Siete años en Estado de opinión

La superación de la crisis diplomática con Venezuela y Ecuador, así como evitar que se caiga la economía son los grandes desafíos.

Con un ambiente caldeado con los países vecinos, las heridas aún sin cicatrizar por los choques con los altos tribunales judiciales, sombras de recesión sobre la economía, un desempleo que no cede y la necesidad imperiosa de garantizar la financiación futura de la política de seguridad democrática y de revertir ante la opinión pública nacional e internacional los efectos negativos por los escándalos de los falsos positivos y las ‘chuzadas’ telefónicas ilegales del DAS, el presidente Álvaro Uribe Vélez arranca este viernes el último año de su segundo mandato.

Su favorabilidad sigue siendo superior al 70% y, más allá de lo que digan seguidores y opositores, el pueblo colombiano lo sigue viendo como ese líder que supo interpretar todo el fastidio y el cansancio acumulado durante años contra las Farc, el que le devolvió la seguridad y el que demostró que a pesar de reveses y dificultades era posible propinarle golpes a la guerrilla como el de la muerte de Raúl Reyes o el de la ‘Operación Jaque’. Quiérase o no, Colombia es otra desde que el presidente Uribe subió al poder, hasta el punto de que la posibilidad de una segunda reelección sigue latente y el reacomodo de las fuerzas políticas gira en torno a la continuidad de sus políticas.

Pero más allá de la popularidad, de los éxitos en la lucha contra la subversión y de la misma confianza inversionista que muestra hoy Colombia, no cabe duda también de que este último año de gobierno uribista se vislumbra con negros nubarrones. La crisis diplomática que se vive hoy con Ecuador y Venezuela —con lenguaje guerrerista y medidas comerciales de por medio—, si bien representa puntos a favor en cuanto a los apoyos internos por aquello de la defensa de la nacionalidad, significa a la vez problemas en materia comercial en momentos en que más y mejores relaciones se necesitan, teniendo en cuenta la crisis económica mundial.

Claro, aún falta ver los efectos que haya tenido la “gira muda” emprendida por el Primer Mandatario por siete países de la región, con el fin de explicar no sólo la presencia de tropas de Estados Unidos en bases militares colombianas, sino también las razones para desconfiar de los gobiernos de Hugo Chávez y Rafael Correa. El reto será entonces recuperar esa confianza perdida, una tarea nada fácil después de tantos ataques verbales por parte de los presidentes vecinos en constantes comunicados y ruedas de prensa, y la tímida acción diplomática del gobierno Uribe.

Hasta el momento es claro que el Jefe de Estado ha logrado que se respete la soberanía del país frente a la decisión de establecer un acuerdo con los estadounidenses que implica colaboración en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo. Pero el hecho de que los presidentes de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, y Chile, Michelle Bachelet, hayan sugerido la semana pasada el escenario de Unasur para ventilar los alcances de dichos pactos, es un punto que debe preocupar. Y de lo que no cabe duda es que tanto Ecuador –sede del encuentro la próxima semana– como Venezuela buscarán la manera de poner al país en el banquillo de los acusados.

Lo que ha quedado claro en la actual crisis es que la definición de la política exterior colombiana sigue dependiendo en gran medida de la problemática interna, la cual se ha mantenido, desde que llegó Uribe, en los mismos parámetros: su lucha contra la subversión y el narcotráfico. Por eso, al menos en este último año, si es que no hay reelección, es de esperar que las relaciones con los países vecinos seguirán demarcadas por esa premisa. Y aunque ya hay quienes ven aprobado el TLC con Estados Unidos como un espaldarazo a su socio estratégico en Suramérica, hoy más que nunca se hace necesario implementar una política estructural, no coyuntural, hacia el Asia Pacífico y Asia central y del sur.

En materia doméstica, el presidente Uribe necesita asegurar gobernabilidad. El rompimiento de los acuerdos de la coalición en la elección de las mesas directivas del Congreso fue un campanazo de alerta y ya hoy se habla de la conformación de una nueva alianza de fuerzas que le den espacio al Gobierno para maniobrar. Aquí son varios los puntos a tener en cuenta: la campaña electoral ya arrancó y cada congresista está pensando en su propia reelección o en su acomodo de cara al futuro; hay que tomar medidas urgentes para frenar el crecimiento del desempleo; se necesita sacar adelante la reforma tributaria para garantizar la sostenibilidad de la seguridad democrática y, sobre todo, legitimar, aunque hay quienes dicen “limpiar” el accionar de la Fuerza Pública, después de los enredos de los falsos positivos, cuyos coletazos se seguirán sintiendo.

El 7 de agosto de 2006, cuando asumió su segundo mandato tras ser elegido con una votación apabullante y de asegurarse amplias mayorías en el Legislativo, el presidente Álvaro Uribe Vélez tenía el camino despejado para gobernar. Hoy, tres años después y a pesar de la opinión que reflejan las encuestas, se palpa cierto desgaste y la polarización protagoniza. Descontando el tema de la seguridad, cuyos resultados en materia de lucha contra las Farc son incuestionables, el gran reto del Gobierno es justificar con hechos, en lo económico y lo social, que la segunda reelección valió la pena y que existen razones para pensar en otros cuatro años.

Uribe va por el récord en el poder

El presidente Uribe cumple este viernes siete años en el poder, es decir, que se acerca a romper el récord del mandatario colombiano con más tiempo en el ejercicio de gobierno.

Según el escritor Óscar Delgado, antes de Uribe, el escalafón estaba así: 1°) Francisco de Paula Santander: 7 años, 9 meses y 14 días. 2°) Tomás Cipriano de Mosquera: 7 años, 13 días. 3°) Simón Bolívar: 7 años, 8 días. 4°) Alfonso López Pumarejo: 6 años, 4 meses y 24 días. 5°) Miguel Antonio Caro: 5 años, 360 días. 6°) Rafael Núñez: 4 años, 8 meses y 7 días.

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