La biblioteca de la cárcel

En el patio 2, unidad de mediana seguridad, de La Picota, un recluso lidera un proyecto para llevar los libros a los patios.

Resguardada por un candado implacable, la biblioteca quedaba justo al lado del llamado ranchito en el que servían la comida, así que todos los días, mientras hacía fila por sus alimentos, William Javier Díaz Ramírez aprovechaba unos instantes para observar por la rejilla los libros amontonados que no le habían dejado ni oler desde su llegada a la cárcel. Su mirada, dice, era como la del sediento que ve a lo lejos un oasis.

Ya había cumplido un mes en La Picota, en el sur de Bogotá, y la exigencia seguía siendo la misma: debía contar con un permiso por escrito de estudio o trabajo para poder entrar a aquel cuarto que, visto por encima, lucía sucio y bastante oscuro. Un permiso firmado por las máximas autoridades del penal, por supuesto.

El hombre, un profesor bogotano que estudió Ciencias Sociales y algunos semestres de Filosofía, realmente no tenía planeado entrar a ilustrarse en prisión. ¿Trabajar en qué? Cuando uno está en la cárcel ambas actividades por lo general son recompensadas con una reducción de la pena —en Colombia son entre 10 y 15 días menos por cada mes que se realice cualquiera de las dos—. Sin embargo, la gratificación sólo aplica a los condenados. Y Díaz era, y es, un sindicado.

En resumen, tuvo que pasar tres meses para que el interno volviera a abrir un libro. Tres meses. “Es el camino más largo que me ha tocado recorrer para poder leer”. Sin posibilidad de conseguir el permiso oficial, se hizo a un carné como colaborador del colegio Renacer Nelson Mandela, la institución que funciona en la penitenciaría, con el cual al menos ya lo dejaban salir del patio. Laboró aplicadamente en la escuela varias semanas, dictando clases de democracia y Derechos Humanos de 8:30 a 10 de la mañana y de 2 a 3:30 p.m., hasta que, en un descuido, se escapó. Corrió a la biblioteca donde lo esperaba el candado implacable y del otro lado un administrador, otro recluso, que no lo dejó pasar, de nuevo, por culpa de la dichosa autorización firmada.

Luego de tanta peripecia, un día el bibliotecólogo se cansó —o le tomó confianza al profesor de gafas redondas, al estilo John Lennon, con cordones sujetadores, quién sabe— y le abrió de par en par las puertas del sitio, aunque sólo le permitió leer las revistas. “Yo venía, me daba una vueltica, le insistía, y nada. De todas maneras, empecé a no sentirme tan preso”.

Los libros al patio

Ningún proyecto literario emprendido por William Javier Díaz Ramírez podría llamarse de otra manera que no sea Orlando Fals Borda.

El principal promotor del estudio de la Sociología en Colombia, considerado un demócrata integral —fallecido en agosto del año pasado— fue su maestro y guía absoluto durante 15 años. Lo conoció primero a través de sus artículos y trabajos de largo aliento sobre los problemas agrarios del país y el fenómeno de la Violencia. Luego lo pudo ver en vivo y en directo en abril de 1998, el día del entierro del asesinado defensor de Derechos Humanos Eduardo Umaña Mendoza.

El encuentro se dio en el auditorio Camilo Torres de la Universidad Nacional. Díaz tenía 28 años. En medio de la indignación, varios líderes sindicales y estudiantiles presentes propusieron la creación de un nuevo frente social y político. Para muchos, esas fueron las primeras semillas del partido de izquierda que hoy se conoce como Polo Democrático Alternativo.

Ahora, en la cárcel desde noviembre de 2008, sindicado de rebelión -se le señala de hacer parte del ala política de las Farc, luego de que su nombre fuera encontrado en una USB y en unos cuadernos decomisados en un operativo- en una celda de dos por tres metros compartida con otros tres reclusos, tan lejos de aquel instante memorable, el discípulo busca hacerle un homenaje a su maestro con una biblioteca ambulante bautizada como él. La biblioteca al patio. Un proyecto sencillo de explicar, pues consta apenas de un mueble, hecho de algo que parece madera, de un metro y medio de alto en el que reposan cerca de 300 libros y revistas. “Con horario de burdel”, explica el hombre, ya que la idea es que esté disponible a cualquier hora del día. Por ahora, la iniciativa piloto funciona en el patio 2 de mediana seguridad, en el que vive Díaz, hasta las 4 de la tarde, hora en la que empieza el conteo de presos en La Picota.


La oferta es variada y va desde La utopía gay, pasando por Pantaleón y las visitadoras, hasta De frente y sin miedo, la obra del jefe de Prensa de la Casa de Nariño, César Mauricio Velásquez. Una curiosidad: La subversión en Colombia, de Fals Borda, nunca lo han dejado entrar a la cárcel. Y hay algunas ediciones de SoHo, aunque es considerada por las autoridades del penal como pornográfica.

Tres mil títulos, 4.500 presos

Además del tradicional conteo de los presos —uno por la mañana y uno por la tarde—, hoy ha habido operativo sorpresa en La Picota y la cotidianidad está retrasada. En condiciones normales, si no hay nada raro en el conteo, los 4.500 hombres que aquí viven —divididos en cinco unidades: alta seguridad, mediana seguridad, reclusión especial para funcionarios, parapolíticos y Justicia y Paz— desayunan a las 5:30 a.m. y a las 8 van a estudiar o a trabajar, los que pueden hacerlo. Al resto, el único universo que les queda es el patio o el pasillo, la televisión, el parqués o las cartas. Ninguno de ellos suele leer.

A eso de las 11 de la mañana termina el operativo y el ambiente está tenso porque muchos se quedaron sin su trago, sin su dosis de droga o sin su arma para defenderse. En la biblioteca no hay un alma. Está cerrada con el candado implacable.

Adentro, un recluso condenado por falsedad en documento privado y hurto intenta organizar los libros. Dice que son cerca de tres mil títulos. Se trata de Antonio*, quien administra el lugar desde hace tres meses y convino, como parte de su gestión, colaborar con el proyecto de la biblioteca al patio prestando 50 libros mensuales a Díaz.

La biblioteca, ciertamente, luce sucia, oscura y fría. Su ambiente, decorado tristemente con afiches viejos de Simón Bolívar y Gonzálo Jiménez de Quesada, no invita con contundencia a leer. Los libros no están expuestos, sino ocultos en estantes detrás de dos paredes verdes. Antonio los custodia.

Los libros en la cárcel también están presos.

* Nombre cambiado a petición de la fuente.

Campaña de donación de libros

La Agencia de Reporteros sin Fronteras entregará esta semana en La Picota 350 títulos a la biblioteca Orlando Fals Borda, que fueron donados en el marco de una campaña nacional liderada por esta organización.

Desde el pasado 8 de junio, día en que empezó la recolección, la agencia ha otorgado 5.500 libros en diferentes cárceles del país. Quienes quieran donar uno pueden llamar en Bogotá al teléfono  4125855 o acercarse a la dirección: diagonal 10ª N° 78-51.

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