Dos autores en Semana Santa

Entre el perdón y la ilusión de Dios.

Buscar a Dios o dios, como un ejercicio de reflexión crítica y sincera o aprender a perdonar como un proceso de liberación personal son caminos alternos de búsqueda espiritual, labor docente o cultura política.

Y lo hacen intelectuales colombianos que por distintos caminos buscan un mismo fin: bienestar en la conciencia. Por estos días de Semana Santa, dos orientadores distintos entregan a la sociedad el resultado de su propia construcción sobre la verdad, la reconciliación o la necesidad de superar el miedo religioso.

Durante 37 años Erasmo Rodríguez fue educador en Bogotá. Pero al mismo tiempo que ejerció la docencia, especializándose en la formación y manejo de jóvenes con deficiencias mentales y déficit cognoscitivo, mantuvo la disciplina de la escritura. Prueba de ello son nueve libros que condensan su pensamiento y visión poética sobre la sociedad que le tocó asumir. En su último trabajo,  La ilusión de Dios, sintetiza su criterio sobre los dos temas apasionantes e ineludibles de todo ser humano: “dios y la muerte”.

Y deliberadamente escribe “dios” con minúscula, según él porque lo asume “como una creencia más dentro del universo de imaginarios”. Es decir que, respetando todas las creencias, valores y principios, toma distancia de las religiones, a las que califica como “un fenómeno histórico cultural que debe ser superado para permitir el crecimiento espiritual libre en armonía con la naturaleza y la construcción del conocimiento”. Y añade: “Es altamente retardatario creer en el determinismo marcado por seres sobrenaturales”.

Un ejercicio intelectual para encarar la vida sin “inventos del intelecto humano”, como insiste Erasmo Rodríguez sobre los prototipos religiosos, sino más bien “pensar en serio y con responsabilidad histórica la realidad humana, desarrollando relaciones sociales “con condiciones de afecto, seguridad social, serio compromiso con la conservación y uso racional de la naturaleza, encuentro consigo mismo y con todos los demás, con fundamento en el estudio relajado y apoyado en la lógica de los criterios científicos”.

Nacido en Roldanillo (Valle) hace 57 años, este padre de familia con cuatro hijos —odontóloga, abogado, biólogo y estudiante de lenguas modernas—, después de una larga trayectoria en la Secretaría de Educación en calidad de profesor del Distrito, en la distancia que le ofrece su condición de pensionado, pero desde la juventud atraído por las dudas que siempre se ha planteado en sus relaciones con la fe, ahora quiere contribuir a “la generación de optimismo, coraje o emprendimiento, superando la desidia que implica abandonarse en manos de los dioses”.

Y como buen docente, a su trabajo, en el que define las fantasías de algunas prácticas erróneas como el animismo, el fetichismo, la brujería o la superstición, o agrega de qué manera los dogmas o ciertos ritos religiosos no ayudan a ensanchar la conciencia, le suma también 10 propuestas de talleres pedagógicos basados en el reto de “pensar y debatir grandes temas”. No como simple especulación filosófica sino fundamentados en un estudio comparativo de las principales religiones del mundo.

En la vía del perdón

Desde otra perspectiva, incluso ya galardonada con el premio Educación para la Paz de la Unesco, el misionero de La Consolata Leonel Narváez también por estos días amplía la cobertura de su obra, con la traducción al inglés y presentación en el Weatherhead Center for International Studies de la Universidad de Harvard, (Estados Unidos), de su más reciente trabajo Cultura política de perdón y reconciliación, en el que resume su experiencia como promotor y creador de escuelas basadas en estos dos principios.

Con estudios de sociología, posgrados en las universidades de Cambridge y Harvard, 10 años de trabajo en África ayudando a fortalecer procesos de solución de conflictos, y otra década más poniendo en práctica su conocimiento en la complicada región del Caguán (Caquetá), el sacerdote Leonel Narváez multiplica la difusión de su bien logrado texto, que incluye desde documentados ensayos de promotores internacionales sobre el perdón y la reconciliación, hasta las bases teóricas de sus conocidos talleres de 80 horas que desarrolla en 14 países.

“El perdón y la reconciliación son valores que son transversales a todos los credos religiosos, e incluso van más allá de este escenario espiritual o confesional”, resalta el padre Narváez, quien al tiempo que recuerda que así como el budismo habla de compasión, el islamismo de misericordia o en algunas culturas indígenas precolombinas se alude a la “limpia”, en el cristianismo el perdón es una opción de vida sin condicionamientos; “una ética y una estética de la existencia que también puede convertirse en una virtud política”.

Su libro Cultura política de perdón y reconciliación, que ya es documento de estudio en la Universidad Federal Fluminense de Río de Janeiro (Brasil), está terminando de ser traducido al inglés por la Facultad de Lenguajes y Estudios Socio-Culturales  de la Universidad de los Andes, para ser entregado este mes de abril. Su propósito ahora es que muchas más familias o instituciones, estudiando sus conceptos, asuman cómo ayudar a transformar para su beneficio, “las secuelas del odio, la rabia, el rencor o los deseos de cobrar venganza”.

“Cuando un ser humano o un colectivo aprende a perdonar, se producen procesos de liberación que modifican el diario vivir”, insiste el misionero Narváez, quien define el perdón como “un elevamiento humano a esferas superiores de cultura”. Por estos días de reflexión de Semana Santa, más allá de los ritos religiosos y las costumbres tradicionales de cada cultura cristiana, una alternativa de pensamiento también puede ser, como lo sugiere el autor, desentrañar las raíces del perdón como una fuente de sanación o de confrontación espiritual y mental de la violencia u otras inutilidades.

Temas relacionados