Los vecinos

La casa de un inglés es su castillo, dice el cliché. Lo que no dice el cliché es que cada inglés se comporta como si su “castillo” hubiese sido construido en dos hectáreas de jardín, es decir, sin vecinos.

Tal vez estoy siendo un poco injusto. Me refiero a Londres, ciudad densamente poblada donde todos hacemos lo posible por pretender que nuestros vecinos no existen. Yo llevo más de siete años viviendo en un suburbio de Londres y ya conozco a cinco o seis vecinos, todos de mi lado de la calle. El otro lado es la dimensión desconocida. Pero yo soy colombiano y ultrasociable. Y conocer quiere decir saludar cortésmente en la calle. Sólo dos de ellos me han invitado a su casa por motivos sociales.

A dos puertas de la mía vivía una anciana. Vivía sola y la cuidaba una enfermera. Hace un mes la anciana murió. Y hace unos días me di cuenta de que la pareja que vive a una puerta de la mía (es decir, vecinos míos y de la anciana) ni siquiera se había enterado. Les conté yo.

Simplemente habían dejado de oír voces al otro lado del muro. Pero, tal vez por no parecer fisgones, no habían tratado de averiguar. Son una pareja encantadora. Viejos hindúes que todos los años nos invitan a celebrar Diwali con sus hijos y nietos. Pero el respeto del espacio ajeno es un reflejo profundo en esta sociedad y a veces tiene consecuencias inesperadas.

Londres es en cierta forma una serie de antiguos poblados (Highgate, Hampstead, Fulham, Barnes) que se han visto incorporados a la ciudad con el paso del tiempo. Las distancias son enormes y como la mayoría de la actividad económica se aglomera en el centro, los londinenses nos pasamos una gran parte del tiempo viajando de la casa al trabajo y viceversa. Las compras se hacen por internet o en centros comerciales. La gente viaja grandes distancias en busca de vacaciones y entretenimiento. El resultado de todas estos fenómenos dispares parece ser una creciente ignorancia de nuestro entorno inmediato y sus habitantes. Lo cual es una lástima. A mí me hace sentir menos “extranjero” encontrar conocidos en la calle. Tener hijos ha ayudado.

La prole sirve para lubricar muchos de los roces sociales que los ingleses encuentran embarazosos. Y el colegio es un buen aglomerante de gente alrededor de eventos y preocupaciones comunes.

El gobierno y diversas ONG hacen valerosos y costosos esfuerzos por promover lo “local” porque creen, con razón posiblemente, que es beneficioso para el planeta y la salud mental de sus habitantes. Si todos viajáramos menos y nos conociéramos más, reduciríamos nuestra huella de carbono y las visitas al psiquiatra.

Pero yo me temo que en una ciudad como Londres los lazos que nos atan al vecindario y al entorno cercano son mas débiles que las fuerzas que tiran en la otra dirección.

*Periodista colombiano radicado en Londres.

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