“No éramos más que basura”

Carlos Betancourt Jaramillo era el presidente del Consejo de Estado cuando el 6 de noviembre de 1985, a las 11:30 de la mañana, un comando del M-19 asaltó el Palacio de Justicia. Lo ocurrido en la toma, en sus propias palabras.

El ataque guerrillero

Yo estuve en la toma 12 horas, y desde el primer instante estuve convencido de que ésta tenía dos responsables: el M-19 y el Gobierno. Por eso siempre me abstuve de dar declaraciones. Durante mis 20 años como consejero de Estado pertenecí a la Sección Tercera, que es la que evalúa las acciones de responsabilidad estatal, y no quería que por mi testimonio condenaran a la Nación. Pero era evidente que esas condenas iban a llegar, como efectivamente sucedió, por la forma estúpida en que se hizo la retoma.

Los militares querían liquidar al M-19, pero nosotros no importábamos absolutamente nada. Yo figuro en la lista de los rescatados por el Ejército, que es una mentira porque yo salí del edificio huyendo del fuego. Al final, la única intención era acabar con el M-19.

En el baño que quedaba en el ala norte, entre el segundo y tercer piso, se quedaron 11 guerrilleros con magistrados del Consejo de Estado, de la Corte Suprema y otros funcionarios, unos 60 en total. Los militares dinamitaron la pared del baño, le abrieron un boquete de unos 80 centímetros y comenzaron a disparar. Lo supe porque me lo contaron magistrados del Consejo de Estado como Samuel Buitrago y además yo, que estuve en ese baño luego, sin ser experto de balística pude ver que las balas venían de afuera hacia adentro.

Al mes de la tragedia del Palacio, unos colegas de Medellín vinieron a visitarme. Querían que los llevara a las ruinas del edificio, y así lo hice. Todo estaba destruido pero, para mi sorpresa, me encontré con que estaban lavando el baño donde habían muerto los magistrados. Un general había ordenado que lo limpiaran porque estaba sucio, ¿qué sentido tenía eso?

El 17 de octubre de 1985, 15 días antes de la toma, en la oficina 218 de la relatoría del Consejo de Estado (son de esos números que a uno no se le olvidan nunca), la Policía le informó a las directivas de las cortes que habían detectado un plan del M-19 para tomarse el Palacio de Justicia con auspicio de Los Extraditables. El objeto de la reunión era acordar medidas especiales de seguridad, y la Policía sugirió, entre otras, circuitos cerrados de televisión, vidrios de seguridad y barreras eléctricas para controlar mucho más la entrada.

Yo les dije: ‘Hombre, aterricemos. El fondo rotatorio no tiene un solo centavo, hace un mes pedí papelería y me la negaron por falta de recursos. A lo único que podemos aspirar es a un aumento en el pie de fuerza’. Si en eso quedamos, entonces me pregunto: ¿por qué quitaron a los policías el fin de semana anterior a la toma?

En la mañana de ese miércoles, un poco antes de que ocurriera la toma, Gaspar Caballero Sierra me invitó a tomarme un tinto en la cafetería. Él fue quien me hizo la observación de que habían quitado el pie de fuerza y yo le respondí: ‘Ya nos pueden matar tranquilos’. Esa frase me costó una demanda de un abogado que tenía muchos negocios en el Consejo de Estado, me demandó solidariamente con el Ministerio de Defensa por saber de la toma de antemano y no haber cerrado las puertas del edificio para evitarla.

Luego del tinto con Caballero, me quedé un rato más en la cafetería. Iba subiendo para el tercer piso cuando empezó el tiroteo. Me encerré en mi despacho con mis dos secretarias, en donde permanecimos 12 horas. Ni los militares, ni los policías ni los militares: nadie llegó. Hablé por teléfono con algunos amigos y con Carlos Medellín hasta las 9:00 p.m. El tiroteo era espantoso, las ametralladoras sonaban por todos lados.

A los 15 días del holocausto, un senador, cuyo nombre prometí no revelar nunca, me dijo que él se había quedado toda la tarde frente al Palacio viendo lo que sucedía, y que al atardecer vio a policías pasar con estopas y bidones de gasolina. Los de mi oficina salimos como a las 11:30 p.m. –nos dijeron que nos agacháramos por los francotiradores en el techo– y a las 12:00 p.m. el incendio ya sobrepasaba el techo. Llegamos a la Casa del Florero y nos pidieron los teléfonos de nuestras casas, que para avisar que habíamos salido con vida. Pero a las 2:00 a.m., cansados de esperar un carro oficial que nos transportara, nos fuimos por nuestra cuenta. Cuando llegué a mi casa mi mujer no tenía idea de que yo había salido.

