Los misterios de la pureza

Este viernes se estrena ‘La cinta blanca’, una de las producciones nominadas en los Oscar como Mejor película extranjera.

La cámara se posa inmóvil sobre una puerta que se acaba de cerrar. Del otro lado de la cerradura un niño es fustigado por su padre. El látigo, los surcos en la piel y las lágrimas nunca los vemos pero nos los imaginamos. Ese poder de sugestión y de contar sin ver es uno de los grandes aciertos en el arte cinematográfico del director Michael Haneke. Es dejarle la posibilidad al público de exigirse un poco, de sacudirse y de participar en este mundo de la pantalla grande donde generalmente prima la inmediatez, lo obvio y las imágenes masticadas.

La cinta blanca ya ha caminado por la alfombra roja de los eventos de cine más importantes en el mundo y ha salido victoriosa. Ganó la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes, el Globo de Oro como Mejor película extranjera 2010, y este domingo puede que obtenga el Oscar ya sea como Mejor fotografía o Mejor película extranjera. Muchos críticos han asegurado que se trata de una catedral del séptimo arte, una obra maestra. No es para menos. Tiene todos los ingredientes para ser catalogada una gran película, de esas donde la mente no se desprende fácilmente ni de sus imágenes ni de sus cuestionamientos. Tiene un casting preciso y bien escogido, una fotografía en blanco y negro impecable que funciona como bálsamo para los ojos, unos diálogos implacables y una historia que en la pantalla revela rasgos de expresionismo y del otro lado un austero mundo de represión.

La película se sitúa en la antesala de la Primera Guerra Mundial en un pueblo protestante en el norte de Alemania. La comunidad, aparentemente tranquila, será sacudida por una serie de actos violentos de naturaleza misteriosa. La acción se centra en la relación de autoridad y poder entre los niños del pueblo y sus padres y todas las figuras “opresoras” de una sociedad. El barón en el pueblo, el pastor en su iglesia y los padres en sus familias. Los niños y las mujeres aparecen humillados y silenciados en este lugar de casas de ladrillos y campos de trigo donde la formalidad es una máscara que esconde la brutalidad de lo que ocurre detrás de los saludos de sociedad.

El nombre de la película corresponde al hecho de que a ciertos niños se les pone una cinta blanca en el brazo para llenarlos de pureza e inocencia y alejarlos de las tentaciones y los malos pensamientos. Haneke se ubica momentos previos a la Primera Guerra Mundial para contar esta historia, que empieza con una advertencia en la voz del narrador, el profesor del pueblo: “Los siguientes acontecimientos influenciarán la historia de mi país”. Para un espectador atento esta frase no pasa desapercibida y aunque al director no le guste dar respuestas absolutas, sí ha afirmado que quiso mostrar las consecuencias de una sociedad patriarcal que ejerce la opresión por medio del abuso, las reglas, el miedo y la culpa. Por lo tanto, los niños que aparecen en la historia cargan con los pecados, los deseos y los errores de sus padres reflejados veinte años después en el nazismo.

La película es fuerte y dura. Sin embargo, para este director la violencia no es un acto de diversión ni un circo que merezca un show en la pantalla. Por eso, prefiere contenerla, no mostrarla y limitarla a gestos que la evoquen. Muchos le critican el que sólo se ocupe de mostrar el lado oscuro de la humanidad, pero su forma de hacer cine viene de una necesidad vital de provocar y crear catarsis al mismo tiempo, de dejar cabos sueltos para que el espectador se involucre y no salga ileso de sus producciones. En realidad puede sonar egoísta y generoso al mismo tiempo, tener la intención de que el público se lleve un pedazo de sus creaciones por un lado, y por el otro darle esa posibilidad de ser responsable con lo que ve y de que cada cual lo interprete como le llegue.

Puede que la historia y el estilo de Haneke (La Pianista, Caché, Funny Games) no sean para un espectador amante del cine de Hollywood y de los finales felices, y puede que éste mismo tenga el falso y triste preconcepto de que una película que no sea en inglés es hermética. No es una película fácil y no pretende serlo porque deja más preguntas que respuestas, y por lo tanto, logra sobrepasar sus dos horas y media para gravitar en la memoria indefinidamente.

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