Al Parque Renacimiento le faltan almas

En lo que antes era un cementerio se construyó uno de los parques más solitarios de la ciudad.

Desde que Bogotá se concentró en construir más parques y bibliotecas y menos “elefantes grises”, la ciudad nos ha permitido disfrutar de otras formas, lugares que antes estaban perdidos o clausurados. Uno de ellos es el Parque Renacimiento, en la calle 26 con carrera 24.

 El pintor Fernando Botero me ha hecho pensar en el “Renacimiento”, de dos maneras distintas. La primera, por su escultura que preside el parque, y la segunda, porque visitando Medellín he visto cómo el Parque Botero, frente al Museo de Antioquia, ha cambiado la relación de los habitantes con el centro.

Pero, más allá del aporte de Botero, pienso en el “Parque de los Deseos” de Medellín, ubicado frente a la Universidad de Antioquia. Un lugar donde la renovación urbana contempló espacios lúdicos y alegres que permiten que la gente, sobre todo niños y jóvenes, se apropien del lugar activamente.

 Esto es precisamente lo que le falta al Parque Renacimiento. A pesar de estar al frente (y de haber sido antes parte) del cementerio central, le faltan almas. ¿Por qué no imitar los buenos ejemplos de otras ciudades, en este caso Medellín?

 Hay que buscar y promover “mitos urbanos” que recreen los sentidos de la ciudad y sus habitantes. El Parque Renacimiento puede servir como pretexto para inventar nuevas tradiciones y darle sentido cultural a la renovación urbana.

Ahora que se aproxima un cumpleaños más de Bogotá, creemos en el parque, por ejemplo, un museo efímero de fotografía o un festival de cine al aire libre (como el que ha empezado los viernes en La Media Torta).

Haciendo un juego de palabras con ésta última, el Parque Renacimiento es por ahora apenas un parque Edad Media. Por lo general, un tanto desolado, lúgubre y con poca vida. Renacimiento es (y debería ser) sinónimo de pluralismo, color, vida, innovación, y no simplemente el antónimo de lo que pertenece a su propia esencia.