Historias mínimas

El viernes fueron condecoradas 36 personas y empresas que realizan tareas extraordinarias por la ciudad.

Cuando Dora Consuelo Villalobos llegó a Bogotá, Kennedy aún era, en ciertos sectores, un lugar sin urbanizar. Era 1993 y Villalobos huía, junto con su esposo, de la violencia en el campo. Con ella llegaron varias familias más, que adquirieron un lote con una promesa de venta y nada más: el futuro en un pedazo de tierra. No había construcción alguna, servicios públicos, vías: el suelo firme bajo sus pies y ya está. Algún día la ciudad, con el concreto y el progreso, llegaría hasta ella, pensó. Pasaron los años y la ciudad no llegaba, pero la gente sí.

Poco a poco, lo que antes era el humedal La Vaca, que colinda con Corabastos, se fue poblando, no de fauna, sino de humanos. Para 1994, la Empresa de Acueducto decidió cercar el terreno del humedal, con todo y sus habitantes adentro, como si se tratara de un gueto en medio de un pantano. En 1997, Dora ya era una prominente líder de su comunidad: había logrado la expedición de la personería jurídica de su barrio, Amparo Cañizares, en tan sólo dos meses, y seguía en la lucha por la legalización de éste ante las autoridades distritales.

En 1998, luego de un sentido discurso en el Concejo, en donde les pidió a los concejales votar con el corazón humano y no con el político, se legalizó el uso del suelo del barrio. Una victoria más. Sin embargo, para ese año la Empresa de Acueducto ya había sentenciado al humedal: de sus 300 hectáreas originales sólo quedaban nueve recuperables y en ellas vivían 160 familias. Ahí comenzó otra batalla para lograr que estas personas fueran reasentadas en condiciones dignas y así dejar que La Vaca volviera a vivir.

En 2003, luego de un arduo proceso, los habitantes fueron reasentados. Sin embargo, al año siguiente el humedal comenzó a ser invadido de nuevo. En 2005 ya se contaban 39 familias, a principios de 2006 la cifra era de 107 y para finales de ese año era de 274. En diciembre de 2006, luego de que Luis Eduardo Garzón admitiera los argumentos presentados por Villalobos en una reunión en la Empresa de Acueducto, llegó la orden de desalojo y La Vaca, por primera vez en más de 12 años, quedó libre de habitantes, pero lleno de basura.

Hoy, el humedal muestra una cara verde, por fin. Han vuelto a él las tinguas de pico rojo e incluso hay en sus terrenos un búho, que habita en lo alto de un árbol con 70 años de antigüedad. Miles de bejucos limpian las aguas, que entran negras y espesas a La Vaca luego de su paso por la ciudad.

El hombre de La Candelaria

Miguel Ángel Barriga es activista de día y profesor de noche. Cuando el reloj da las 6:30 p.m., este bogotano de 31 años alista la bata y el marcador para dictar clases de química en el colegio distrital Marruecos y Molinos, en la localidad de Rafael Uribe Uribe, muy cerca de la cárcel La Picota. Enseña desde octavo grado hasta once, principalmente a jóvenes y adultos de la jornada nocturna del centro educativo. La faena termina a las 10:00 p.m., hora en la que vuelve a su residencia, en La Candelaria.

Al otro día, con el sol sobre los cerros, Barriga llega a una pequeña oficina de la Avenida Jiménez donde funciona la Corporación Red Somos, una unión de varios colectivos y personas que buscan incidir política y culturalmente en la sociedad a favor de los derechos y la inclusión de la comunidad LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y transgeneristas). En últimas, es un asunto de crear conciencia alrededor de la diversidad. Como lo dice el mismo Barriga: “Esta es una disidencia política y sexual”.

Desde 2006, año en el que decidió asumir su identidad sexual públicamente, Barriga trabaja para romper el paradigma de que Chapinero es la única localidad solidaria con la población LGBT. A través de la Red, ha logrado que la alcaldía local de La Candelaria apruebe proyectos específicamente desarrollados para esta población. “Ese es un logro, ya tenemos un nivel de incidencia real en el sector público de nuestra localidad”.

Temas relacionados