Este miércoles, exequias de ocho de las víctimas del fatal accidente

Crece el saldo de muertos que dejó el choque de un bus contra otros dos vehículos, el fin de semana anterior en la vía que conduce de Bogotá a Fusagasugá.

Después de todo sólo queda la oscuridad, la angustiosa sensación de que el estómago se desprende en pequeños pedazos de recuerdo. Entonces, el pasado es sólo un puñado de conjeturas: “Si no lo hubiera dejado salir de la casa”, “Si hubieran salido más tarde”, “Si la hubiera agarrado más fuerte entre mis brazos”, “Si hubiera sido yo y no ellos”. Todos con la mirada baja, los ojos encharcados, las manos bien apretadas contra el bolso, contra el estómago que no deja de doler por el recuerdo de una cama vacía, la alegría de un fin de semana de paseo, las imágenes del accidente que, hasta el martes, dejaba 24 personas muertas y al menos 50 heridas.

De las 12 salas de velación de El Apogeo, ocho se llenaron con la misma tristeza porque, si bien la muerte es una sola, en este caso llegó en un solo momento para todos, en la forma de bus fuera de control, envuelta en el vestido de gala de una falla mecánica.

Y ya ayer nadie quería hablar de nada, porque las palabras se quedaban entre la garganta y los dientes, que no las dejaban salir. Y ya ayer nadie quería hablar porque, ¿qué más hay para decir si ya todo está hecho? Y ya ayer el silencio lo era todo en la funeraria donde permanecían para el dolor de sus familiares Johan Stiven Rodríguez, Uriel Torres Silva, José Libardo Torres Buitrago, Yesmín Blanco López, José Moisés Rodríguez, María Doralba González Arias, Daniela Alexandra Parra Reina, Yarleydi Reina Barón.

El silencio. El silencio interrumpido por una conversación cualquiera en voz baja o por el organista que tocaba y cantaba a pleno pulmón O sole mio, aunque nadie supiera muy bien por qué un clásico romántico italiano sonaba a las 12 del día, con el sol alto en el cielo y la tristeza campante en todo el edificio.

El tablero con los ocho nombres escritos en mayúsculas revelaba el lado más tétrico de la tragedia, como si no bastara con la tragedia misma: varias de las víctimas compartían apellidos y, entonces, se entendía por qué aquella niña de unos 12 ó 13 años se agarraba fuerte de una banca negra para llorar con todo el aire de sus pulmones a una prima y una tía, tal vez, o cualquier combinación de familiares que salieron una mañana para festejar y nunca regresaron con las historias del paseo.

El segundo piso estaba abarrotado de estudiantes del colegio El Porvenir, todos amigos, conocidos, simpatizantes, dolientes de Daniela Alexandra Parra Reina, de 13 años, quien pereció junto con su madre en el bus de la empresa Oasis que perdió el control y, sin frenos, fue a dar contra un carro particular y otro vehículo de transporte. “Era muy inteligente, muy viva”, “A pesar de su edad era madura, puesta en su lugar”, dijeron algunas compañeras de Daniela en el equipo de voleibol del colegio. Todos miraban la misma imagen del equipo completo, como si las fotos realmente le robaran el alma a la gente y Daniela viviera para siempre en aquel pedazo de papel, para siempre sonriente.

En el primer piso se encontraba Juan Pablo, el esposo y  padre. Contra una esquina, muy cerca de la salida, de pie, sin hacer nada. Acompañado de dos personas conversaba ocasionalmente, leía los periódicos que contaban la historia que él ya se sabía de memoria, los relatos que volvían a hacer el recuento de los muertos y los heridos y a entregar los detalles de la falla en los frenos, de la colisión contra el Corsa, en el que iba una pareja que murió instantáneamente, y el último impacto contra la camioneta de la empresa Expreso Bolivariano, ocurrido en el kilómetro 99 en la vía Bogotá-Fusagasugá.

Con un brazo inmovilizado, el rostro cruzado por cortadas y sangre coagulada, recibía las condolencias de los amigos de Daniela y los familiares de su esposa. Con una chaqueta negra encima y la mirada fija en la nada, aguantaba lo mejor que podía aquellos momentos eternos de duelo en los que la incertidumbre del mañana se agolpa como nubes antes del aguacero. Que llueva de una buena vez, para que así pase más rápido la tormenta, dirá, tal vez. Nadie sabe.

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