Genio y figura

El pasado martes falleció en Bogotá el emblemático editor judicial de <strong>El Espectador</strong>, Luis de Castro y Rugeles. Homenaje.

Vivió en su ley es la frase que resume la saga personal de Luis de Castro. Tercer hijo de una familia santandereana de seis hermanos, tras el fallecimiento de su padre en su natal Socorro, de la mano de su madre Filomena llegó a Bogotá en los lejanos años 30. Ella era profesora y montó un pequeño colegio, donde rápidamente el pequeño Luis demostró su talante independiente. Su nombre original era Luis Ramiro, que aprovecharon sus condiscípulos para apodarlo Luis Ramero. Entonces con aprobación de su familia, se hizo rebautizar con una identidad más sonora: Luis Augusto de Castro y Rugeles.

Con cierta entonación entre hispánica y cachaca, que reforzó desde la juventud con una de sus ineludibles pasiones: la tauromaquia. En cuanto a su destino, quedó marcado por sus hermanos mayores Humberto y Flavio: el periodismo. Por eso en 1946, a sus 22 años, ingresó como corrector de pruebas al diario El Liberal de Alberto Lleras. Dos años después, un hecho histórico lo obligó a debutar: el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948. Salió a la calle con el fotógrafo Parmenio Rodríguez, pero volvió sin él porque una bala de fusil lo alcanzó cerca al atrio de la Catedral y acabó con su vida.

Desde ese día, con el recuerdo intacto del toque de queda burlado por los francotiradores desde las azoteas o constatando la temeridad de los vándalos arriesgando sus vidas por un corte de tela, Luis de Castro comenzó a ser testigo de la violencia. Se hizo reportero y entre comisarías de policía, despachos judiciales y detectives acuciosos, aprendió el oficio del periodista noctámbulo. Aunque cofundó con su hermano Flavio el radioperiódico Extra y por algunos meses fue redactor económico de El Tiempo, lo suyo fue judiciales y pronto encontró donde ejercerlo a sus anchas: el periódico El Espectador

Caía el telón de los años 50, los periodistas merodeaban por el edificio Maizena de la calle 11 con carrera 12, buscando historias de granujas que hicieron célebres a los artífices de la crónica roja, y unos y otros terminaban recomponiendo hasta la madrugada sus relatos en los cafés y bares del centro de la ciudad. En ese escenario de aguardiente parejo y cigarrillo sin medida, rodeado por los consagrados o los aprendices de la reportería, Luis de Castro brillaba como un rey sin corona. Sus mejores anécdotas quedaron de este tiempo donde la bohemia y el periodismo forjaron páginas memorables.

Y también amigos del alma. Como Jaime Sotomayor, su colega de tragos y primicias, aunque aquel prefería la política; y su otro hermano, no de sangre pero sí de vida, Jaime “El chiquito” Cuervo, un avezado importador que conoció en un remate taurino y convirtió en su mancorna. Él tenía su oficina cerca del Café Automático y cuando veía a Luis de Castro y a los suyos apurar las copas en el primer brindis, se sumaba gustoso al jolglorio. En asuntos de juerga, los caballeros no tienen memoria. Sus secretos quedaron bien guardados y en esa tarea de vigías y cómplices llegaron a ayudar las esposas.

Lucila Fernández, más conocida como Luchita, la compañera inseparable de Luis de Castro; y Judith de Cuervo, a quien el periodista siempre denominó “La Chaladita”. Los cuatro constituyeron una cofradía eterna que fue creciendo con los hijos. En el hogar de Luis y Luchita la heredera fue Marta Beatriz, y con el tiempo creció con las nietas María de los Ángeles y Luisa Fernanda. Ese círculo siempre fue el fortín de Luis de Castro, su territorio íntimo cuando caía el telón del periodismo absorbente. Después regresaba a la infatigable faena de descifrar los entuertos de la violencia creciente.

Con Pablo Augusto Torres y Guillermo García rebuscando en los juzgados; José Salgar ordenando y la dirección del periodista por excelencia: Guillermo Cano Isaza. La redacción de El Espectador de los años 70 y 80 que fue dejando atrás las historias del doctor Matta, el caso de la gardenia perfumada o el incinerado de la Autopista Norte, para aceptar que la guerrilla, el paramilitarismo o el narcotráfico habían matado a la crónica roja, de repente en desuso por exceso de cadáveres. Luis de Castro fue testigo de esa transición sin renunciar al buen humor y la prosa depurada que siempre fueron su distintivo.


Cuando el periodismo la emprendió contra los promotores de la crisis financiera de los años 80, ahí estuvo ayudando a descifrar maquinaciones de banqueros; en el momento en que Guillermo Cano empezó a denunciar a los mafiosos, nunca dejó de ayudarlo sin desbordar su esquema de periodista a la sombra. Sólo en la amistad fue protagonista consumado. Por eso sus colegas recuerdan más su profuso repertorio de deliciosas anécdotas. Desde la voluptuosa mujer vestida de rojo que confundió con un hidrante hasta el alba que interrumpió su sueño en los brazos de un ángel de cementerio.

Sólo pudo desubicarlo la muerte de su Luchita en 1990. Acababa de pensionarse y quería vivir en Cartagena. Regresó a El Espectador, donde recobró su alegría y lo recibieron con los brazos abiertos. Ya no estaban Javier Ayala, Juan Gossaín, Jaime Viana o Mike Forero, pero sí sus amigos Óscar Alarcón, Antonio Andraus o Rufino Acosta. Un día de mayo de 1998 decidió retirarse y el cuadro fue irrepetible. Cuando empezó a despedirse, los periodistas lo aplaudieron. Luego se sumaron los diseñadores, las ejecutivas, los obreros de ovación absoluta y colectiva, las aseadoras. A los siete minutos, no soportó más y dejó asomar un par de lágrimas.

Nunca volvió a intervenir en las noticias del periódico, pero de vez en cuando regresaba a tomarse un café, un wisky o a refrendar sus alianzas. Cada 28 de octubre reunía a sus contertulios a celebrar su cumpleaños, y nuevamente sacaba a relucir sus atributos como magnífico anfitrión. Se aprestaba a hacerlo en dos meses para sumarle a su vida el año 85. Pero el pasado martes su corazón se detuvo. Se fue sereno y gallardo porque dejó la impronta de su amable recuerdo. Por eso ahora, cuando el crucigrama de El Espectador diga sinónimo de amigo y maestro, quienes lo conocieron tendrán una automática respuesta: Luis de Castro.

Justicia, buena escritura y excelente humor

Las noticias podían esperar pero no la solución de los crucigramas. Así empezaba sus días Luis de Castro. Después venía la captura de gazapos, el primer cigarrillo y, en medio de las primicias, su capacidad de cuentero consumado. Hasta un premio de periodismo se ganó por narrar un craso error del ISS confundiendo las operaciones a dos pacientes de apendicitis y almorranas.

Era serio y justo en asuntos judiciales, pero irreverente y gozón con sus amigos y familiares. Cuando El Espectador inauguró su sede en la Avenida 68, no tuvo reparo en conseguirse un caballo para no empantanar sus pantalones. Cuando llegaron los computadores, se quedó con su máquina de escribir que sólo entregó el día que decidió retirarse.

Su última aventura periodística fue en Sonsón (Antioquia) en abril de 2008, invitado por los comunicadores. Con evidente respeto al homenajeado, un acucioso asistente le preguntó cómo era Emilia Pardo Umaña, su compañera de trabajo en los años 50 y una de las primeras mujeres en la reportería. Con su estilo pausado contestó repentista: “Muy fea”. Ese era Luis de Castro.