La vieja e ingenua guerrilla

Alfonso creyó que debía llevar una Rayuela de bolsillo en su saco para cumplir con su primera misión de subversivo urbano.

Alfonso creyó que debía llevar una Rayuela de bolsillo en su saco para cumplir con su primera misión de subversivo urbano. Se la robó a un tío, a un lejano tío que había puesto en venta su biblioteca, pues se había quedado sin un peso, sin mujer, sin hijos y sin trabajo. Clemencia le dijo dos segundos después de haberse encontrado con él que mandara aquella barata y deshilachada Rayuela al carajo, que para robarse un carro no necesitaban literatura.

Ella temblaba. De los nervios, de la ira, del miedo, de ilusión. Él buscó su libro a escondidas, lo tocó, lo acarició, lo aprisionó. Lo aprehendió. O iban con el libro o no iban, le respondió por fin, vehemente, mientras sonaron las seis campanadas de la tarde en la iglesia de Lourdes. Además, el libro nos puede servir de disfraz, concluyó, y lo sacó de su bolsillo.

Caminaron por la calle 63 hacia la séptima, despacio para que nadie sospechara nada. Hablaron de nimiedades y repasaron la estrategia. Primero ella, voz autoritaria, mirada fría, pasos firmes, pelo largo semirrubio, jeans y tenis negros. Luego él, tono trémulo, caminar oblicuo, piernas arqueadas, barba hirsuta, abrigo oscuro y botas. Dos cuadras abajo del Carulla acordaron que el golpe magistral sería a un Renault 12 azul que divisaron a lo lejos.

Le imploraron al dios que fuera para que el señor del carro no estuviera armado. Él apresuró el paso. Ella buscó en su mochila una vieja pistola. Por la patria y el Che, se dijeron, se reforzaron, se motivaron, Por la patria y el Che, y en un minuto sacaron al señor del Renault, le raparon las llaves, lo ataron con disimulo encañonándolo y lo escondieron en el baúl. Le dijeron que todo iba a salir bien, que en 20 minutos lo liberarían, que algún día el proletariado le sabría agradecer su gesto, que era un héroe de la nueva patria que estaba en ciernes. Cerraron.

Clemencia escarbó entre varias llaves que se enredaron en el fondo de su mochila y tomó las del carro. Feliz y más temblorosa que antes, se las dio a Alfonso. Él las agarró, abrió la puerta, liberó el seguro de la otra puerta delantera para que su compañera entrara, puso el cambio en neutro y encendió el motor. Entonces exclamó estoy nervioso, así no puedo manejar, bueno, es que, la verdad, me vas a matar, perdón, pero yo no sé manejar, y le pidió a Clemencia que lo hiciera, pero ella tampoco sabía cómo hacerlo.

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