Alianza siniestra por la muerte

De cómo un oscuro pacto entre militares, ‘paras’ y ex guerrilleros terminó con la muerte de 52 personas en Barranca.

A cuenta gotas ex jefes paramilitares, que desataron una ola de violencia en el oriente del país en los años 90, han ido revelando las alianzas con miembros de la Fuerza Pública y de la guerrilla que condujeron a por lo menos tres masacres que tuvieron como epicentro a Barrancabermeja. Uno de ellos, Mario Jaimes Mejía, alias El Panadero, hizo un pormenorizado recuento ante la Fiscalía del plan criminal que segó la vida de 52 personas. Primero, dijo, comenzaron a hacer contactos en mayo de 1997 con un mayor del Ejército, un tal Felipe, que pertenecía a la sección de inteligencia del batallón Caldas, y con el coronel Raúl García, a quienes les contaron sobre la incursión de las autodefensas.

El oficial García le dijo que venía “quemado” de otra unidad castrense por supuestos vínculos con ‘paras’. El Panadero sostuvo que los militares le plantearon crear una Convivir, pero la propuesta fue rechazada porque la intención de las Auc era entrar a Barrancabermeja bajo el mando de Camilo Morantes. Así se comenzó a cuajar el baño de sangre en Barranca. El 12 de mayo de ese año el plan se concretó, pero ese día no encontraron a las personas que pensaban matar. Al final terminaron quitándole la vida al conductor de un taxi.

Tanto El Panadero como Eugenio Sánchez, alias Esteban, conocían a colaboradores de las Farc porque ambos habían pertenecido a ese grupo ilegal y se valieron de éstos para escoger a sus víctimas. Para ese momento ya contaban con el apoyo de un coronel de apellido Rodríguez, del batallón 45 ‘Héroes de Majagual’, quien les informaba sobre operaciones que realizaban otras unidades en su contra. Ante el fracaso del primer ataque, los ‘paras’ ejecutaron una masacre para generar “terror”. Al grupo se sumó el ex capitán del Ejército José Eduardo González, alias Mauricio, quien según El Panadero, fue jefe de seguridad de una petrolera.

Agregó que a través de González hicieron contacto con el capitán Oswaldo Prada, del Batallón Nueva Granada de Barranca, y con un oficial que pertenecía al grupo de operaciones de esa unidad. Ambos les pidieron determinar fecha y hora de la masacre para facilitar la incursión armada, pero aún había un cabo suelto: la comandancia de la Policía. Por medio de Mauricio contactaron al coronel de esa institución Joaquín Correa, quien según El Panadero les dijo que lo único que les pedía era que no dejaran los muertos en la ciudad. A un acuerdo similar llegaron con el director del DAS de Barrancabermeja.

El 16 de mayo de 1998, 20 paramilitares llegaron a la cancha de fútbol del barrio El Campín, donde se celebraba un bazar por el Día de la Madre. Luego de pasar frente al retén militar de La Lizama, sin restricción, y utilizando como guías a ex guerrilleros de las Farc, Maicol y Freddy, secuestraron a 32 personas y los subieron en una camioneta. Un hombre que se negó a ir fue asesinado ahí mismo. Apenas emprendieron la marcha se percataron de que el peso de los cautivos superaba la capacidad del vehículo. Se detuvieron, bajaron a seis personas y las mataron a sangre fría.

Al reanudar el recorrido se dieron cuenta de que entre los plagiados había una mujer embarazada y la lanzaron del vehículo en movimiento. Pese al impacto ella y el bebé lograron sobrevivir. Un milagro. Los demás fueron llevados hasta una finca en San Rafael de Lebrija. Ahí los mantuvieron durante 15 días. Maicol confirmó que muchos retenidos, varios menores de edad, no tenían vínculos con la guerrilla. Pero el comandante Camilo Morantes ordenó no dejar testigos. Todos perecieron. Por grupos los fueron sacando. Luego los enterraron en fosas comunes. Los últimos asesinados fueron unos gemelos.

Con la red de contactos se comenzó a planear la segunda masacre. El 1º y 2 de agosto de 1998 diez integrantes de la organización la llevaron a cabo. Contaron con el apoyo del teniente Félix, del agente Mideros, de los cabos Julián Durán y Luis Alfonso Salcedo. Once personas fueron asesinadas y cuatro más heridas. Fueron raptadas en un recorrido macabro que incluyó estaderos, tabernas y discotecas. Luego vino la tercera arremetida. El Panadero contó que arregló con el comandante de la base militar de El Llanito y que Camilo Morantes dio luz verde para la masacre. La Policía ya se había coordinado.

El 28 de febrero de 1999 ocho personas fueron asesinadas. Dos más desaparecidas (un taxista y un menor de edad, que luego fueron ultimados y lanzados a un río). El Panadero señaló que los ‘paras’ contaron con el auspicio del mayor Herrera, del Batallón Héroes de Granada, quien los acompañó, uniformado, a hacer allanamientos en búsqueda de cilindros de las Farc. Paradójicamente, en las últimas dos masacres los ‘paras’ decidieron cometer los homicidios en el municipio para evitar la persecución de las autoridades. Era la estela del horror. Las confesiones de El Panadero, detenido tras la última masacre, comienzan a aclarar verdades terribles de los crímenes insepultos de las Auc.