El viernes 8 de noviembre me fui para el Ministerio de Justicia, casi todos hicimos lo mismo. Fuimos a ver el Palacio, las paredes de madera habían desaparecido, sólo quedaban las columnas y el techo. Fue la primera y única vez que lloré, pero como los hombre somos penosos con esas cosas, me metí detrás de una columna y me encontré con un soldado que custodiaba una bolsa de polietileno. El soldado dijo que dentro de la bolsa estaba el cuerpo del presidente de la Corte, es decir, Alfonso Reyes Echandía, y que lo sabía porque él había muerto con los brazos contra su pecho y un pedazo de su cédula había quedado intacto.

Amenazas y disputas

Yo sabía de las amenazas y anónimos que Los Extraditables le habían mandado a la Sala Constitucional de la Corte Suprema. Por esa, no me queda ninguna duda de que el M-19 estaba auspiciado por Los Extraditables, y el día de la toma la Sala Constitucional de la Corte discutía la ley de la extradición. Los Extraditables fletaron al M-19, que en ese momento estaba en vía de extinción después de toda la monstruosidad que sembraron en el Cauca. Los guerrilleros cometieron un error infantil: pensaron que el poder judicial era importante en Colombia. Pero nosotros no damos votos. Hubiera sido distinto si se hubieran tomado el edificio de enfrente (el Congreso).

Por otra parte, los militares estaban cansados de que los condenáramos. Semanalmente emitíamos unos seis fallos contra la Policía, el Ejército o el DAS. El día de la toma, la cúpula militar estuvo en la Sección Tercera del Consejo de Estado averiguando de negocios contra ellos, especialmente la sentencia contra Olga Ochoa, una médica que fue torturada, hecho por el cual fueron condenados el ex presidente Julio César Turbay y el general Miguel Vega, que ya para esa fecha era ministro de Defensa. Claro que nosotros hablábamos de responsabilidad patrimonial, no penal.

A los 20 días de la tragedia, unos generales pidieron cita para ofrecernos toda la seguridad. Yo les pregunté por qué nos habían quitado la guardia el fin de semana anterior a la toma, y ellos me respondieron que por orden de Reyes Echandía. ‘Nos dio la orden personalmente, en el batallón, tal día a las 11:00 a.m.’, me dijeron. ‘¡Qué raro! –respondí yo–, ese día él tenía clases en la Universidad Autónoma de Bucaramanga. Además, las medidas de seguridad acá se tomaron siempre en común acuerdo porque los dueños de esta casa son la Corte Suprema y el Consejo de Estado’. Pero era como si la Policía no supiera del Consejo de Estado.

Yo nunca quise tener escoltas. Pero luego de la toma, la única impresión que me quedaba es que le habían abierto las puertas del Palacio al M-19 para atraparlos en la ratonera.

El infierno

El Palacio de Justicia tenía cuatro pisos escalonados. Por eso, cuando los guerrilleros pusieron la ametralladora en la esquina nororiental del cuarto piso, tenían un panorama de todo el edificio. Ello obligó a los policías a entrar desde la azotea y los militares por el sótano, por eso es estúpido pensar que el M-19 inició el incendio. En la radio decían que los guerrilleros les tiraban expedientes encendidos a los militares. Absurdo.


Yo me pregunto: ¿por qué los militares bajaron los cuerpos al patio y los lavaron? ¿Qué querían ocultar? ¿Por qué un general mandó lavar el baño donde perecieron magistrados como Manuel Gaona, Horacio Montoya y el último reducto de la guerrilla? Hasta el último momento, los guerrilleros protegieron la vida de los magistrados, y era lógico: era su única posibilidad de salir con vida. Cuando se acabó el holocausto, el cadáver de Andrés Almarales se lo entregaron a la señora en la noche del 7. Entonces, ¿por qué un pelotón de la Policía fue a la morgue por los cuerpos que estaban allí, cuerpos que después fueron hallados en una fosa común del Cementerio Sur de Bogotá?

Nunca se me olvidará el color de las llamas al interior del edificio. Las paredes estaban construidas con una madera canadiense y la tintilla que la protegía hacía que las llamas se vieran de un color magenta. Y aunque militares como el coronel (r) Plazas Vega hayan dicho que estaban defendiendo la democracia, no me queda ninguna duda de que la cúpula militar también es responsable del horror que se vivió en el Palacio. ¿Por qué en la presidencia de Julio César Turbay, cuando el M-19 se tomó la embajada de República Dominicana, los militares sí aguantaron más de un mes sin matar a nadie?

