“Déjalo que mienta y será poeta”

Lo vi de pronto levantarse de un banco, con sus pies descalzos y una camisa salmón, para liarse en una infinita discusión con un árbol. El tono del conflicto subía por momentos. Raúl Gómez Jattin manoteaba.

A veces cantaba, y cantaba cambiándoles la letra a las estrofas. Entonces entonaba Inschallah, una perdida canción de Adamo que decía “En Israel sagrado pueblo” y que él cambiaba por  “En Cereté, sagrado pueblo, hay niños sin saber reír, Inschallah...” Gritaba, se daba vuelta, se reía y maldecía. Hablaba de poesía, de la vida y el amor, y el árbol seguramente le respondía que no, que no era tan así como él lo aseguraba.

De repente hizo una pausa, se volvió a sentar y sacó de un bolsillo un papelito arrugado escrito a lápiz. “Los habitantes de mi aldea dicen que soy un hombre despreciable y peligroso, y no andan muy equivocados. Despreciable y peligroso, eso ha hecho de mí la poesía y el amor. Señores habitantes, tranquilos, que sólo a mí suelo hacer daño”, dijo con voz de poeta.

La gente que pasaba por aquella plazoleta no le daba la menor importancia a la discusión. Estarían acostumbrados. Había negritos que carreteaban sus carros de paletas, hippies que vendían baratijas, desempleados que veían pasar el tiempo y oían las peleas de Gómez Jattin como quien oye llover, y señoras pesadas que se persignaban y murmuraban, entre ellas, que ya no había decencia en este mundo, que la moral y las buenas costumbres se habían perdido “irremediablemente”.  Un gato se subió al árbol en cuestión. Dos perros perezosos se acostaron a la sombra para esperar y esperara a que el gato bajara.

Esa tarde Gómez Jattin me dijo “los amores no pasan, permanecen”. Me dijo que la vida “era tener que vivirla”, que la muerte era “una cara de la felicidad”, y me contó que cuando él era niño, su mamá no hacía más que regañarlo por sus mentiras. Un día, su papá la llamó y en tono muy mesurado le susurró: “Déjalo que mienta, Lola, y será poeta”. Gómez Jattin fue poeta en vida y obra.

Y fue mentiroso, de esa raza especial de mentirosos a la que se refería Oscar Wilde cuando escribía que el arte era mentira pero con otras palabras. Fue mentiroso incluso para gritar que era feliz, dos días antes de lanzársele a un bus en la Avenida Pedro de Heredia de Cartagena. Quizás era demasiado feliz, dijeron algunos.

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