Verde profundo

Tina Fresneda vio cómo el humedal de Tibanica, en 1994, estaba invadido de basuras y viviendas. Hoy, 16 años después, este espacio se recupera para el disfrute de toda la ciudad.

En 1994, Tina Fresneda llegó a vivir en el barrio Islandia, en la localidad de Bosa. Aunque aún hoy, 16 años después, no sabe muy bien cómo sucedió, pasó de ser una inmigrante más de la ciudad a ferviente ambientalista: de campesina boyacense a conservacionista.

Tal vez la chispa inicial fue la cercanía con el río Tunjuelo, ese afluente moribundo que riega las tierras del sur de la ciudad en localidades como Bosa o Ciudad Bolívar, y que pasa a escasos 40 metros de la puerta de entrada a su casa. No. No podría decirlo con precisión.

Lo cierto es que en el mismo año de su llegada a Bogotá, cuando aún parte del trasteo dormía en cajas arrumadas en una esquina cualquiera, emprendió un proyecto de recuperación del Tunjuelo, para entonces ya un remedo de río empleado por mineros y habitantes como el destino final de sus inmundicias.

En esa misma época conoció el humedal de Tibanica, ubicado en el borde con Soacha en esa misma localidad. Quedó fascinada: el humedal estaba arrinconado con las urbanizaciones informales que habían penetrado hasta el corazón de las casi 30 hectáreas de agua y juncos, que prontamente fueron reemplazados por cartón, madera y cemento. En una parte del terreno se había instalado un gran relleno de escombros y en otro una pujante industria casera de quema de carbón vegetal había echado raíces. Fue un enamoramiento rápido, profundo, uno de aquellos amores que únicamente lleva a la muerte o a la redención. En esta historia fue la segunda.

Lo sucedido con Tibanica es algo que cíclicamente se repitió con la mayoría de los humedales de Bogotá: la llegada de personas sin rumbo ni mucho dinero que compraron un pedazo de tierra para ponerle piso a una casa y una vida. Fueron los años dorados de la urbanización pirata, el tiempo de conquistar lagos y juncales para ofrecerles tierra a los desterrados. Con la gente también fueron llegando las industrias, que hicieron del agua de los humedales su alcantarillado particular, además de las grandes avenidas, que en algunos casos dividieron en dos, tres o cuatro partes un sistema que funciona como uno solo. En la pelea contra el progreso, el progreso ganó y todos perdimos un poco.

El proceso, como siempre, fue lento. Convencer a alguien, que en algunos casos viene huyendo de la violencia o la pobreza inminente, de que abandone su vivienda por el bien de un montón de matas y agua, más aún cuando pagó por un terreno que ahora le dicen es público y forma parte de un humedal (¿qué es un humedal, en primer lugar?)… Bueno, esa tarea no es fácil. Fresneda lo sabe, lo sabe muy bien: “Si a mí, que vivo frente al Tunjuelo, me hubieran ofrecido un terreno acá, muy probablemente lo hubiera comprado”.

Para 2004, había dentro de Tibanica 224 familias; de éstas, al menos 20 se dedicaban a la producción de carbón vegetal, un negocio con un saldo de contaminación más allá de cualquier paliativo, más aún cuando se realiza dentro del humedal. Con ellos, todos ellos, había que negociar su salida del ecosistema. Uno de los encargados de esta tarea fue Sergio Rodríguez, biólogo de la gerencia ambiental de la Empresa de Acueducto.

Poco a poco y muy lentamente, como reza la canción, los propietarios fueron accediendo a los precios que el Acueducto les ofreció por sus predios y uno a uno, con las cajas, los hijos y los perros fueron abandonando el humedal. Las 20 familias carboneras fueron reubicadas por la Caja de Vivienda Popular. Todos excepto un puñado de ciudadanos, quienes no quedaron conformes con los términos propuestos por la empresa.

En 2005 fue expedido el Plan de Manejo Ambiental de Tibanica y así, al menos en el papel, comenzó a renacer de los escombros, las cenizas de los carboneros y los restos de las viviendas, ahora abandonadas. El Acueducto emprendió una serie de trabajos, como la demolición de las casas y el cercado del terreno. Después de los años arduos de convencer a los vecinos del humedal, de lidiar con el desorden humano que estaba asfixiándolo, Fresneda se sentó en soledad para contemplar el desastre con el cual habría que hacer de nuevo un ecosistema. Tarea difícil, áspera.

Una tarde cualquiera de 2008, un médico de bata blanca y datos comprobados le decía a Fresneda que jamás volvería a caminar: aplastamiento de columna era el diagnóstico; choque en automóvil, la causa.

El amor y la redención, el humedal y la salvación. Con un diagnóstico que prácticamente le amputaba las piernas, Tina Fresneda hizo lo que todo paciente hace: desobedecer al médico. Lentamente empezó a caminar por su cuenta, a realizar pequeños paseos al humedal, al páramo de Chingaza. Así como no puede explicar su activismo ambiental, tampoco sabe muy bien cómo racionalizar su recuperación, ponerle pies y cabeza a un proceso que está más cerca de lo invisible.

Tibanica reverdece. La vida, como decía una película, busca caminos. Los patos canadienses, las tinguas de pico azul, el cucarachero de pantano, la comadreja y la rana sabanera hoy son especies que sin mayores problemas pueden retornar a casa. El hombre ha retrocedido y el humedal, contra todos los pronósticos del desarrollo, regresa.

Las obras del Acueducto

Desde abril de este año, la Empresa de Acueducto adelanta una serie de trabajos de mejoramiento ambiental para el humedal, entre los que están la reconstrucción del jarillón, la limpieza de lo que antes fue el relleno de escombros y otras obras que buscan mejorar la franja acuática.

Estas intervenciones cuentan con una inversión de, aproximadamente, $2 mil millones y deben ejecutarse hasta mayo del próximo año. Asimismo, por debajo del humedal, se han construido colectores de agua lluvia e interceptores para conducir los desperdicios que crean las urbanizaciones que se encuentran ubicadas en las cercanías de Tibanica.