Decían que se habían salvado las instituciones, que éstas estaban por encima de los hombres. ¿Y es que acaso las instituciones no las conforman los hombres? ¿Si éstos perecen, quiénes les darán continuidad? Yo no me atrevo a decir que los militares entraron como lo hicieron al Palacio, bajo la orden de ‘disparen a todo lo que se mueva’, porque tenían diferencias con las cortes. Pero puedo decir que no sentían mucha simpatía hacia nosotros.

No me queda ninguna duda de que al presidente (Betancur) lo sentaron en una sillita y los militares tomaron toda la iniciativa. El viernes 8 de noviembre, el Presidente dijo que dio todas las órdenes, no obstante, un año después, declaró en un juzgado que el operativo lo habían manejado exclusivamente las Fuerzas Militares. Lo que no me explico es por qué desde el primer día la prensa se dedicó a absolverlos a ellos.  Hubo tal necesidad de eximirlos que nadie se acordó del M-19, por eso las investigaciones fueron tan torpemente manejadas.

El Tribunal Especial hizo una gran investigación, pero sacó las conclusiones que no eran. Hicieron un archivo fotográfico importantísimo. Imágenes como la de la magistrada Luz Estella Bernal, una magistrada de nuestra sala, en ropa interior, nos hizo entender que algunos guerrilleros sí pudieron haber salido vestidos de civil. Pero los interrogantes siguen: ¿qué pasó con los trabajadores de la cafetería? Nosotros necesitábamos medidas de seguridad más fuertes y, sin embargo, los guardias que protegían el sótano tenían armas de un solo disparo. Por el sótano entraron los guerrilleros, y a los guardias los asesinaron.

Para la posteridad

Carlos Horacio Urán era muy amigo mío, mi señora y yo somos padrinos de una de sus cuatro hijas. Él perteneció a la Anapo, pero cuando de ésta surgió el M-19, él no se quiso meter porque era temporalmente pacifista.  Cuando su cuerpo no apareció en los dos primeros días, empezó a surgir la leyenda de que lo habían sacado del Palacio con vida, lo habían torturado y vuelto a ingresar al edificio ya muerto. Su velorio fue el primero al que asistí sin que se tuviera el cuerpo del muerto.

Hace dos años tuve una experiencia ingrata, creo que la esposa de Carlos, Ana María, quedó un poco sentida. Ella me llamó y me comentó que había un video con una posible imagen de Carlos. Vi el video cien veces pero no fui capaz de decir que ese era Carlos, de lado se me parecía, pero de frente no. Su familia estaba esperanzada en ese reconocimiento mío, pero yo no fui capaz porque no estaba seguro.

Cuando se habló de la reconstrucción del edificio, yo propuse que el nuevo se llamara Belisario Navarro. Era obvia la responsabilidad del M-19, pero también que el servicio del Estado había funcionado inadecuadamente. Los militares sólo trataron de rescatar a Jaime (Betancourt Cuartas) y Clarita (de Castro, esposa de Jaime Castro, ministro de Gobierno).  Cuando empezaron a llegar las demandas al Consejo yo me declaré impedido, pero nunca me quedó duda de que iban a condenar al Estado. Y si hubiese habido demandas contra los guerrilleros del M-19, a ellos también los hubieran condenado.

El interés por Jaime y Clarita era obvio. Los demás éramos basura. No éramos más que basura en medio de un combate entre dos grupos enloquecidos. Y luego, por una solución inteligente de Noemí Sanín (entonces ministra de comunicaciones), se transmitió un partido de fútbol por televisión. ¡Y ahora dizque candidata a la Presidencia!

Las investigaciones sobre el Palacio están en pañales. Se perdió muchísimo tiempo porque el establecimiento estaba preocupado por absolver al Presidente y a los militares.

Aprovechados arriendos

Una cuñada mía, que tenía una casa en Armero, estaba en Bogotá por esos días y me dijo que nos fuéramos a ese municipio a descansar unos días. Yo, sin embargo, no me podía ver y así se lo dije, y ella se disgustó y el 13 de noviembre se fue. Cuando llegó a Armero ya estaban cayendo cenizas, pero ella creyó que era lluvia y no se quiso ir. Ella murió en la avalancha de Armero, pero yo me salvé dos veces de la muerte.