El evangelio del agua

Vitelma, la primera planta de tratamiento moderna de la ciudad, es la pieza destacada de septiembre, mes del patrimonio.

Y suena una gota acá y otra más allá, y hace un frío de mil demonios, como si las entrañas de aquel socavón mal iluminado estuvieran hechas de hielo. En la lejanía se ve un resquicio de luz, un ínfimo rayo de los 22 grados de temperatura que hay allá arriba, lejos de la penumbra poblada de tubos de la sala de máquinas de la planta de tratamiento de agua Vitelma.

El agua se oye pasar con fuerza por entre los tubos verdes, rojos y azules; todos de colores que parecen más para una tienda de artículos deportivos, que para una instalación seria e importante como esta.

La verdad sea dicha, nada cuadra estéticamente en Vitelma. Todo se ve… bueno, se ve demasiado bien: el mármol de Carrara del primer piso, donde están los tanques de filtrado, el cobre de las barandas y las manijas de las puertas, las bombonas del salón de baile que iluminan el gran vestíbulo, la fachada que refulge blancura en la mitad de los cerros de San Cristóbal, como si se tratara de una iglesia de donde sale el evangelio del agua. “Bogotanos, lávense: apestan”, debió ser el primer mandamiento en 1938, cuando recién se inauguraba la planta y con ella la religión del agua potable y la higiene.

Afuera están los tanques de sedimentación, enormes piscinas de concreto, tan grandes como para guardar a la humanidad el día que Dios se aburra de jugar con ella. Más abajo en el terreno, por un camino bordeado de pinos simétricamente podados, hay otro tanque de donde, según el diseño original, sale el agua a presión para ser iluminada por chorros de luz. ¿Y para qué sirve eso? “Para que se vea bonito”, dice Camilo Sáenz, uno de los técnicos que aún trabaja en el mantenimiento de la planta. Lo dice con contundencia, convencido de que Vitelma no sólo provee agua potable, sino belleza.

La instalación está situada en la falda de un cerro poblado de árboles centenarios, más arriba de la polución y el afán de los hombres. El paisaje tiene algo de surreal. Si se mira de frente, suspendido en el aire, se tiene a un lado la planta, con su virginal apariencia y, al otro, las viviendas de dos y tres pisos que se han trepado por la montaña. El niño que vive en las casas puede preguntar quién vive en esa mole de blanco de allá, y la mamá responde: “El agua, mijo, el agua”.

Una construcción histórica

Vitelma fue inaugurada en 1938 y se convirtió en la primera planta de tratamiento del país. Su inauguración constituyó la llegada de agua potable a toda la ciudad, que por aquel entonces tenía menos de medio millón de habitantes, y contaba con una serie de acueductos a cielo abierto que no entregaban un agua potable y limpia debido a las malas condiciones de tratamiento y transporte del líquido.

La planta estuvo en servicio hasta 2003, cuando fue clausurada. Desde hace 22 años, Vitelma fue declarada Patrimonio Histórico y Artístico de la Nación.

Hoy, la planta está siendo readecuada por la Empresa de Acueducto para surtir a un millón de habitantes en caso de emergencia.

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