Humor políticamente correcto

El jueves 13 de agosto se conmemora una década del asesinato del humorista bogotano.

En este país en el que pasan todos los días cosas graves pero pocas veces ocurren cosas serias, el humor termina siendo una válvula de escape en la que se evidencia el sentir popular. A través de su empleo se develan verdades, se ocultan mentiras y se omiten realidades.

En ese trabajo sucio de enrostrar lo que está pasando, de reflejar lo que se quiere poner tras un velo, Jaime Garzón era un maestro. Pocos como él asumieron con valentía lo que se conoce como humor político. Una minoría logró cambiarse el chip del mamagallismo nacional, aquel chiste costumbrista, por la exhibición de una postura frente a una realidad que afecta el acontecer de la comunidad.

Con el humor político se evalúa el pasado porque los países que olvidan su historia están condenados a repetirla, se analiza el presente porque no son ajenos a la coyuntura y, a veces, se puede adelantar al futuro, tal como lo hizo Garzón con su personaje de Godofredo Cínico Caspa, el reconocido editorialista de Quac, el Noticero, un abogado tinterillo con tendencias de recontraderecha.

“Qué orgullo patrio sentí al ver la revista esta Semana, que trae en la tapa al civilista gobernador de Antioquia, doctor Álvaro Uribe Vélez. Un hombre de mano firme y pulso armado. Líder que impulsa, con su aplomado cooperativismo, pacíficas autodefensas que él, iluminado por los soles de Faruk, llamó Convivir. Acierta Semana, en cabeza del diligente vástago de César Gaviria, Mauricio Vargas, al proyectar sobre el escenario nacional a la nueva neoliberal lumbrera. Alvaro vislumbra todo un país convertido en zona de orden público, como una sola Convivir donde la gente de bien pueda disfrutar en paz de la renta. Y será él quien traiga por fin a los redentores soldados norteamericanos para que humanicen el conflicto y hagan de Uribe Vélez el dictador que necesitamos. Buenas noches”.

Con sus personajes, algunos reales, otros ficticios y muchos extraídos de su propia cotidianidad, Garzón recorría el país político como nadie. Los caricaturistas colombianos mostraron el camino en las páginas de los principales diarios, Vargas Vil le puso voz a la crítica con imitaciones agudas, pero fue este hombre, que un día militó en las filas de los colaboradores urbanos del Eln, el que logró descifrar los beneficios del lenguaje audiovisual para el buen humor.

Nuestra televisión empezó a burlarse de su propia realidad con Zoociedad (1990-1993), aunque Garzón tuvo antes una fugaz aparición en el desaparecido Noticiero de las 7. Este magazín se debatía entre temas banales y asuntos “serios”, y con la presentación de Émerson de Francisco y Pili (Elvia Lucía Dávila), los argumentos de John James Orozco, Rafael Chaparro, Karl Troller y Eduardo Arias y la dirección de Francisco Ortiz, este espacio comenzó a cuestionar los valores que se estaban emitiendo por los canales nacionales y puso sobre el tintero la excesiva figuración de los comunicadores que se creían verdaderas divas de la pantalla chica.

Antes de asumir este reto de Zoociedad y durante algunos meses de su realización, Jaime Garzón participó activamente en la Asamblea Nacional Constituyente en 1991, que tuvo a su cargo la gestación de la Nueva Constitución Política de Colombia y también lideró el proceso de traducción de esta nueva carta magna a las distintas lenguas indígenas de nuestro territorio, lo que mostró su cercanía con el poder. Así, él hacía mofa de los políticos desde adentro, desde su mismo círculo.

Esa época fue propicia para el nacimiento de espacios radiales como La Luciérnaga y La Zaranda, que con muy buenos imitadores colonizaron las tardes de los oyentes. La extraña mezcla de la realidad y la fantasía surtió el éxito esperado tanto en radio como en televisión y Jaime Garzón, una vez más, era el abanderado de esta fórmula. Quac, el Noticero (1995-1996) se convirtió en el verdadero termómetro en el que se diagnosticaba la temperatura del acontecer nacional. El sonado Proceso 8.000 fue un verdadero manjar para el equipo creativo de este programa.

Aprender a reírse de uno mismo es el primer mandato para ser humorista y en un acto de verdadera honestidad, Garzón se despojó de su caja de dientes recién hecha para personificar a Heriberto de la Calle, un lustrabotas que se codeó con los personajes más influyentes de la política y la farándula en Colombia. Su irreverencia se intensificó y se volvió el entrevistador más agudo de la televisión. CM&, Noticias Caracol y Radionet tuvieron dentro de sus nóminas a este hombre feo, algo grosero y muy sincero, que le sacaba brillo hasta al interlocutor más opaco.

Nuevamente Jaime Garzón era el generador más influyente de la opinión en Colombia. Entre chiste y chanza tenía a los políticos en sus manos y sí que sabía sacarles provecho. Toda esa herencia irreverente no tiene en la actualidad un destinatario definido, el humor político se remite a los caricaturistas, a Tola y Maruja y a los espacios de opinión y entretenimiento de la radio. Los colombianos no quedaron huérfanos de esta forma de hacer reír pero, sin duda, hace falta el carisma y la magia de Jaime Garzón.  

Su muerte, el 13 de agosto de 1999, a manos de los paramilitares no se sabe enviados por quién, dejó inconcluso a su personaje de Bolívar, con el que le sacaría punta a la realidad de un país al que siempre le pasan cosas graves pero nunca cosas serias.

Temas relacionados