¿Cómo será la capital en 100 años?

<strong>El Espectador</strong> les pidió a urbanistas, ingenieros, arquitectos y políticos que imaginaran el futuro de la capital.

Hace 100 años Bogotá era un intento de ciudad que no alcanzaba siquiera a llegar a Usaquén. Por el sur, la capital no se extendía hasta las faldas del páramo del Sumapaz y, en el occidente, aún miraba desde la lejanía a Fontibón y Engativá. Hace 100 años Bogotá comenzaba a ver con timidez la aparición de los primeros automóviles y, con ellos, los incipientes experimentos del transporte público automotor. El tranvía era el rey de las calles, aún tirado por mulas, pero prontamente electrificado.

Cien años después Bogotá ya no es un amago de ciudad, sino un intento de sostenibilidad. La capital ha extendido sus garras de asfalto y ladrillo hasta los límites con Chía, Funza, Cota... El número de automóviles ha crecido como la peste, de la mano de la incapacidad para organizar un transporte público que sobrepase las ventajas de tener un carro particular. Muchos han huido de la ciudad hacia las afueras: en donde antes había cultivos, bosques y humedales existen hoy canteras y conjuntos que han brotado en medio de la verde nada de la sabana.

¿Qué será de los siguientes cien años? La pregunta invita a la ensoñación, a pensar con el deseo. También lleva a dibujar sombrías visiones. “En 100 años la ciudad va a estar en un desierto, sin ninguna fuente de agua. Vamos a tener zonas completamente destruidas en el sur de la ciudad debido a que el río Tunjuelito perdió todas sus áreas de soporte. Habrá un museo de fotografía que nos contará la historia de cómo fueron las plantas y las aves. Si no tomamos correctivos, la ciudad no tiene futuro”. Gerardo Ardila, director del Instituto de Estudios Urbanos de la Universidad Nacional, lo dice con crudeza: “Esa es mi visión más realista”.

“Me imagino una ciudad muy conectada con otros núcleos urbanos fuertes, densos, como Cajicá o Zipaquirá: una región con vías adecuadas, pero que no se trague la sabana en la expansión”. El sueño es del concejal Carlos Vicente de Roux; es uno que comparte con el arquitecto Daniel Bermúdez: el de la integración regional. “Dentro de cien años ojalá Bogotá sea la región metropolitana, incluyendo todos los municipios de la sabana. Que cuente con un sistema de transporte masivo y que toda esa zona tenga una serie de espacios, que se deben conservar agrícolas y verdes”.

La ciudad posible no debe ser sólo un anhelo de expansión, sino un esfuerzo por rehacerse desde las entrañas, redibujarse del rostro para abajo. “En cien años Bogotá debe ser un lugar nuevo producto de la renovación urbana. En términos de movilidad hemos de haber logrado que la gente trabaje más cerca de donde vive y que pueda contar con un sistema de transporte altamente productivo. La densidad debe estar en el centro y no en la periferia”, dice María Camila Uribe, secretaria de Planeación.

La periferia, esa frontera entre la planeación y el caos en donde se asientan los desterrados, los que no tienen más dónde, el 30% de una ciudad con cerca de ocho millones de habitantes y a la cual llegan, diariamente, 50 nuevas familias que miran los cerros de Suba, San Cristóbal, Usaquén, Usme y Ciudad Bolívar con antojos de hogar, nostalgia de casa. “Yo sueño con poder dignificar la periferia, que sobre ese tejido de origen informal se monten estructuras que generen espacios libres y verdes”, otro deseo de Bermúdez.

Si hemos de resistir cien años más, si los mayas no logran acabar el mundo en 2012 o el cambio climático se traga a la especie, está claro que uno de los retos es desandar el desastre ambiental que hasta hoy ha generado el crecimiento desorganizado, la depredación de los cerros, el abuso de páramos y humedales, la ruina completa de los ríos. “Será una ciudad con vehículos que utilicen combustibles más limpios y ecológicos: un lugar más amable en el que no toque desplazarse tanto, uno que sea eficaz con el consumo de energía”. Este es el anhelo de Néstor Eugenio Ramírez, director del Instituto de Desarrollo Urbano.

Ardila, esta vez en su escenario más optimista, espera algo similar: “No vamos a tener petróleo y los carros van a volver a moverse con gas y con luz solar. Vamos a producir menos basura”. Y aclara: “Bogotá, demográficamente, se está convirtiendo en una ciudad de viejitos, cada vez hay menos gente joven. Eventualmente esto será una especie de gran ancianato, con olor a naftalina... De pronto todos esos ancianos podrán ir a pescar en las noches a un río no contaminado”.