El cadáver de cemento

La Siberia, una de las primeras fábricas de este material en el país. Su construcción fue casi una hazaña nacional. Hoy en día, sus instalaciones duermen el largo sueño del desuso y la ruina.

Cuando el monstruo fue inaugurado asistió un delegado del presidente Olaya Herrera, los capitanes de la industria nacional y un pequeño ejército de trabajadores que había ayudado a levantar la chimenea, el depósito, los silos de almacenamiento y el pesado horno danés Polysius, que debía cocinar cerca de 150 toneladas de cemento por día. El monstruo tenía nombre: La Siberia. Era 1933 y la planta se erigía como una de las proezas de la construcción colombiana, así hubiera sido levantada por un equipo de alemanes.

La aventura comenzó en 1927 cuando Cementos Samper decidió establecer una fábrica de cemento en las inmediaciones de La Calera, por entonces apenas algo más que un caserío al que se accedía a lomo de mula por una trocha sinuosa que arrancaba un poco más arriba de la calle 85 con carrera séptima y desembocaba en las estribaciones del páramo de Chingaza. La compañía ya tenía minas de piedra caliza en Palacio, más adentro y arriba de la montaña, así que parecía apenas lógico construir una planta de cemento en la mitad de la nada.

La Colombia de aquel entonces apenas estaba entrando en una etapa primaria de desarrollo. El Quiosco de la Luz, construido en el Parque de la Independencia, inaugurado en 1910, se erigió como la primera construcción en cemento en el territorio nacional. Pensar en una planta que podía producir 150 toneladas diarias de un material, que casi dos décadas antes era poco menos que desconocido, era una locura.

Paralela a La Siberia, Cementos Samper comenzó la construcción de un cable aéreo que traería la piedra desde la mina de Palacio hasta la fábrica y de ahí hasta la instalación de El Contador, en lo que por esos días era el municipio de Usaquén. Para una ciudad primordialmente hecha de casas, y casas de adobe, estas eran obras cercanas a la ficción.

Con el transcurso de los años, La Siberia se fue expandiendo hasta tener miles de metros cuadrados, tres hornos para cocer el cemento y silos tan grandes como para poder bucear en ellos si los llenaran de agua. La producción, que en un principio se medía en cientos de toneladas, superó los miles con facilidad.

Pero el paso del tiempo es implacable y marcha incluso en contra de los monstruos hechos de cemento y metal. El 8 de agosto de 1998 La Siberia dejó de funcionar. Los avances técnicos en la fabricación del cemento, logrados a través de los años, dejaron obsoletas las enormes maquinarias que fueron instaladas en la planta en los albores del siglo pasado.

Entonces, los tres hornos daneses, con sus enormes chimeneas, empezaron a pudrirse lentamente. Las tejas se fueron cayendo poco a poco y la ruina empezó a infiltrarse por cada resquicio de los edificios que componen el complejo industrial. Los obreros se marcharon poco a poco y para el recuerdo quedaron las fotos que muestran al monstruo funcionando 24 horas para satisfacer las necesidades del progreso, encarnado en forma de puentes, carreteras y edificios.

El páramo ha hecho su trabajo con el acero, hoy bellamente corroído, y la poderosa fábrica hoy duerme tranquila bajo la lluvia, el viento y el olvido.

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