Encuentros en San Nicolás

Esta plaza, que fue en su origen el corazón de la ciudad, hoy está sepultada entre ventorrillos y negocios.

Alrededor de la plaza de San Nicolás acontecía la ciudad. Los eventos solemnes, las posesiones de gobernantes y dignatarios, los desfiles militares y civiles, los experimentos a cielo abierto: vuelos de globos, aviones acróbatas; las ceremonias religiosas, el arte, el circo y los encuentros acordados. Fue en su momento el espacio abierto más importante en la Barranquilla de sus comienzos. Ciudad ponderada por su apertura a la diversidad. Su cultura se hizo sólida porque incorporó (no excluyó) e hizo propio lo más significativo de indios, negros, europeos y asiáticos, entre muchos otros. También, las brisas del río y del mar ayudaron a configurar ese modo de ser. ¿En qué otro escenario que no sea una plaza se puede apreciar todo esto?

Por eso, los más sensatos se dieron a la tarea de construir esta plaza. Primero una iglesia y luego lo demás, como lo demuestran sus primeras fotografías: un gran jardín arborizado, rodeado de palmeras y largas bancas. Edificaciones con amplios aleros para amainar el calor. Y siempre la gente como protagonista del combustible espectáculo de la plaza.

El crecimiento desordenado de Barranquilla se transformó en una tara que hizo de ella una ciudad al garete, pero prometedora y celestina de nuevos mestizajes. A muchos personajes de paso, poco previsivos con el entorno, el tiempo y la nostalgia los ató sin apremios a esta tierra. Pese a esto, la ciudad siguió creciendo sin concebir un proyecto de urbanización con espacios abiertos: plazas y parques.

La plaza de San Nicolás fue como un ejemplo a no imitar y la ciudad crecía sin recato. Pero su estatus legendario perdió validez desde que los comerciantes empezaron a darle un uso indebido. Las casas y los edificios de su entorno fueron transformados en grades ventorrillos, imitando a los más poderosos, todo el que pudo contribuyó a que los alrededores quedaran reducidos en un enorme almacén de compraventa.

Esta plaza, como tantas otras, siempre ha reclamado algo más importante: ser lugar de encuentros, espacio de reafirmación del sentimiento de pertenencia a una tierra que, pese a sus errores, ha porfiado en su ser caribe. Añoranza de personas de mar y de río que también acuden allí a lucir los atributos del cuerpo, la gracia de hablar, el gesto preciso para cada aseveración, duda o desacuerdo.

Por eso, sumergirse en esta plaza es entonces el diálogo en voz alta con otros sentires, con otra manera de sopesar la existencia en el habitual y compartido día a día. Aquí está la palabra refundándolo todo de nuevo; ordenando un universo caótico y desolado. La palabra como reparadora de estrecheces y miserias. Liberadora del sino individualista en el que la humanidad se sumergió.

El hablar como forma de la esperanza frente a lo que no se puede claudicar jamás. Ir a la plaza para ser una sola boca, recuperar con el énfasis necesario en la voz lo que cada uno sabe que ha perdido, pero que mientras se siga recordando públicamente existirá la certidumbre de su rescate.

La plaza de San Nicolás por eso no fue ajena a la fiesta, al libertinaje. Detrás de su iglesia nació un carnaval de la gente. El de los salones burreros, el de las rebosantes casetas de bailes que durante cuatro días fundían al cuerpo con una alegría sin dueño. Un carnaval que se hacía la gente para sí; gratuito y gracioso, obra de todos, por eso el más auténtico.

En las calles adyacentes a la plaza los zapateros han sido los más privilegiados. El azar les fue dando cierto estatus territorial. Hombres fornidos instalados frente a máquinas cosedoras de cuero, apoyaturas de metal, puntillas, betunes, plantillas. Y ellos, tras esa especie de azaroso altar, fungen ser los reparadores de lo que el tiempo desgasta sin misericordia. Sus manos reciben guiñapos y devuelven a sus dueños objetos recuperados que hacen renacer sorpresas y alegrías.

Estos hombres receptores de la tradición oral citadina reconstruyen a su manera el pasado mítico de la plaza. Saben acompañar la espera del cliente con cuentos suspicaces remitidos al entorno. Cuentan de su vieja arquitectura, del lugar donde estuvo cada cosa que hoy no existe o de otras que fueron trasladadas. Que en la medida que todo siga siendo transitorio y provisional será como comparar los zapatos de cuero, fuertes y durables; con los zapatos chinos de ahora, lujosos en apariencia, pero endebles e irreparables. Ellos saben también, por unanimidad, que los poderosos no aceptan concesiones. Que bastará un decreto, el interés de unos cuantos; incluso, un capricho, para que sean desterrados del entorno de la plaza sin ningún reparo.

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