Los reyes de la colmena

Un grupo de investigadores de la U. Nacional de Bogotá está analizando las mieles de cuatro regiones. El objetivo es trabajar para que este producto tenga un sello de calidad de exportación similar al café.

Finca La María

El viejo, bajito, de botas de caucho, pantalón de talle alto y cinturón bien ajustado, se encuentra sentado en la entrada de la finca La María, vereda Bosachoque de Fusagasugá. Narra una historia de 55 años atrás, en la que él es un joven de 24 años bajando una colmena de un naranjo. “La cogí y la metí en una caja. El panal comenzó a crecer y a crecer. Yo sacaba los pedacitos de miel y los embotellaba. Todo lo hacía rústicamente. Sin siquiera usar guantes, porque en ese tiempo las abejas eran mansitas”, dice el señor José Bernardo Torres, con un dejo de nostalgia por esos tiempos en los que abundaban las abejas europeas, las que eran nobles y no atacaban al dueño. Los años trajeron al país a las africanas, que se mezclaron con las mansas y de ese cruce nacieron las africanizadas, que son las que hoy revolotean en Colombia.

El viejo es uno de los apicultores más tradicionales de la región. Desde la misma silla de La María el señor José cuenta que ha sobrevivido a ataques de estos insectos que le han dejado hasta cien picaduras en todo el cuerpo. El remedio “sagrado”: agua y miel. Luego, con la voz bajita y acelerada, recrea el día en el que la peste llegó a sus panales y lo dejó sin un solo animal. Ahora tiene 40 colmenas y su miel, que sólo les vende a vecinos y a clientes de toda la vida, está en proceso de ser exportada. La de él y la de cientos y cientos de apicultores del país que se están uniendo y organizando para llevar sus productos a otros países.

Sin exagerar, dice una investigadora de la Universidad Nacional de Bogotá que los está asesorando, la miel podría seguir el mismo camino del café colombiano en el mundo. ¿Las razones? El sabor, la textura, el aroma, la flora y las propiedades medicinales de este producto. Así lo han determinado algunos estudios de la UNAL que van detrás de un objetivo: que el país tenga un sello de calidad de exportación de la miel similar al del café.

Finca La Hermita

El joven, moreno, alto, de respuestas siempre precisas, toma un enjambre y lo acomoda en una mesa. Está en la finca La Hermita, vereda Espinalito, de Fusagasugá. Lo acompaña su padre, el señor Julio Talero, también apicultor. “Estas son abejas nativas, inofensivas, no tienen aguijón”, dice César, de 33 años, para explicar por qué abre la caja y manipula las abejas sin ninguna protección, por qué no les huye a los animales que se le posan en la camisa, por qué introduce una pipeta a la colmena para extraer miel sin el menor temor. Don Julio, a su lado, contempla con total fascinación la escena y le pide a su hijo una pruebita de miel. Y luego otra, y luego otra. “Yo muero por esto”, dice. “Es lo mejor que hay en el mundo”, repite y se pone unas goticas del producto en la boca. La muestra será analizada en la Universidad Nacional. César también llena un tubo con pedacitos de polen y propóleos, otros productos que fabrican las abejas.

Él hace parte del grupo de investigación de la UNAL y también es el líder de la recién fundada Federación Colombiana de Criadores de Abejas —que agrupa a 12 asociaciones del país—. Su padre, que no lo desampara ni un minuto, es un apasionado de la construcción de colmenas y del estudio matemático de las abejas. “Con mis alumnos empezamos a ver la parte matemática de estos animales, las distancias que recorren, a estudiar el diseño geométrico de las celdas. Son supremamente precisas y milimétricas”, dice emocionado el señor Julio, licenciado en matemáticas. Luego, padre e hijo se visten con los trajes enormes, como escafandras, que protegen todo el cuerpo. Caminan unos metros y llegan a los panales de las abejas africanizadas. Allí se repite la rutina.


Universidad Nacional

 Marta Quicazán, Judith Figueroa y Consuelo Díaz. Las tres son maestras e investigadoras de la UNAL, siempre con delantal blanco y aspecto pulcro. Las tres son responsables del proyecto, que cuenta con el apoyo del Ministerio de Agricultura, y que busca fortalecer la cadena apícola del país y determinar el sello de calidad de las mieles provenientes de Santander, Cundinamarca, Boyacá y Magdalena. La tarea de la primera de ellas, la profesora Marta, es  evaluar las propiedades físicas y químicas del producto: sus contenidos de minerales, antioxidantes, vitaminas y azúcares.

La maestra Judith, microbióloga, tiene la misión de estudiar las propiedades de la miel, el polen y el propóleo, y reconocer sus propiedades medicinales. “Hemos encontrado que el propóleo (resinas que recoge el insecto de las plantas) tiene muy buenas capacidades antimicrobianas. Reacciona a bacterias grampositivas como las que generan los problemas de la piel”.

La bióloga del grupo, Giomar, está en el laboratorio de palinología y es la guía de un grupo de investigadores que tienen la tarea de determinar de qué plantas provienen los productos y cuál es el origen geográfico. La profesora Giomar cuenta que, por ejemplo, en Santa Marta es común la miel de la planta del café, en Huila las mieles de guamo y en Boyacá las procedentes del roble.

Finca La María

El dueño de La María, el señor Ómar Castellanos, ocupa una silla contigua al viejo José Bernardo. Santandereano, pensionado de la ETB y desde hace 12 años apicultor. Ahora es él quien toma la palabra en la tertulia que se ha formado en el corredor de su finca, con sus vecinos y colegas. Lo hace con fluidez. Es un criador de abejas certificado por el Sena.

“Tenemos unas colmenas cerquita de la casa —dice señalando hacia la parte trasera de la finca—. Son núcleos en proceso de formación y hay que ayudarlas con la alimentación artificial, de azúcar y agua, para que ellas se dediquen a trabajar y a llenar los panales. En un principio se ponen allí paquetes de una reina y cinco mil abejas”. Alguien interrumpe para decir que la abeja reina pone tres mil huevos diarios y que los insectos que salen de allí viven sólo 45 días. “En cambio la reina puede vivir hasta seis años porque sólo come jalea real”, comenta alguien más.

En el corrillo está también el señor Gonzalo Cubillos, y Édgar Castañeda, de 29 años, tímido y de voz débil. Todos del núcleo de apicultores del Sumapaz. Todos amantes empedernidos de las abejas y su miel y su polen y su orden milimétrico y su actuar perfecto. El más sabio, el veterano de esta industria en Fusagasugá, don José Bernardo Torres, está sentado en una silla de La María recordando que en el año 1954, cuando él encontró su primera colmena en un árbol de naranjas, vendía una botella de miel a 10 centavos.