Periodismo y posconflicto: retos y desafíos para el próximo cuatrienio

hace 1 hora

Las viudas de la venganza

Los atentados de esta semana en Moscú tuvieron el sello de las llamadas “viudas negras”, las familiares de los rebeldes chechenos muertos en su larga guerra contra Rusia.

La mujer tenía el cinturón de los mártires. Varios kilos de explosivos, listos para estallar cuando ella decidiera dejar de existir y llevarse de paso la vida de unos cuantos. En la cabeza un velo negro, en la mano una ametralladora y en la cintura TNT. No era común, cuando comenzaba la década de 2000, que una mujer apareciera en los noticieros de televisión dispuesta a morir por la independencia de Chechenia.

De ella se supo muy poco. Murió cuando el ejército ruso retomó el control del teatro de Moscú y dio muerte a todos los guerrilleros. Fue una victoria pírrica como pocas. La cantidad de gas neuroparalizante que emplearon las tropas del Kremlin para iniciar el asalto causó la muerte de más de 170 rehenes.

Se supo poco de ella porque los guerrilleros chechenos parecían no tener familia. Si la tenían nadie debía saberlo, mucho menos un ruso, que seguramente —pensaban— no mostraría compasión en la tortura, en la política del dolor a cambió de información. Por eso de ella sólo dijeron que se trataba de una “viuda negra”, una de las varias mujeres que para entonces entraban en la guerra motivadas por la venganza, por un veneno añejado durante los años de conflicto y alimentado por la desaparición y la muerte de esposos, hijos, hermanos y padres.

Estaban allí para vengarse de las tropas rusas. Su cultura musulmana destinaba los combates políticos y armados a los hombres de su país, pero en estos casos el resentimiento era más fuerte que la tradición. El Servicio Federal de Seguridad (FSB) se preocupaba por la incursión de un nuevo enemigo insospechado e insospechable, al tiempo que las informaciones de inteligencia indicaban que detrás de su preparación para el combate se encontraban el duro rostro y la larga barba de Shamil Basayev, el más visible líder de la guerrilla chechena. Alguien aseguró en alguna oportunidad que Basayev se regodeaba de su cosecha, de su batallón de mujeres suicidas dispuestas a atacar con el cinturón del mártir.

Uno tras otro fueron asestando sus golpes entre camiones bomba e inmolaciones en lugares concurridos. En agosto de 2004 los apellidos Nagayeva y Dzhebirjanova se presentaron al público como el nombre de dos bestias. Las dos mujeres habían abordado aviones que cubrían rutas dentro de Rusia para explotar en pleno vuelo: 89 muertos. Luego, una semana después, en la estación Richkaya del metro de Moscú, otra mujer se inmoló: 10 muertos y 50 heridos. Llegó el primer día de septiembre y con él el preámbulo de un epílogo fatal. Un grupo de 17 chechenos tomó el control de la escuela de Beslan, en Osetia del Norte. En el operativo de nuevo aparecieron las viudas con sus burkas y sus cinturones exigiendo la salida de los soldados rusos de su territorio.

En un intento de escape de algunos de los 1.200 rehenes, tres días después de la toma, y ante la reacción de los soldados rusos para retomar el lugar, los rebeldes accionaron los explosivos que habían distribuido por varios puntos de la escuela, apretaron los gatillos y apuntaron a donde fuera: 200 muertos (niños más de la mitad), 600 heridos.

Esta semana, el recuerdo negro de la venganza disfrazada de mujer parece conmocionar nuevamente a Moscú. Los atentados de esta semana en el metro, en un tiempo en el que Rusia ha logrado retomar el control checheno y que Basayev está muerto, anunciaron que la revancha aún permanece en curso. El FSB concluyó que fueron dos mujeres las que ocasionaron las 39 muertes y los 73 heridos del lunes.

Desde el Kremlin no tardaron mucho en virar la vista hacia el Cáucaso Norte, hacia la guerrilla de ese territorio rico en petróleo que se llama Chechenia. Ahora, las amenazas vienen del primer ministro Vladimir Putin, quien promete venganza anunciando el exterminio de los terroristas.

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