Escuadrón más rudo de la Policía

En diciembre de este año se fundará la primera sección femenina del Esmad, pionera en Colombia y Suramérica.

– ¡A verrr esas piedras!

La lluvia de rocas, palos y pedazos de ladrillo empieza a caer inclemente sobre el grupo de 18 hombres con escudo un segundo después de que el comandante toca su silbato. Un golpe seco, dos, tres, diez, una eternidad y otra vez un pitazo.

– ¡Suficiente! En guardia sencilla formarrr, en guardia doble formarrr. La primera cuadra será de intervención, la segunda de apoyo. ¡Hoy vamos a tirar tronco, piedra, aturdimiento y gas, señores! ¿Aquí todos han chupado gas, no?

El comandante viste el overol negro del uniforme y zapatos y gorra del mismo color. Tiene bigote y unos frenillos que le dan un aire casi infantil a sus 40 años de edad. Luce algo pasado de peso.

– Sigan divididos en dos grupos. Los más enanos a tirar piedra con los gaseadores y los SPI (encargados de seguridad, protección e intervención)… ¡Alistarse, personal marrr!

Recuperados de la primera andanada, los uniformados aporrean insistentemente, con fuerza y al tiempo, sus bastones —a los que llaman tonfa— contra los escudos de siete kilos de peso cada uno, mientras marchan hacia los agresores que se encuentran exactamente a una cuadra de distancia. Ahí, en el lado de los provocadores, cualquier muchacho comienza a cantar, socarrón, dos arengas familiares para todos: “Hay que estudiar, hay que estudiar, para no ser Policía Nacional… En los libros hallarás el tesoro del saber, si aprendes a leer policía no serás”. Y se ríe. De nuevo, el silbato. Y más granizo, mucho más granizo. Minutos antes, el comandante había solicitado a un superior que le enviara una ambulancia. La consigna es una sola: que el entrenamiento sea más cruel que el peor de los disturbios, así de severo, así de escalofriante.

***

En la Escuela de Suboficiales de la Policía Gonzalo Jiménez de Quesada, vecina al municipio de Sibaté, a media hora de Bogotá, de vez en cuando se escucha el ruido de armas con las que instruyen a los estudiantes del lugar. Un sonido lejano que envuelve el espacio en el que, desde las 7 a.m., entrena una de las seis secciones en las que está dividido el Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad) de la capital. Los 50 hombres, comandados por el mayor Nelson Osvaldo Gómez Rincón, se encuentran ubicados en la parte baja de la plaza de armas, sobre una calle que no excede los 500 metros de largo. A un ladito, dos tanquetas de agua de 12.700 litros de capacidad cada una.

Vestidos de pies a cabeza con la armadura negra, de 21 kilos de peso, que les ha valido el mote de “robocops”, los uniformados de la compañía cuya labor es recibir piedras todos los días (y en los días malos escupitajos, papas explosivas, ácido o gasolina) —“son unidades policiales especializadas para el manejo y control de multitudes”, reza oficialmente el manual— yacen formados uno al lado del otro, con una rodilla en el suelo y los escudos al frente creando una larga muralla. El intendente Luis Martínez, segundo al mando de la sección, les lanza fuertes golpes con la tonfa en cada una de sus cubiertas:

– Este marica se agacha y queda totalmente curvo. ¡A ver, más erguido!

Entonces el comandante Gómez prueba a patearlos, uno por uno, hasta ver caer a varios rendidos en el suelo. “¿Quién quiere botarse?”, pregunta, y los que hacen las veces de los manifestantes corren en bandada y se lanzan sobre los escudos en medio de muchas risas disimuladas.

Una granada de humo amarillo deja a su paso algunas caras y uniformes manchados y una novedad que no es extraña en los entrenamientos del Esmad: un patrullero lastimó su dedo con una piedra. Se trata de Hernández, de 21 años, a quien se le olvidó ponerse los guantes negros. Hernández está asustado. Eso dicen sus compañeros en voz baja. Apenas lleva dos meses en el Escuadrón y aún no se estrena en ninguna revuelta de verdad-verdad. A estas alturas, el grupo cuenta con tres escudos menos, cuyos pedazos se esparcen a un lado del lugar.

