Los malos años de Techo

Este humedal es el más pequeño de los 13 que aún existen en la ciudad. En medio siglo de urbanización feroz casi fue exterminado.

— Esta es la parte central del humedal.

— Mi señora, aquí sólo hay casas y calles.

— Por eso: esta es la parte central de humedal.

En 1956, Techo, el humedal, no el aeropuerto ni el hipódromo, tenía 23 hectáreas de verde. Para 1990, 11,6. Hoy en día se conservan un poco más de tres quebradas en igual número de pedazos.

El humedal se encontraba dentro de los terrenos de la hacienda que le cedió su nombre. Para mediados del siglo pasado, Techo era una vasta extensión de terreno, una de las fincas de antaño que entre pastizales y vacas contenía a la ciudad. El predio, tan grande como para ocupar todo un punto cardinal, comenzó a ser desmembrado por la expansión de Bogotá: primero fue el aeropuerto y después vino el desarrollo aleatorio de Kennedy con sus barrios y avenidas, que fueron cambiando en el paisaje las vacas por personas, los árboles por vigas.

Para mediados de los años ochenta, Bogotá crecía sostenidamente en todas las direcciones, como si estuviera empujada por una bestia desenfrenada e imparable. Se necesitaba tierra para todos, tantos, demasiados. Entonces, el humedal comenzó a ser cortado con la tijera silenciosa de la propiedad privada. Así lo recuerda Luis Agustín García, antiguo mayordomo de la hacienda Techo, quien, mientras camina por las calles de un barrio que surgió de la nada en poco más de una década, hace memoria de los días en que aún era un campesino en Kennedy.

En 1994, Luz Mery García vio el humedal por primera vez y ya estuvo: firmó pronto la escritura de un terreno a pocas cuadras de éste. Empezó a asistir tímidamente a las reuniones de la asociación de vecinos. Cinco años después, cuenta García, el humedal seguía siendo escriturado, desapareciendo, y el barrio aún no había sido legalizado. Impaciente, desesperada, comenzó a hacer “el trabajo social”.

Uno de los vecinos, con un dejo de urbanizador, se hizo a buena parte de los terrenos de lo que hoy es el barrio Lagos de Castilla y comenzó a venderlos, estuvieran o no dentro del humedal. García denunció esto ante los vecinos, pero la queja fue como el grito de un gato mojado para ellos, más preocupados por construir que por conservar. Después de una cachetada, un golpe y varias amenazas, “el trabajo social” se acabó y doña Luz Mery decidió dedicarse al medio ambiente, que no mata ni insulta.

En 50 años, Techo fue reducido en 20 hectáreas de terreno, media cada año. En esas mitades perdidas de humedal hay casas de hasta cinco pisos, con los respectivos perros que depredan las tinguas y los búhos, y un panorama desolador de parqueaderos de maquinaria pesada. En un lado de la cerca (que en una parte está hecha con latas quebradas) se encuentra el bosque idílico, el olor a verde. En el otro, remolques olvidados y buses que se pudren lentamente con un lamento de óxido, como si se tratara de un pueblo azotado por una plaga, un desierto de metal.

Para la ley, el humedal comenzó a existir en 1994, al ser delimitado su perímetro dentro del Plan de Ordenamiento Territorial. Esto sucedió casi 40 años después de comenzada sus desmembración en favor de la urbanización de la ciudad. En ese punto ya no se hablaba de conservación, sino de conformación: confórmese con lo que quedó. Las leyes siempre llegan demasiado tarde, después de recorrer la insalvable distancia de los años, sólo para comprobar que ya no son relevantes ni necesarias; curiosa condición para un país con un gusto por la legislación.

Todo ocurrió muy rápido. En 2005, los parqueaderos comenzaron a aparecer, al igual que las casas con sus habitantes. El humedal pasó de ecosistema a urbanización, de medio ambiente a en medio del concreto y el ladrillo. “Hace 10 años, usted se paraba en este mismo lugar y lo que oía era una sinfonía de pájaros y agua”. Lo dice García con la mirada cansada de quienes han visto este mundo cambiar demasiado y casi siempre para mal. Después viene el silencio. No. No el silencio, sino la mezcla lejana de los ruidos metálicos de los parqueaderos y los gritos precisos de algún piadoso vecino que entrena uno de sus gallos para pelear. Hace un par de años, en una violenta tormenta, un rayo destrozó el árbol más grande del humedal; la imposición de la desgracia.

Después de ver los destrozos de los adultos, García volcó su trabajo hacia los niños, con la esperanza de que enseñarles de cerca el humedal, cuando aún conservan un poco de humanidad, pueda implantar en ellos una suerte de conciencia ambiental, un amago de respeto por la naturaleza.

Como varios otros humedales, Techo busca recuperarse, o al menos mantenerse, a través de un Plan de Manejo Ambiental (aprobado en 2009), el documento básico para que este ecosistema persista, a pesar de las presiones de la ciudad y sus hombres.

En cifras

23 ectáreas tenía el humedal en 1956, cuando aún era parte de la gran hacienda de Techo.