‘Testosterona’ Bigelow

A mediados de los 90, los críticos se preguntaban si esta directora era una adicta a la violencia.

Cuando se acerca a sus 60 años de edad, la directora norteamericana Kathryn Bigelow puede mirar atrás y descubrir una historia cinematográfica alrededor de la violencia, sus fetiches y la vanidad machista de los héroes comprometidos con el despliegue físico de la acción.

Desde su primer largometraje —The Loveless (1982)—, una historia de motociclistas desesperados con William Dafoe protagonizando una aventura de malditos incomprendidos, seductores atléticos y furiosos, “dirigiéndose con velocidad a ninguna parte”, hasta el Oscar-hit sobre un comando norteamericano que desactiva minas antipersona en Irak, The Hurt Locker (Zona de miedo, 2008), la biografía creativa de Bigelow ha rodado en el territorio del peligro expresado a través del crimen, la guerra, los uniformes de policías y soldados en combate, el afán que ajusticia al prójimo cuando la ley se interpreta de manera caprichosa por cualquiera que tenga una pistola en sus manos.

Entre la televisión y el cine, los títulos cifran el espectáculo de sus imágenes: Point Break (1991), acerca del punto crítico al que conduce la historia de un agente del FBI investigando si los surfistas de una playa también hacen acrobacias como asaltantes de bancos; Días extraños (1995), demasiado para un policía jubilado en el mundo de la corrupción, enfrentado al misterio de los asesinatos que descubre gracias al mal uso de la tecnología; K-19: The Widowmaker (2002), sobre un submarino ruso que tal vez deje viudas a las esposas de sus tripulantes.

Tramas enfáticas en el tratamiento formal de la rutina que define a las películas de acción, un crítico se preguntaba a mediados de los años 90 si Bigelow era una adicta a la violencia, una artista que decoraba la brutalidad con estilizaciones visuales, relegando a un segundo plano el significado de lo que narraba.

The Hurt Locker revela el aprendizaje del camino recorrido. El interés de Bigelow por los aspectos visuales, desvaneciendo las fronteras con su reinvención permanente, apoyándose en el guión del periodista Mark Boal —interesado en las consecuencias traumáticas de la guerra de Irak en los soldados que nunca olvidarán las manías bélicas de G. W. Bush, evidentes en la pesadilla que registra otra historia de Boal llevada al cine, In the Valley of Elah (Haggis, 2007)—, encaja las piezas del rompecabezas que ensambla forma y contenido, brillando el suspenso como un matiz del heroísmo militar que enfrenta al terrorismo desde la perspectiva ambigua de la democracia —según por quién, para quién y para qué—.

Durante la edición 82 de los Premios Oscar, la distancia creativa de Bigelow ante la ansiedad por los efectos especiales de su ex marido, James Avatar Cameron, y la reiterada premiación de The Hurt Locker, renovaron la confianza ante el aspecto humano del cine; el diálogo que siempre tendrá con el público la autenticidad del drama antes que la pirotecnia de la maquinaria y su carácter de curiosidad transitoria. El Síndrome Titanic de Cameron —construyendo buques que arrastran con su maquinaria publicitaria al espectador manipulado antes de que naufrague el espejismo— fue un triunfo para el cine interesado en conocer los motivos de la crisis; una recompensa a la biografía íntima de Bigelow, divorciada en los años 90 de Cameron y, por extensión, de una actitud creativa irreconciliable; The Hurt Locker es también una advertencia acerca del estilo masculino que define a un mundo en caos y su necesidad de aprender cada vez más de las mujeres.

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