La guerra que sacudió el Cáucaso

Los reclamos georgianos por la ocupación de Osetia del Sur podrían revivir la violencia que acabó con 629 vidas.

Sobre los acontecimientos, planes y cálculos que precedieron el conflicto bélico entre Georgia y Rusia —y también sobre las consecuencias que tuvo— se puede discutir largamente, pero más allá de la propaganda generada por ambas partes, hay una brutal realidad: el presidente de Georgia, Mijaíl Saakashvili, emprendió una operación bélica contra civiles en la madrugada del 8 de agosto en Tsjinval, la capital de Osetia del Sur. Lo hizo en nombre de la unidad de un Estado reconocido internacionalmente en 1992, aunque la realidad es que el territorio designado como Georgia, una de las 15 repúblicas federadas en la URSS, estaba ya resquebrajado desde antes de que ese país se desintegrara formalmente en 1991.

Las mujeres y ancianos que junto con niños pasaron varias noches escondidos en sótanos y bodegas aún están horrorizados y no entienden cómo fue posible que los tanques georgianos entraran en la ciudad después de que Saakashvili manifestara, pocas horas antes, que no iba a responder a las “provocaciones” de osetios y rusos y que al día siguiente (el viernes) se sentarían a negociar.

Sus palabras relajaron los ánimos de los ciudadanos. Sin embargo, poco antes de la medianoche, los georgianos lanzaron un ataque por sorpresa con tanques y fuego de artillería. Los testimonios son múltiples, incluidos los de periodistas que estaban allí, como el ucraniano Ruslán Yarmoliuk, que esta semana cuenta su experiencia en un periódico de su país.

Con provocaciones o sin ellas, la decisión de Saakashvili fue irresponsable como mínimo y podría ser considerada delictiva si hubiera un tribunal imparcial facultado para juzgarla. Los osetios, sean cuales sean sus ideologías, no tienen ninguna duda: Saakashvili quería exterminarlos y los rusos les salvaron la vida.

Pero Occidente no quiere criticar abiertamente al mandatario y prefiere concentrarse en Moscú, por haber respondido militarmente y con la invasión de territorio georgiano. Con agasajos selectivos y habilidad diplomática, Saakashvili logró el apoyo de muchos políticos europeos y norteamericanos, que después no han querido distanciarse de él en público. Se sienten incómodos dejando sola a la pequeña Georgia frente a la gran Rusia. Y no importa quién tiene razón. Los clichés imperantes establecen presunción de culpabilidad para Moscú y de inocencia para Tbilisi.

A reforzar los clichés contribuyó la capacidad del gobierno georgiano de poner en marcha una operación de relaciones públicas protagonizada por el alemán Patric Worms, ex funcionario de la Comisión Europea. De los 8.000 periodistas que escribían sobre la guerra “puede que 50 hubieran estado en Georgia antes” y la “gran mayoría no sabían nada sobre el país”, afirmaba Worms en el Georgia Today.

Un año después, Osetia del Sur y Abjasia han decidido contratar también a una compañía de relaciones públicas. En nombre de Saylor Company y desde Los Ángeles, Evelyn Iritani afirma en un correo electrónico que su empresa representa a los gobiernos de Osetia del Sur y Abjasia, y “puede ayudar a viajar a Tsjinval, a concertar citas y recabar información”.

Cabe preguntarse si los osetios no se harían un mejor servicio reconstruyendo Tsjinval. Pero preguntas como ésa no son esenciales para la comprensión de la madrugada del 8 de agosto, que ha dejado profundas huellas en osetios y georgianos.

Lo expresa el osetio Timur Jovrébov, que dirige una ONG en la capital: “Un tanque georgiano que circulaba por la calle Stalin fue alcanzado por un disparo y volcó. Los tripulantes se refugiaron en una casa. Les dijeron que se rindieran y ellos pidieron que entrara alguien a conversar. Mi hermano, que hablaba algo de georgiano, entró y lo mataron. Cuando llegué, los georgianos yacían muertos. Eran siete. Los registré a todos en búsqueda de documentos. Quería vengarme. Quería saber quiénes eran para que ninguno de sus parientes quedara con vida, pero no encontré nada. Los miré y, para mi sorpresa, me dieron lástima, aunque eran georgianos y habían matado a mi hermano. Ellos también eran jóvenes y habían venido porque algún idiota les había mandado venir. Y mi deseo de matar a sus parientes desapareció. Responder al mal con mal no ayuda”.

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