El Ángel de asfalto

Salazar trabaja por estos días como tallerista en los certámenes especiales del Festival Iberoamericano de Teatro, consciente de que su pasado fue esencial para cambiar de vida.

La historia de las naciones la escriben los generales y los políticos, pero la historia de las ciudades y los pueblos está hecha con historias mínimas, de hombres anónimos, sin rostro. Sus relatos albergan el pasado de sus lugares, de las ciudades del olvido.

Ángel Salazar es uno de esos personajes a los que la ciudad les ha cerrado todos los caminos. Su vida, como la de tantos otros personajes de esta inmensa urbe, está marcada por la derrota, pero trazada por los impulsos vitales de una alma de guerrero.

 Tiene 23 años, pero ese corto lapsus le ha alcanzado para adquirir una madurez casi precoz. Nació en el Barrio Santa Inés, antes conocida como la Calle del Cartucho. A su padre no lo conoció, pero con su madre fue suficiente.

Doña Olga Lara vendía lotería en San Victorino. Mientras recorría las calles del centro, Ángel descubría el mundo de las palabras y los computadores en la Luis Ángel Arango. Iba al colegio como un niño normal. Sin embargo, la vida le guardaba la emboscada.

Cuando tenía 12 años, doña Olga murió. De ahí en adelante la historia de Salazar sería el viacrucis del héroe. Sólo, sin familia, se dedicó a trasegar los rincones del centro, a conseguirse la comida de día y a buscar cambuche en las noches. Y sale el alma de batallar más fuerte, y se hacen las estatuas a golpes de cincel.

La calle lo empujó al abismo. En el rebusque, el hambre desconoce los límites entre la legalidad y la ilegalidad. “Es duro levantarse con hambre, ir a un restaurante a pedir un plato de comida y que le echen la Policía. Después de 12 horas de calabozo, uno sale con más hambre y más rabia. Ahí es que coge uno al primero que pasa y le quita lo que tenga”, explica con la mirada clavada en el recuerdo. La vida de la calle no es fácil, ni siquiera para quienes han crecido en ella. El hambre y el frío se petrifican en su recuerdo, son una constante de su pasado.

Pero Ángel daba para más, su cabeza buscaba desenfrenadamente el conocimiento: quería dar la pelea. Acabado, con el rostro templado por el frío y la droga, que ya no le dejaban aflojar ni una sonrisa, decidió buscar un lugar en el que lo ayudaran. Así llegó a las puertas del Idipron (Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud), allí empezó el proceso de recuperación.

Después de casi tres años de rehabilitación, en los que tuvo que enfrentarse a sí mismo, su vida tomó un nuevo rumbo. Estuvo internado en el Vichada. “En esa soledad… esa inmensidad de llano, donde lo único que uno puede encontrar es a uno mismo, me hice más fuerte”.

Cuando regresó a su barrio ya no era el mismo, la ciudad estaba cambiando: “En 2004 la cosa se puso dura, empezaron a tumbar el Cartucho, a sacar a la gente. Eso fue duro, porque a pesar de que uno sabía que era bueno, pues uno creció ahí, era mi barrio, mis calles, ahí estaban las huellas de mi infancia, de mi madre”.

Empezó a trabajar con el Idipron como obrero, arreglando calles. “Fue empezar un proceso duro y hermoso. Mi independencia era hacer vida levantando la cabeza. Con el primer sueldo me arrendé una pieza, con el segundo me compré un colchón, al tercero un televisor a blanco y negro, que una mesa, que la cobija, la grabadora y así… parándome”.

Aquí empezó el trabajo de Ángel con los habitantes de calle, con quienes trabaja actualmente, y a explotar su vocación de músico y artista. El hip-hop es lo que lo aferra a la vida, y el trabajo con la comunidad del Bronx o la L, como se conoce, una forma de pagar las cosas que, mal o bien, la vida le ha puesto enfrente. Hoy tomó parte del grupo de elegidos por el Festival Iberoamericano de Teatro para realizar el taller de los eventos especiales, como un Ángel de asfalto envuelto en fotografías, escritura, teatro y murales de grafiti.

 

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