De la vida, el amor y la muerte

Tal vez fue su mirada triste lo que más me llamó la atención. Por eso me la quedé observando y la vi cuando se acercaba, con las heridas del amor, de la vida y de la muerte colgadas de su cuello, como si acabara de leer a Miguel Hernández.

Hoy podría jurar que  no le prestó demasiada atención al hombre de uniforme azul que se le acercó a preguntarle el número de su placa. Ella lo recitó de memoria, como una autómata, y como autómata también, recibió y guardó el papelito que el señor le entregó. Igual, tampoco estoy seguro del todo.

Respondió cualquier cosa cuando el hombre de azul le preguntó si ya había llevado su Mazda para que le hicieran la revisión tecnomecánica, y obedeció a pies juntillas al muchacho que le indicó dónde debería parquearse. Luego se bajó del carro, abrumada pero lenta, y se perdió por la puerta principal de la Funeraria de Cristo Rey. Yo no vi que la saludaran. Supuse, por ello, que su duelo no debía ser por alguien tan cercano.

 Fue una suposición errada. La señora del Mazda era la esposa de un artista que acababa de fallecer luego de una larga agonía. Tenían un hijo al que ella dejó en casa para que no tuviera que afrontar tanto dolor.

Eso fue lo que le dijo. La verdad fue que ella no quiso que se supiera lo de la muerte de su marido. Ni publicó avisos en los periódicos ni llamó a los amigos que supieron mantener por algo más de 20 años. 

Él le había pedido que su muerte pasara lo más desapercibida posible. Más allá de su amargura y su soledad, tenía otros motivos con nombres de mujer. Ella siempre había presentido algún oscuro desliz, quizá como todas las mujeres, y lo último que hubiera querido en la vida habría sido encontrarse en el velorio con una amante de su esposo.

 Por eso cuando subí al segundo piso de la funeraria sólo la vi a ella, sentada ante el ataúd del artista, con la mirada perdida y un rosario en la mano. Tenía el mismo gesto que me había hecho seguirla. La misma tristeza sin fin. Por eso nunca pude entender cómo el señor del parqueadero pudo cobrarle, cómo pudo preguntarle por la revisión y, sobre todo, cómo se atrevió a decirle, cuando ella quiso marcharse, que la tarifa había subido, que aún le debía dos mil pesos.


 

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