“En este ejercicio vamos con más piedra y humo. Ojo, que con tanto humo no ven la piedra. Ahorita les espera el gas”, anuncia el comandante y otra vez el pitazo, las rocas de miedo en medio de la nube y un grito: “¡Hay un lesionado aquí!”. Es Hernández, el pobre Hernández, que ha recibido un ladrillo en la cabeza.

Balance de cuentas tristes

– ¿Qué se le pasa por la cabeza cuando escucha los nombres de Nicolás Neira, Jhonny Silva y Óscar Salas?

El intendente Nelson Acuña entró al Esmad hace 11 años, en 1999, justo cuando fue fundado el Escuadrón, y responde:

– Siento tristeza… Tristeza porque utilizan esos nombres para hablar mal del Esmad. Mire, yo llevo más de una década acá, soy de los fundadores y he estado en los procedimientos que usted no se imagina. La gente dice que somos asesinos, que usamos detrás del uniforme armas para lesionar a los manifestantes, y eso no es cierto. Lo de Nicolás Neira no lo hizo el Esmad. Yo estaba ahí y fuimos a ayudarlo. Estamos hablando de que ese día había 30.000 personas. Muchos le pasaron por encima y cuando nosotros llegamos el muchacho estaba inconsciente.

Nicolás Neira tenía 15 años y murió el 1º de mayo de 2005 por un golpe contundente en la cabeza, en medio de una fuerte manifestación. Según sus familiares, lo mató el Esmad. En algunas páginas de internet se dice que era un joven anarquista. Su padre asegura que el muchacho no participaba en la marcha del Día del Trabajo, sino que había salido a comprar un libro y se encontró casualmente con la turba. Este año, en enero, la Procuraduría General destituyó e inhabilitó por 10 años a dos miembros de esa compañía (el capitán Julio César Torrijos Devia y al subteniente Édgar Mauricio Fontal Cornejo) por considerarlos disciplinariamente responsables por el incumplimiento de “sus deberes oficiales de garantía” durante las protestas. En palabras sencillas, la entidad cree que los policías tenían el deber de proteger a los protestantes y no lo hicieron del todo.

El único hijo del intendente Acuña tiene siete años y se llama Nicolás.

Óscar Salas murió el 4 de marzo de 2006, durante una protesta de estudiantes de la Universidad Nacional. Tenía 20 años. Los indicios apuntan a que le dispararon con un arma no convencional que le introdujo una esfera de cristal por un ojo. Un ex patrullero del Esmad aseguró ante la Procuraduría que en el Escuadrón se usan cápsulas de gas lacrimógeno rellenas de canicas. El caso está en la impunidad.

Al igual que el de Jhonny Silva, estudiante de la Universidad del Valle, quien falleció por un disparo el 22 de septiembre de 2005 en medio de fuertes disturbios en esa institución. Su familia cree que lo asesinó el Escuadrón de Cali y pidió a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que admita el caso de su hijo. Al respecto, la Fiscalía dijo que no era posible determinar quién lo mató.

– Son casos muy tristes, pero no estaría de más que la gente preguntara de vez en cuando por otros, como por ejemplo el del patrullero Soto, dice el comandante Gómez.

El patrullero Soto tenía 21 años y era un campesino nacido en La Merced (Caldas) en el hogar de José Camilo y María Eva. A la 1:40 p.m. del 30 de agosto de 2000 entró a la Universidad Nacional a tratar de controlar los disturbios que protagonizaban decenas de estudiantes. Un video que se puede ver en youtube muestra el cruel momento en el que un manifestante encapuchado sale de detrás de un árbol y revienta una papa explosiva contra la cabeza de Ramiro Andrés. Lo mira por un segundo —partes del cerebro del joven salen por los aires— y se da la vuelta corriendo.

También están los casos de los uniformados López (2007, en la Nacional recibió papa explosiva en la cabeza que lo dejó con problemas siquiátricos), Lenis (2006, a quien en el Cauca le tiraron una “papaya” bomba en el pecho y le destruyeron toda su humanidad), Giraldo (2009, en el Cauca, un costal lleno de explosivos le voló las manos) y cuatro más (2008, en la Universidad Surcolombiana de Neiva, trataban de controlar un disturbio, los rociaron con gasolina y les prendieron fuego).

