De regreso al barrio y libre

Este sábado, en el sector de Rionegro, el ex árbitro de la zona Luis Alejandro Pico entrega su testimonio a la comunidad.

El 17 de diciembre de 1994, hace ya 13 años y siete meses, el popular barrio Rionegro, ubicado al noroccidente de Bogotá, se vio estremecido por la noticia de que a la media noche anterior, en un puesto de comida rápida situado sobre la avenida Suba con calle 98, se había presentado un confuso episodio donde murió el teniente del Ejército Carlos Javier Barragán Matiz y quedaron heridos dos vecinos del sector. Desde ese día, el suceso desató toda clase de especulaciones y chismes sobre el asesino.

Como consecuencia de la ola de rumores y de la urgencia por buscar un culpable, cinco meses después de los hechos una joven del barrio llamada Brigith Valbuena acusó de haber sido el homicida a otro representante del sector: Luis Alejandro Pico García.

 Lo paradójico fue que el sindicado era un personaje conocido en Rionegro, era el árbitro oficial de cuanto campeonato de fútbol se organizaba en la zona. Aun así, en julio de 1995, siete meses después del crimen, Luis Alejandro Pico fue detenido por orden judicial.

Y sobrevino un proceso judicial digno de Franz Kafka. El dueño del establecimiento comercial donde ocurrió el crimen no reconoció a Luis Alejandro Pico. Tres empleados del sitio testificaron de igual modo. Uno de los heridos, hermano de la víctima, lo señaló en una fila de reconocimiento sabiendo de antemano quién era.

El otro herido no testificó contra Pico. El único señalamiento directo fue el de la joven Valbuena. El fiscal de la causa precluyó el caso en favor del sindicado en diciembre de 1995. Entonces vino la sorpresa.

En enero de 1998, a Luis Alejandro Pico le llegó un telegrama de la Fiscalía para que compareciera a notificarse de una decisión. Sin prevención acudió al despacho y quedó detenido. Sin abogado, ese día se enteró que la parte civil había apelado y que el caso se reabrió. A los ocho meses pesaba en su contra una condena de 45 años de prisión.

Hubo marchas de protesta en el barrio, se hicieron colectas públicas para apoyar su defensa, la familia del acusado emprendió una acción directa para aclarar el caso. Nada fue posible para recobrar su libertad.

Sorprendido por el giro del expediente, Mauricio Ahumada, quien recibió un disparo en la cara en el suceso de diciembre de 1994, acudió ante un notario y en declaración extrajuicio expresó que él conocía a Luis Alejandro Pico mucho antes del episodio y siempre tuvo claro que no fue el asesino.


“Están cometiendo una injusticia y donde quiera que me llamen a declarar voy a decir lo mismo”, le comentó a El Espectador, que se interesó en el caso desde 1999. Pero nada cambió la suerte de Pico y pasó una década en prisión sin que dejara un día de reclamar su inocencia.

El pasado 20 de septiembre de 2007, con las rebajas legales del caso, recobró su libertad. Entonces volvió también a su tarea de reivindicar su nombre y mostrar los vacíos de una justicia que no valoró muchas pruebas por extemporáneas o simplemente, como lo registró el testigo Mauricio Ahumada, “porque se necesitaba un culpable”. Sin embargo, apoyado por el periodista Óscar Bustos, ya tenía claro su norte inmediato: contar paso a paso todo lo que vivió y sufrió en 12 años de lucha por su verdad, trabajo que ahora ve la luz pública en un libro de 213 páginas.

El caso Pico, la historia de un inocente. Escrito en primera persona por el propio Luis Alejandro Pico para relatar todo lo que sucedió en su absurdo proceso. Sus aterradoras vivencias en distintas cárceles; la cotidianidad, lenguaje y tristezas del desolado ambiente penitenciario; las luchas de sus padres y hermanos por preservar su respetabilidad en un barrio que los vio llegar entre sus primeros pobladores; o la admirable y disciplinada acción de su esposa Carmen Inés Rodríguez, que nunca se cansó de proclamar a voces la verdad de un hombre que ha regresado del infierno.

Y el único sitio donde Luis Alejandro Pico podía entregar su testimonio era en el barrio Rionegro. Por eso hoy, ante los mismos vecinos y amigos que lo apoyaron durante 12 años, con la compañía de su familia que semanalmente lo siguió en cuanta cárcel estuvo, incluso hasta la de máxima seguridad de Valledupar y junto a los testigos que resultaron insuficientes para imponer su verdad, lanzará su obra. Conoció el horror y ahora lo describe.

Lo hizo para rendir memoria a los ausentes, incluso al teniente Carlos Javier Barragán Matiz, de cuya muerte no supo, pero le costó perder su libertad injustamente.

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