favor de la multinacional AngloGold Ashanti. Y la queja de un señor Alirio Tamayo sobre la muerte de un ternero por un hipopótamo sirvió para que el director de Corantioquia convocara una cruzada para salvar la ganadería nacional, amenazada por Bobomacho. Mirando en conjunto, es posible que la orden emane, más que de un funcionario, de la cultura sicarial que se ha tomado el país y que terminará estatuyendo la Cruz del Hipopótamo en vez de la Cruz de Boyacá.

De un plan captura a una caza

Aunque en el informe técnico de Corantioquia quedó plasmado que el director de la Fundación Vida Silvestre Neotropical (FVSN), Carlos Valderrama, tenía “todo preparado para la captura del hipopótamo”, el 12 de mayo de 2009 éste solicitó el permiso de caza de control, el cual fue concedido un mes más tarde.

Cuando circularon las fotos de la muerte del hipopótamo, los soldados que posaron al lado de éste hicieron suponer que ellos habían dado muerte al espécimen. Sin embargo, el mencionado reporte también dejó claro que Valderrama contrató a dos cazadores extranjeros, Federico y Christian Pfiel Schneider, para llevar a cabo la tarea. Pepe murió de un disparo en la cabeza, otro en el corazón y dos más de remate.

Control político a minambiente

La muerte de Pepe también ha dejado repercusiones políticas. El Congreso citó al ministro de Ambiente, Carlos Costa; a la viceministra de esta cartera, Claudia Mora, y al director de Corantioquia, Luis Alfonso Escobar, para realizar un debate de control político sobre estos funcionarios a partir de todas las críticas que han surgido tras la muerte del hipopótamo.

El representante a la Cámara por Antioquia Jorge Morales fue el promotor de la discusión, en la cual los funcionarios serán cuestionados por las presuntas irregularidades que rodearon la ejecución del animal. “Creo que optaron por la vía rápida, la vía fácil y desconociendo todos los postulados de respeto a la biodiversidad”, expresó Morales.

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