La última joya de la guerra contra el Perú

75 años del Instituto Nacional de Cancerología.

Si uno se detiene sobre la calle 1ª de Bogotá, de espaldas a los cerros orientales, se encuentra con una imagen inquietante. A la izquierda se observan los muros que rodean al Instituto Nacional de Cancerología. A la derecha, una al lado de la otra, funerarias acomodadas en estrechos locales. Con pomposos avisos promocionan un cómodo viaje al más allá. La imagen resume bastante bien la situación que cada día enfrentan centenares de pacientes cuando sus médicos les dicen que sufren de cáncer. La vida y la muerte de repente en el mismo callejón.

Aunque la palabra cáncer todavía pone los nervios de punta, las cosas ya no son como antes. Cada nuevo día son más y más los que sobreviven a un diagnóstico que en otra época equivalía a una sentencia de muerte. A principios del siglo XX los únicos cánceres curables eran aquellos tumores identificados a tiempo, pequeños, bien localizados, que las manos hábiles de un cirujano podían extraer.

Hacia los años 70, gracias a la aparición de la radioterapia, de drogas quimioterapéuticas, por ejemplo el metrotexate, así como el perfeccionamiento de técnicas quirúrgicas, uno de cada dos pacientes diagnosticados con cáncer sobrevivía al menos cinco años.

Hoy el panorama es aún más alentador. El 65% de los enfermos sobreviven con adecuada atención médica. En cánceres como el de próstata, colon, algunas leucemias y el de tiroides esas tasas sobrepasan el 90%. Otros como el de páncreas siguen siendo un reto. Menos del 3% de los pacientes viven.

El viejo lema de “Lucha contra el cáncer”, que acompañó las campañas de salud pública a lo largo del siglo pasado, ha sido reemplazado. En la recepción del Instituto Nacional de Cancerología, remodelado hace pocos meses, ahora se lee “Por el control del cáncer”. Un sutil parte de guerra a favor de la vida. Una conquista de los grandes avances de la medicina a los que Colombia no ha sido ajena.

Los muros del viejo edificio que alguna vez se llamó Instituto del Radium, una construcción de 1934, guardan los secretos de todas estas batallas ganadas al cáncer. Y cuentan una historia que se entreteje con los momentos políticos y sociales más importantes de la vida nacional.

Un tal Claudius Regaud y su hija Margarita

Cuando el médico colombiano Alfonso Esguerra Gómez se enteró, a mediados del año 1928, que el profesor francés Claudius Regaud visitaría Lima perdió la tranquilidad por unos días. Regaud había sido su profesor en París y era considerado una eminencia mundial en el tratamiento del cáncer con radium, una técnica que para muchos en aquella época parecía un truco de magia.

Esguerra acariciaba la idea de crear en Bogotá un instituto dedicado a tratar pacientes con esta terapia a imagen y semejanza del que había conocido en París. Fue así como a través del ministro de educación de la época, José Vicente Huertas, amigo personal de su padre, Esguerra y otros colegas médicos despertaron el interés del presidente Miguel Abadía Méndez para invitar a Colombia al médico francés.

Regaud partió hacia América en compañía de su hija Margarita a principios de agosto. A bordo del vapor Oroya, de la Pacific Steam Navigation, arribó a La Habana, de allí pasó al Pacífico a través del Canal de Panamá, para finalmente atracar en el Puerto del Callao y encaminarse a Lima. Tres semanas más tarde, a bordo de un vapor mixto de pasajeros y carga, el Nitokris, de la compañía Hamburg-Amerika, Regaud viajó rumbo a Buenaventura. Las cucarachas, atraídas por el cargamento de azúcar del vapor, resultarían una molestia que contrastaría con la comodidad que le prodigaron los colombianos.

“Desde el día en que pisé tierra colombiana, en Buenaventura, hasta el día en que la abandoné, en Puerto Colombia, se me hizo acompañar de delegaciones que solucionaron todas las dificultades de mi viaje y se ordenó a las autoridades de todos los pueblos o ciudades que tuve la ocasión de visitar o atravesar que se me recibiera oficialmente”, escribió Regaud en sus memorias.

Una semana tomó la travesía de Buenaventura a Bogotá. En Popayán Guillermo Valencia le recitó poemas. Dictó conferencias. Viajó a Cali y Armenia por ferrocarril. Luego en automóvil atravesó La Línea. Algunos trayectos los hizo a lomo de caballo y en tren llegó a Facatativá. En Bogotá no tuvo descanso. Siete veces se entrevistó con el presidente Miguel Abadía Méndez, atormentado ya por las noticias sobre las tensiones entre trabajadores y dueños de las plantaciones de banano en la Costa. Conferencias en la Universidad Nacional, la Cruz Roja y el Teatro Colón. Uno de sus edecanes fue el doctor Herrera Restrepo, hermano del famoso Arzobispo Bernardo Herrera, quien solía advertir a los feligreses que leer El Espectador era pecado.

