Cuando la venganza se viste de mujer

Desde la faraona que construyó un templo para ahogar a sus súbditos, hasta algunas mujeres de la Europa orientalque asesinaron a más de 500 hombres, este es un breve repaso por el mundo de las venganzas femeninas.

Hubo ruidos de losas sobre losas y y de martillos que no cesaban de golpear. Hubo interminables desfiles de sombras etíopes que subían y bajaban por las orillas del Nilo cargadas de bultos en las madrugadas y en las noches, durante días, semanas, meses y años. Hubo preguntas, rumores, comentarios y testimonios que luego recogió Heródoto para inmortalizar la venganza de la reina Nitocris y hubo, sobre todo, una historia, esa historia de retaliaciones que se inició cuando los sacerdotes y una mujer del pueblo de Tebas asesinaron a su faraón porque él había sido el causante de la ira del dios Osiris, quien, decían, temían, no tardaría en tomar represalias.

Lo fueron a buscar a su templo, lo desafiaron, lo acorralaron, y como escribió siglos después Tennessee Williams, “el derribado cuerpo del faraón fue levantado y destrozado por las huesudas manos y las armas de los indignados fieles”, todo en presencia de su hermana, que a la semana fue ungida como su sucesora, y como su sucesora, planeó, creó y ejecutó su estrategia.

En secreto, organizó la construcción de un gran templo a orillas del río. Los sacerdotes y pobladores de Tebas dijeron que estaba dedicado a Osiris. Se maravillaron al verlo, se congraciaron cuando un mensajero de la reina les informó que estaban invitados a una gran cena. Asistieron con lo mejor de sus vestidos, expectantes, felices. Bebieron, comieron. Nitocris les sonreía, hasta que en un instante de distracción se levantó de su altar y se marchó.

Entonces se fue hasta el Nilo, tomó la palanca de una esclusa y la movió para que toda el agua del río cayera sobre el templo y sus súbditos. Luego se fue hacia su palacio, pálida pero feliz, huyendo de quienes más tarde o más temprano irían a asesinarla. Se encerró en su habitación, les pidió a sus esclavos que le llevaran cenizas ardientes y se acostó para morirse sin dolor. Entonces ya no hubo más ruidos, todo fue silencio.

Todo fue silencio y secreto, también, cuando a mediados de 1920, más de 50 mujeres del distrito de Nagyrev, Hungría, se aprovisionaron de arsénico para deshacerse de sus esposos y parientes. Luego dirían que fueron trescientas las víctimas, y que todo había comenzado durante la Primera Guerra Mundial, cuando los hombres de Nagyrev fueron reclutados para pelear por el Imperio Austro-Húngaro, y llegaron otros combatientes. Algunas mujeres se buscaron variados amantes extranjeros, pero sus maridos retornaron.

Ellas recurrieron a Julia Fazekas, la comadrona del pueblo, y quien desde 1911 había estado detenida diez veces por realizar abortos ilegales. Fazekas mezcló arsénico con vino y perfumes y les consiguió a sus clientas certificados de defunción auténticos con un primo que laboraba en la morgue. La primera víctima conocida fue Peter Hedegus. Después fueron apareciendo, o mejor, desapareciendo, los demás. 1, 10, 50, 150, 300. Las asesinas apenas fueron llevadas a juicio en 1929, cuando un profesor de música acusó a la señora Ladislaus Szabo de servirle vino envenenado.

Szabo denunció a Fazekas y todo explotó: treinta y ocho mujeres fueron detenidas como sospechosas. Cuando la policía fue a la casa de Fazekas, la encontraron muerta, se había suicidado con su propio arsénico casero.

En su mesa de noche encontraron un pequeño libro con la historia de una mujer, Madame Popova, quien por más de 30 años había eliminado maridos, novios y amantes, según ella, brutales. Detestaba la forma en que las campesinas eran maltratadas. Cobraba poco o nada por sus venenos, y muchas veces hacía ella misma el trabajo. Una clienta arrepentida la denunció y Madame confesó: “Liberé a más de trescientas mujeres e hice un gran trabajo alejando esposas infelices de sus tiranos”. Fue ejecutada por un pelotón de fusilamiento. En su defensa alegó: “Nunca maté a una mujer”.

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