Un nuevo templo para Alá

Luego de décadas de celebrar sus rituales en casas de la ciudad, los musulmanes bogotanos están construyendo una mezquita tradicional en el norte de la capital.

Durante el ritual las mujeres oraron apartadas de los hombres, arrodilladas, esperando la salvación de Alá. / David Campuzano
Durante el ritual las mujeres oraron apartadas de los hombres, arrodilladas, esperando la salvación de Alá. / David Campuzano

El cielo se aclara en la madrugada del domingo 19 de agosto. Un taxi se desvía por la Caracas con calle 45a y se detiene en la esquina que lo conecta con la carrera 14. El conductor, desde su puesto, abre la puerta trasera izquierda para que dos mujeres bajen del auto. Tratando de poner los pies en el suelo, sin caerse, una niña de 6 años se acomoda su hiyab, levanta la mirada hacia la mezquita y, junto a madre, se apresura para entrar al templo. Son las 6:30 A.M.

Los feligreses se han reunido en la mezquita Estambul, uno de los dos templos que tienen los musulmanes en Bogotá, asentada en una casa victoriana de Teusaquillo. Es el último día del noveno mes islámico, conocido como Ramadán. Algunos dicen que el nombre de este ciclo proviene de la palabra árabe arramad, cuyo significado remite a la sequedad y el calor de la tierra. Durante este periodo los musulmanes entran en un trance de ayuno que los cura a través del ardor que sienten todos los días en el plexo solar. En las ojeras de los “esclavos” que llegan al templo son visibles las secuelas de treinta días que ha generado la abstinencia sexual, el ayuno y las prolongadas oraciones durante el día.

Por la puerta del templo van entrando familias pakistaníes, árabes, gringas y egipcias. Antes de entrar los fieles se quitan los zapatos. Arrodillados, muy cerca los unos de los otros en una sala de estar, escuchan las palabras en árabe de un sheikh (erudito islámico guía de la ceremonia) mirando hacia los cerros orientales. Las mujeres suben al segundo piso de la casa y por un parlante escuchan venerando los rezos del orador.

Las palabras sagradas son traducidas por Jamid Said Sánchez, un estudiante de derecho de la Universidad Católica de Colombia que desde niño comenzó a estudiar el Corán. “Hoy estamos felices no porque vayamos a volver a comer, sino porque hemos pasado por este mes sagrado purificando nuestro corazón. Fueron diez días de perdón, diez de misericordia, y estos últimos, de salvación”. Los feligreses, vestidos con una camisa blanca que les llega hasta los tobillos (thobe) y con un gorro de lana (kufi) escuchan en la sala algo apretujados. Uno de ellos tiene puesta una mochila arhuaca.

Al finalizar la oración, se levantan uno a uno, abrazan al prójimo y salen de la sala en fila india para recibir un plato de comida en honor al ciclo que han superado. Mientras esperan, los musulmanes de diferentes nacionalidades conversan. Andrés, un nativo de Jordania que ahora trabaja en Falabella, le pregunta a un marroquí sobre la mezquita que están construyendo en el norte de Bogotá, en la carrera 30 con calle 80. “¿bacán, sabes para cuándo estará eso?”. “No, pregúntale a Carlos”, le responde.

Detrás de un buffet con arroz, carne, pollo, rollos árabes de pasta, falafel y duraznos en almíbar, se para Carlos Sánchez, el director de la mezquita, sirviendo la comida. De tez morena y con una barba que le llega hasta la garganta, Carlos fija su mirada en cada musulmán que pasa por el buffet y al salir les da una palmada en el hombro. Mientras le sirve arroz verde a un hombre con turbante, explica: “Diez católicos se convierten semanalmente al islam en Bogotá, cada día llega más gente y por eso estamos construyendo la nueva mezquita”.

