Los Moncayo, libres

El sargento liberó a su padre, el Caminante por la Paz, de las cadenas voluntarias que cargaba en las manos como símbolo de su lucha.

Asombrosamente sereno, muy delgado, vistiendo un uniforme militar que le quedaba algo grande y con la sonrisa que no se le conoció en las cuatro pruebas de supervivencia que enviaron de él sus captores, después de 12 navidades fuera del hogar regresó ayer a la libertad el sargento viceprimero del Ejército Pablo Emilio Moncayo. Luego de 12 años, tres meses y 10 días de infierno en la selva a manos de las Farc, el uniformado salió del helicóptero Cougar brasileño a los brazos de su padre, el profesor Gustavo Moncayo, el Caminante por la Paz.

Eran las 5:44 p.m. cuando se produjo el esperado reencuentro y en el aeropuerto Gustavo Artunduaga Paredes, de Florencia, Caquetá, empezó a sonar la canción Me gusta la palabra libertad, de José Luis Perales.

“Prefiero ser caminante a ser camino, ser libre a ser esclavo, ser beso a ser puñal”. Y los claveles blancos se agitaban, las manos aplaudían. Pablo Emilio, ahora abrazado con su madre, doña María Estella Cabrera. “Sombra y luz, tierra y mar. Me gusta la palabra libertad”. Y algunos ojos lloraban. Mucho más allá, en Sandoná, Nariño, donde nació el hasta ayer cautivo, el mundo parecía una fiesta: Más música, pancartas de bienvenida y gritos de felicidad.

La espera se alargó algo más de lo pensado y, por momentos, se tornó dramática. La jornada pasó por un fuerte aguacero en la mañana, que atrasó la misión un par de horas. Después la humedad, el inclemente sol y, en la manigua, más lluvia y una mala noticia: Al sitio de las coordenadas —donde la guerrilla prometió hacer la entrega unilateral— llegaron apenas dos subversivos vestidos de civil, asegurando que sobrevuelos del Ejército tenían en peligro el operativo.

Dos delegados del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), seis tripulantes de Brasil, monseñor Leonardo Gómez Serna, un médico y la senadora Piedad Córdoba se vieron entonces con las manos vacías. “Roberta Falcioni, del CICR, llegó a proponer que llamáramos a avisar, pero yo le pedí que no lo hiciera”, contó después la legisladora frente a las cámaras, con las botas de su pantalón envueltas en barro y vistiendo un saco blanco con rojo que rezaba “Acuerdo humanitario ya”.

En aquel instante, en tierra florenciana el fusagasugueño Julio Roberto Vásquez entonaba versos con su guitarra para animar la cosa. Como llegó junto a la familia Moncayo Cabrera al aeropuerto, muchos pensaban que se trataba de algún pariente del liberado. El hombre, de 59 años, se presenta como “el representante legal del Caminante por la Paz”. Cuenta que lo conoció hace cuatro años, cuando el ‘profe’  recorrió caminos exigiendo la liberación de su hijo.

“El profesor Moncayo pasó por Fusagasugá y, como me gusta cantar y soy compositor profesional, aproveché para cantarle La guaneña y Chambú, típicas del sur de Colombia”.

Según Vásquez —camiseta con foto de Pablo Emilio, sombrero con flor, zapatos tenis—, al escucharlo el ‘profe’ se detuvo para abrazarlo y desde ahí se volvieron amigos inseparables, “al punto que me puse a caminar con él y hoy soy además su abogado”.

Lejos de su relato, el grupo humanitario que había salido antes del medio día hacía algún lugar de la selva para recoger a Moncayo   alzaba vuelo hacia otro lugar llamado Ciudad del Yarí. Ahí fue recibido por un comandante de las Farc llamado Jairo, quien una hora más tarde entregó al sargento. “Le mostré una foto de su familia y reconoció a cada uno de los integrantes”, dijo Piedad Córdoba. En la vereda almorzaron, monseñor oró con los guerrilleros y la senadora entregó cartas de las familias a algunos secuestrados.

Después de más inconvenientes climáticos, el helicóptero regresó por fin a Florencia, y no sólo con Pablo Emilio, sino con las coordenadas del lugar en el que estarían los restos del mayor Julián Ernesto Guevara, quien murió en cautiverio en enero de 2006.

Al regreso, Córdoba tuvo que enfrentar el lunar del día, que se presentó durante la espera y corrió por cuenta de dos videos tomados minutos antes y después de la entrega en la selva. Ambos fueron publicados por el canal venezolano Telesur.  Al verlos, el alto comisionado para la Paz, Frank Pearl, montó en cólera y en la misma pista del aeropuerto leyó un breve comunicado en el que rechazó el hecho de que se hayan desconocido los protocolos de seguridad acordados para la misión humanitaria.

“Dentro de los acuerdos que se hicieron con la misión humanitaria está no emplear cámaras de video o fotografía, para evitar la divulgación de imágenes durante el operativo… El Gobierno Nacional rechaza que un medio de comunicación como Telesur se preste para hacerle propaganda a un grupo terrorista y secuestrador como las Farc”, resaltó el comisionado Pearl, en un comunicado que también fue puesto en la página web de la Presidencia de la República.

El Comisionado exigió al canal    explicar por qué estaba con los guerrilleros. Y dijo que  Córdoba y monseñor Gómez  “debieron exigir   respeto a la filosofía del acuerdo...un operativo discreto para  devolverle la libertad al secuestrado”.

La senadora aseguró que nadie en la misión vio cámaras de los medios: “Estaban, como siempre han estado en estos casos de liberación, cámaras de las Farc”. Su versión fue confirmada por el representante de la Iglesia. También, leyó un comunicado de la guerrilla, de seis puntos, en el que las Farc insisten en el intercambio humanitario. Telesur dijo  haber recibido las imágenes por internet. 

Después Pablo Emilio pasó al micrófono en la pista,   dueño de una claridad conmovedora. (Ver nota anexa).  Una imagen esperada por el país entero. A su izquierda, su hermana de cinco años, Laura Valentina, lo observaba. A su derecha, el padre, a quien le quitó las cadenas  que  cargaba voluntariamente en las manos desde hace cuatro años, como símbolo de su lucha.  Las tiró al piso y luego se dieron otro abrazo. Agradeció a todos los que lucharon por su liberación. Mencionó,  en su orden,  a los presidentes de Ecuador, Brasil y Venezuela. No habló del de Colombia.

De pronto, muchos notamos que anocheció sin darnos cuenta y, mientras Julio Roberto Vásquez tocaba algunos acordes de guitarra, empezamos a desocupar la pista.