Polémica solución de vivienda en Nueva York

Un exclusivo condominio sirve de refugio a familias que han perdido sus hogares por la crisis económica. La idea del alcalde Michael Bloomberg es criticada por los vecinos.

Pisos de mármol italiano, rosetas de granito, puertas de cedro, terraza privada, armarios de pared a pared. Definitivamente un lujo que sólo los más pudientes de Nueva York podrían llamar casa; sin embargo, gracias a que la ciudad paga miles de dólares al mes los habitantes de estos lujosos apartamentos en Crown Heights, Brooklyn, son personas que lo han perdido todo en medio de la aguda crisis económica que embarga hoy a gran parte de la Gran Manzana.

“No lo podía creer, era como estar en un hotel cinco estrellas de esos que uno sólo ve en televisión”, cuenta Anthony Kives, un joven afroamericano de 19 años, quien hace un mes se mudó con sus dos hermanas y su madre al fastuoso apartamento de tres habitaciones.

Los apartamentos (67 en total) forman parte de un esfuerzo sin precedentes en la ciudad por proveer vivienda a un considerable número de personas que no tienen dónde vivir. Después de que no se presentaron compradores ni arrendatarios para los lujosos apartamentos que ascendían hasta los US$400.000, la administración del alcalde Michael Bloomberg decidió tomar en arriendo cada apartamento por US$90 la noche, convirtiéndolo así en un refugio temporal para personas sin hogar y evitando, de paso, que este inmueble terminara abandonado como cientos de propiedades en toda la ciudad, explica Heather Janik, portavoz del Departamento de Servicios para Personas Sin Vivienda.

Noventa días en el paraíso

Las cerca de 350 personas que viven en el 1040 de la avenida Este de Nueva York tienen algo en común. Todas llevan tres meses en este refugio de ensueño, pero ya deben buscar un lugar dónde vivir porque la idea del programa es brindarles la mano a cientos de familias que necesitan un respiro para recobrar el rumbo. “El problema es que no tenemos a dónde ir, tres meses no son suficientes para salir de una crisis. No me tome a mal, no me estoy quejando, ni mucho menos”, explica Anthony.

Para él todo comenzó a principios de 2007 cuando su madre, una estilista de 44 años, sufrió una trombosis que la obligó a permanecer en cuidados intensivos durante 15 días, haciéndola perder su trabajo y heredándole una enorme deuda. “Fue muy duro lo que pasó, mi madre no pudo retornar a su trabajo. Pasé de ser estudiante a cabeza de familia”, recuerda.

Con la soga al cuello y tratando de sostener a sus dos hermanas y a su convaleciente madre, el joven dejó la escuela en busca de un trabajo que los mantuviera a flote. Pero el pago de las largas jornadas semanales en un taller de mecánica en el Bronx y de su oficio como repartidor en un supermercado los fines de semana no bastaban para pagar el arriendo, la comida y las cuotas mensuales del hospital.


Por eso Anthony decidió tirar los dados para cambiarle el rumbo a su suerte: “Mi plan era vender el carro para salir de todas las deudas de la familia y así poder seguir con mi vida”. En diciembre de 2007 el único varón de la familia Kives fue detenido y sentenciado a un año de cárcel por intentar robar un vehículo. “Cuando salí de la prisión, mi madre y mis dos hermanas habían sido desalojadas de nuestra casa en el Bronx. Su salud se había deteriorado y el seguro de desempleo que recibía daba apenas para comer”, recuerda.

Ahora, nuevamente con el mundo a sus espaldas, pero sin perder la esperanza de un mejor mañana, Anthony y su familia podrán permanecer en este refugio cinco estrellas hasta finales de agosto, cuando el Grupo de Desarrollo de Bushwick, que administra el condominio, les pida las llaves y los devuelvan de nuevo a la fría realidad. “Todavía queda tiempo. Así tenga que conseguir dos trabajos más, vamos a salir de ésta”.

No todo es color de rosa

Mientras los Kives y las demás familias gozan de esta tregua a la aguda situación económica que atraviesan en medio de la recesión, también tienen que lidiar con un barrio hostil que los discrimina socialmente, acusándolos de ser beneficiarios de un edén que no les pertenece.

“Es suficiente con no poder recibir visitas, ni escuchar música a altas horas de la noche, ni tampoco tener teléfonos fijos dentro de los apartamentos, para también tener que sufrir el repudio de los vecinos que nos tratan como si fuéramos personas de la calle, eso es demasiado”, dice uno de sus habitantes, quien pidió no ser identificado. “Espero que ninguno de los que nos juzgan tenga que pasar una sola noche sin hogar”, dice otro, cuyo hijo de 14 años fue despedido hace siete meses.

Sin embargo, Max Tovar, un neoyorquino de origen panameño, quien lleva viviendo más de 42 años en Crown Heights, asegura que le llena de ira que el mejor condominio del vecindario sea habitado por gente de la calle: “Yo trabajo como una mula 14 horas al día para mantener a mis dos hijas en la universidad, pagar los impuestos y no colgarme con mi hipoteca. ¿Esto es justo? Hubieran ayudado a gente del barrio…”.

Según Burcher Marcus, activista del barrio y quien lidera una iniciativa formal para cerrar el refugio, esto no sólo deteriora el vecindario sino que devalúa la propiedad. “Seguramente ellos van a traer malas mañas al barrio. Me preocupa sobre todo porque está al frente del colegio”, dice el hombre de 52 años en medio de un ambiente calentado por la prensa conservadora de la ciudad, que calificó la iniciativa de Bloomberg como “lujosos apartamentos para indigentes”.

 

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