Por momentos los asiáticos de la mezquita se cruzan con los rolos sin musitar palabra alguna. “As-salaam-alaykum”, que traduce al español “que la paz sea contigo” es lo único que de vez en cuando pronuncian. “No pienses que somos misioneros o algo por el estilo, no. La mayoría que llegan son católicos y cristianos que han querido cambiar de religión” dice Carlos.
Así las razones para convertirse al islam tengan que ver con la deserción en el cristianismo o no, lo cierto es que en la mezquita no queda espacio para sentarse y algunas personas rezan desde afuera.

De ahí que hoy, haya aparecido en el paisaje del Norte de Bogotá la silueta de un domo y un minarete, aún en obra negra, justo al lado de la Escuela Militar de Cadetes José María Córdoba. La mezquita está siendo construida por la Asociación Benéfica Islámica, con fondos recogidos entre la comunidad y organizaciones internacionales, en especial de Arabia Saudí. Se estima que podría llegar a costar $4.000 millones.

Por primera vez, Bogotá tendrá un templo musulmán como dicta la tradición, con un minarete para llamar a los fieles y un domo que los acoge bajo la mirada de Alá. En ella, cabrán 500 feligreses de 3000 que habitan en la ciudad. “Antes nos reuníamos en casas privadas, en la década de los sesentas. Durante los últimos 34 años nos amparó un local en la calle 11 con novena y desde el 91 hemos crecido tanto que en el 2004 adquirimos la casa de la mezquita Estambul”, explica Sánchez.

Todos son sunitas. “En Bogotá hay otras sectas de musulmanes chiitas que tienen una interpretación diferente del Islam, ellos no asisten a nuestras ceremonias” comenta Jamid. Sánchez explica además que en la mezquita Estambul, a diferencia de las comunidades chiitas, no realizan interpretaciones más allá de lo que dicta el Corán: “Somos abiertos a todas las religiones, dialogamos y estrechamos la mano con budistas y cristianos. En el Corán encontramos la forma de vida que nos acompaña cuando comemos, desde que nos levantamos. En el Corán nos enteramos sobre las profundidades del mar, sobre el feto en el vientre de la madre, nos explica la fecundación in vitro. Toda la realidad. Es una perfección absoluta”.

Parado en el tercer peldaño de las escaleras que comunican al primer piso con la sala en donde rezan las mujeres espero a que los musulmanes recojan sus zapatos para encontrar los míos. En ese instante sube una joven vestida con jeans, una camisa y una bufanda larga que cubre su cara; el hiyab. Intento preguntarle por Carlos pero no alcanzo a terminar la frase antes de que ella suba. Detrás, colgado en la pared, se alcanza a leer en un letrero: “Baje su mirada, no discuta, no pelee, no sea vulgar, no mienta ni chismosee, no fume. Por su bien, trate de dejarlo”.

Al observar esta escena Carlos me explica por qué las mujeres musulmanas se tapan la cara y evitan el acercamiento con los forasteros. “Es una forma de vida. La mujer en el islam no quiere ser motivo de tentación o pecado, en el islam no hay prostitutas, madres cabeza de familia o madres solteras. No hay pasarelas para mostrar el cuerpo por negocio”. En ese momento, otro creyente agrega: “Yo conozco a una mujer musulmana porque se levanta a las cuatro de la mañana a orar”.

El terrorismo como alegoría al islam podría resultar un tema molesto para los musulmanes de la mezquita. Tratarlo dependía de la capacidad de perdonar por parte de los musulmanes. Por lo menos eso pensé. “¿Sabes? No hay un átomo que no se mueva sin la voluntad de dios. De las derrotas Dios hace victorias. Bush y Salman Rushdie nos han dado una propaganda enorme. Todo el mundo, así sea por razones políticas, se interesó en el islam”.

A las diez de la mañana, el domingo, la esquina de los musulmanes es una amalgama de risas y arrepentimientos. Las mujeres ríen en grupo y los hombres, siempre separados de las damas, piden perdón. Hoy salen de esta casona de Teusaquillo, a la luz del sol, luego de un mes de ayuno. En cuestión de años saldrán de la nueva mezquita de El Polo. Siempre que lo hagan, pasado el Ramadán, estarán más cerca del paraíso.

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