Regaud regresó a Francia con la mejor impresión de los colombianos. “La situación moral privilegiada de Francia en Colombia no deja de ser un fenómeno curioso; tanto el reconocimiento como el amor que Colombia rinde a Francia preceden muy de lejos al interés por el intercambio de bienes materiales… El francés predomina entre las lenguas extranjeras que se enseñan en las escuelas colombianas… Me ha parecido que Colombia posee ya algunos de los medios esenciales para un hermoso desarrollo de la medicina”.


De aquella visita surgió definitivamente la idea de crear un instituto a la vanguardia del tratamiento del cáncer. El profesor Regaud redactó un proyecto donde daba la pauta para su consolidación. Pero pasarían más de cinco años antes de ver nacer el Instituto de Radium. La crisis económica mundial, los conflictos políticos internos y la escaramuza militar con Perú se interpusieron en el sueño del doctor Esguerra y sus colegas. Pero fue justamente la guerra con los peruanos, en septiembre de 1932, el evento que paradójicamente revivió la creación del Instituto. En 1933, y ante la insistencia de la comunidad médica, el presidente Enrique Olaya Herrera decretó que los bonos sobrantes del “empréstito patriótico”, como se llamó al préstamo que hizo el gobierno para financiar la guerra y que se respaldó con las joyas y alhajas de centenares de colombianos, se destinaran a la construcción del edificio que sería sede del centro médico.

Hoy, cuando miles de colombianos han pasado por los pasillos del Instituto Nacional de Cancerología, como se rebautizó años más tarde, quizá no sea exagerado decir que se trató de los 150.000 pesos mejor invertidos en la historia del país.

A partir de allí Colombia se distinguiría entre los países de Latinoamérica por el liderazgo en la lucha contra el cáncer. Fue uno de los primeros en introducir las aplicaciones con mostazas nitrogenadas en los años 40, una década más tarde importó el uso de medicina nuclear que consistía en la aplicación de oro radiactivo para tratamiento de tumores, en los 60 llegó al país la radioterapia de supervoltaje, en 1969 se puso en funcionamiento uno de los primeros microscopios electrónicos del continente. Todo siempre con la mirada sigiliosa de las Hermanas de la Comunidad de la Presentación, que se ocupaba de los servicios de hospitalización.

Carlos Vicente Rada, actual director del Instituto Nacional de Cancerología, piensa con nostalgia en la tarea que emprendieron hace 75 años aquellos visionarios. Con las reformas a la salud en los años 90, la institución comenzó a rezagarse. Los $135 mil millones que se han invertido desde 2002 apenas han alcanzado para ponerse al día en el retraso de casi una década. El intento por no ahogarse en la crisis financiera, como su vecino el Hospital San Juan de Dios, no ha dado tiempo para pensar en el largo plazo. Para el doctor Rada la pregunta ahora es qué les vamos a dejar a los colombianos que vivan dentro de 75 años.

Combatiendo el cáncer por 30 años

El cirujano Jairo Ospina Gaitán, especializado en el área de gastroenterología, estudió medicina en la U. Nacional y desde hace tres décadas trabaja en el Instituto Nacional de Cancerología. Ha sido un testigo privilegiado de los cambios drásticos que se han producido en los tratamientos contra el cáncer. “Hace 30 años el cáncer era prácticamente sinónimo de muerte. Las enfermedades eran diagnosticadas muy tarde y no existían tantas herramientas tecnológicas como hoy. Los tumores del canal anal se trataban con una cirugía mutilante”, recuerda el doctor Ospina. Hoy, las cirugías son más precisas y los pacientes llevan una vida normal.

Dice que en el futuro se sabrá desde la infancia qué enfermedades podría sufrir cada niño, y si existe una predisposición genética para algún cáncer se podría tratar antes de que aparezca.

La paciente que inauguró el Instituto

El primer paciente que llegó al Instituto Nacional de Cancerología fue la señora Armira Parada, de 55 años, quien recibió atención por primera vez el 7 de enero de 1935, cuando el Instituto apenas tenía un año de existencia.

En ese entonces, cuando la medicina en algunas partes del país, más que todo en las zonas rurales, era ejercida por la comadrona del pueblo o el curandero de confianza, doña Armira fue remitida al Instituto por otra de las autoridades médicas de ese entonces, un sacerdote. En este caso se trató de monseñor Parada Leal.

La primera paciente tratada en el Instituto presentaba un “tumor mixto del seno maxilar izquierdo”, según reposa en su historia clínica, uno de los documentos históricos más valiosos de este lugar.