El desafío de las culturas urbanas en la capital

Alcaldía activó mecanismo para prevenir venganzas ante crimen de un joven hardcore en riña con uno de los sharp.

El reconocimiento de las diversas culturas urbanas y el adecuado acompañamiento a sus procesos de convivencia se convirtieron en un nuevo desafío para Bogotá, que tiene a las autoridades diseñando e implementando propuestas para evitar que sus interacciones desencadenen manifestaciones violentas, como la que este fin de semana le quitó la vida a un muchacho en la localidad de Chapinero.

Si bien es cierto que dichos conflictos son apenas normales en una ciudad de ocho millones de habitantes, que se jacta de ser tolerante y multicultural, también lo es que las grandes urbes latinoamericanas han sufrido tropiezos para afrontarlos, ya sea porque lo hacen desde enfoques que niegan la existencia de las “tribus” o porque piensan que todos los movimientos juveniles son iguales entre sí.

En el caso de Bogotá, hay identificadas por lo menos cinco grandes culturas urbanas juveniles. Están los punk, los emos, los del hip hop, skinhead y los hadcore. Oficialmente no tienen más de cien integrantes fijos cada una, pero todos poseen militancias que pueden llegar a ser de tres o cuatro veces ese tamaño. Pero si de reconocimiento universal se trata, hay que decir que en la ciudad existen unas 60 culturas urbanas, pues los grupos simpatizantes de la música electrónica están constituyendo una nueva ola (que a su vez tiene varias subculturas), los jóvenes que gustan del monopatín son otra, los de la tabla otra y hasta las asociaciones cristianas pueden ser consideradas como una cultura en tanto trabajan con grupos juveniles.

En la localidad de Chapinero, la del enfrentamiento del fin de semana, hay lugares como el parque de los hippies (carrera séptima con calle 53), en donde conviven varias de estas culturas: los sharp, los rash, los del monopatín y hasta la comunidad LGBTI.

Ante tanta variedad de grupos, las autoridades deben redoblar esfuerzos para reconocerlos, saber cómo interactúan y garantizar el libre desarrollo de su personalidad, al mismo tiempo que se protege la de los demás. La tarea no es fácil. Andrés Restrepo, secretario saliente de Gobierno de la ciudad, reconoce que en ocasiones algunos de estos grupos tienden a rechazar el apoyo oficial, porque consideran que está diseñado para coartar sus derechos. “Un grupo anarquista, por ejemplo, puede tener una postura de distanciamiento ante el establecimiento”, dijo otro funcionario distrital.

Es por eso que resulta especialmente complejo entender qué es lo que ocurre cuando dos grupos de estos se encuentran.

La pelea del fin de semana, hasta donde se sabe, fue iniciada por un grupo de disidentes de la comunidad sharp. Según la Alcaldía de Chapinero, no son más de 20, y 15 de ellos ya están judicializados. Este grupo disidente se había negado en varias oportunidades a suscribir el pacto de convivencia que la Alcaldía local promueve entre las culturas urbanas. Aún no está claro por qué, pero sus integrantes terminaron en una riña con los miembros del grupo hardcore que celebraban una fiesta en el bar Funny Party (calle 47 con carrera séptima) hiriendo de muerte a uno de sus integrantes.

La Alcaldía tiene ahora dos preocupaciones: redoblar esfuerzos para evitar que las riñas en establecimientos se repitan y evitar que la muerte de Dayro Salazar (27 años, padre de una niña de 4) desencadene una venganza por parte de los hardcoreros.

Para el comandante de la Policía de Teusaquillo, Juan Carlos León, está claro que el hecho violento se debió al efecto de los tragos y una agresión verbal que propició la riña. Los testigos señalan que la pelea la iniciaron los cabezas rapadas.

Pero como los cabezas rapadas se subdividen en varios grupos (rash, de tendencia comunista; los de tercera fuerza, que reivindican las ideas neonazis, y los sharp, que a su vez son los que tienen la disidencia que causó el conflicto), cualquiera podría confundirse si se los encuentra en la calle y pensar que todos son violentos o andan en busca de pelea. He ahí otro gran desafío en materia de pedagogía que tiene la administración distrital.