“Bravos, muchachos, aguante”

El teniente Gustavo Velásquez le ordena al patrullero Hernández que se quite la armadura, mientras pasa el mareo por el ladrillo en su cabeza. “Aguante, no se retire”, le piden algunos de sus compañeros. Pero el novato Hernández se retira a vomitar a un lado de la calle, justo cuando el enfermero Ravelo de la sección le ofrece un paño con alcohol para que huela. “Nooo, hermano, me duelen mucho el cuello y la cabeza”, se queja.

El pequeño, pequeñísimo, receso sirve para que el operador de una de las tanquetas de agua aliste su acción y para que el grupo de “manifestantes” se relaje con algunos chistes flojos.

– ¿Qué le dijo una iguana a otra iguana cuando se encontraron? ¡Somos iguanitas!

También, ante una pregunta, para hacer inventario de cicatrices:

– A mí me pegaron con un volador en la Distrital.

– A mí me fracturaron la mandíbula en el último concierto de Metallica.

– A mí me cayó una roca en la sien cuando vino Pelé.

Y así.

“El Esmad no es de varones. Es de aguante y tranquilidad”, les dice, media hora más tarde, el comandante Gómez a sus muchachos. El grupo ha subido unos 400 metros de una empinada montaña en la Escuela para hacer el entrenamiento con el gas lacrimógeno.

“Sientan el ruido de la granada, observen el gas, no corran. Aquí va un estímulo adicional: el que aguante tiene un día más de descanso. Yo veré, ¡bravos, muchachos, y aguante!”, agrega el mayor.

Va la granada. El humo blanco. El olor insoportable. Ardor en los ojos, dificultad para respirar. Un segundo, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez... tos tras tos tras tos... once, escupitajos... doce, arcadas… al fin, algunos echan a correr.

La granada, por error, le cayó en un hombro al patrullero Ducuara, quien se encontraba en la segunda cuadra de la formación y terminó por respirarse casi todo el gas. Menos mal que Hernández ya no estaba presente.

En diciembre llegan las damas del Esmad

 

El teniente coronel Henry Rodríguez Moreno, coordinador de los Esmad en el país, y el mayor Nelson Osvaldo Gómez Rincón, comandante del Escuadrón en Bogotá (foto), le contaron a este diario que en diciembre llegará la primera sección femenina que tendrá la compañía en el país. La Policía Nacional seleccionará a 50 mujeres de las que actualmente se encuentran estudiando en las diferentes escuelas de la institución para que formen parte del nuevo proyecto, aún en etapa de estructuración. La Policía está considerando, por ejemplo, temas como el peso del uniforme que usaría el Esmad para el caso femenino y otros asuntos logísticos que tienen que ver con el sitio en el que vivirían. La sección femenina del Escuadrón Móvil Antidisturbios será también la primera que entre en función en Suramérica, contaron los dos uniformados.

 

 

Grupos en Facebook contra el Esmad

"Todos contra el hijueputa del Esmad que le disparó al pelao a quemarropa", "Escuadrón Militar Sádico Anti Democracia", "Los que odiamos a los Esmad" y "Las tanquetas del Esmad serían más útiles apagando incendios forestales", son algunos de los grupos en Facebook en los que se manifiesta un total rechazo al Escuadrón más rudo de la Policía. Los jóvenes del Esmad se defienden asegurando que su labor inicial es persuasiva y que sólo apelan a la fuerza cuando las manifestaciones son incontrolables. "Algunas protestas son justificadas, pero no permitimos el abuso", dicen.

 

Oficio: recibir piedras

El Escuadrón nació el 4 de abril de 1999, con 200 patrulleros. En aquel entonces, su armadura consistía únicamente en un pesado chaleco antibalas que, luego, se convirtió en un completo uniforme de color negro que cuesta alrededor de $700.000. Unos 1.900 hombres lo usan hoy en 13 escuadrones que funcionan en todo el país. Las zonas más difíciles para ellos son los departamentos de Cauca (por las protestas indígenas), de la Costa (por los desalojos a desplazados e invasores) y la capital (por las manifestaciones universitarias, de los sindicatos y de las barras bravas). Para ser parte de la compañía es necesario cumplir con un pénsum de cinco semanas que incluye capacitación en Derechos Humanos.

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