La ciencia ficción del pasado

Entrevista con el ganador del Premio Alfaguara de Novela 2009, Andrés Neuman.

“Cuando el organillero empezó a tocar, algo rozó el límite de algo. Hans no añoraba nada: prefería pensar en el siguiente viaje. Pero al escuchar el organillo, su pasado metálico, le pareció que alguien, otro anterior a él, se estremecía en su interior… Sintió cómo sentía, se contempló emocionándose”. Hans es el personaje principal, un viajero sin afán aparente; el organillero es el que lo hace quedarse en esa ciudad imaginada que es Wandenrburgo, y Sophie, una bella y culta jovencita, será la que lo enamora. Estos tres personajes tejen y destejen el espíritu de la novela que hizo que el escritor de 32 años Andrés Neuman ganara el Premio Alfaguara.

El viajero del siglo es además el regreso a la narrativa clásica que condensará los conflictos de la Europa del siglo XIX y que revelará los conflictos del Occidente actual. Un relato del desarraigo,  de la extranjería, que grita desde su epígrafe “los vegetales tienen raíces; los hombres y las mujeres pies”. El Espectador habló con Neuman durante su estadía en Bogotá.

¿Por qué eligió como protagonista a un viajero?

En el origen estuvo Schubert, quien tiene una sinfonía muy hermosa que se llama El viaje de invierno, el protagonista es un hombre que abandona su casa súbitamente y deja una nota que dice “buenas noches” y se lanza a caminar sin rumbo aparente. Yo quería completar esa historia. Pensé en que el personaje fuera un nómada como lo es Hans, que ha estado en todas partes, o eso dice, que parece hablar todas las lenguas, o eso miente, y que llega a una ciudad imaginaria de Alemania, Wandernburgo, de la que no puede salir.

Pero paradójicamente hay una quietud pasmosa en términos geográficos, casi que Han está encerrado en esa ciudad…

El hombre más móvil del mundo llega a la ciudad más quieta del mundo, entonces se produce una contradicción curiosa. Hoy somos nómadas estáticos, podríamos viajar a cualquier parte simplemente en frente de una pantalla de computadora, entonces del mismo modo a mí me interesaba poner a dialogar el siglo XIX con el siglo XXI, y me interesaba construir un viajero que viviera la misma paradoja que nos aqueja.

¿Por qué mirar el siglo XIX para entender el siglo XXI?

Es una especie de ciencia ficción rebobinada. Todos sabemos que la ciencia ficción no habla del futuro, sino que hace un simulacro de él y sirve para analizar metafóricamente el presente y yo  creo que eso se puede hacer también con el pasado a través de la novela histórica. Es una ficción rebobinada, porque el objetivo de ese pasado es construir una metáfora hacia atrás de los conflictos del presente.

¿Cómo fue construir la voz femenina de un personaje que tiene tanta conciencia de género como Sophie?

Siempre he estado interesado en el pensamiento de género. Creo que las mujeres tienen una ventaja narrativa sobre los hombres, y es que ellas han sido educadas en una cultura patriarcal, entonces además de que conocen su sensibilidad femenina, entienden la lógica masculina con la que han sido educadas; a los hombres nos ocurre que por nuestro rol  histórico dominante, nos ha faltado muchas veces la mirada femenina. Uno de los grandes retos de la novela fue crear a Sophie, y para construir el personaje leí los diarios íntimos y los epistolarios de las mujeres de la época.

¿Cómo logró que Sophie y Hans, además del tono de novela sentimental del siglo XIX, fueran también contemporáneos?

En lo íntimo mi intención era hacer personajes que al inicio parecieran una heroína o un héroe romántico y que se fueran convirtiendo en una mujer y un hombre de carne y hueso. En ese sentido, partí de esas mujeres de las novelas sentimentales del siglo XIX y las llevé a un terreno mundano. Sophie tiene, por ejemplo, la menstruación en un capítulo, es extraño, pero los personajes literarios femeninos casi ninguno presenta la menstruación. Ella dice algo que incluso es muy recurrente en las chicas de mi generación: “Quiero tener hijos, pero no quiero ser madre”. Hay como una especie de desmitificación de los héroes y heroínas románticas a lo largo de toda la novela.

Los críticos dicen que usted es testigo y ejemplo de la narrativa de una generación, ¿siente eso en realidad?

Siento cosas contradictorias. No quisiera ser portavoz de nadie, ni de mí mismo, porque de alguna manera todo acto de representación es un acto de usurpación, porque se supone que hablo por alguien más. Pero por otro lado, en el encuentro de “Bogotá 39”, por ejemplo, me di cuenta de que en nuestra generación uno puede detectar ciertas constantes, que no proceden de un programa manifiesto, sino más bien de experiencias históricas comunes.

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