El barón rojo del Tequendama

El emblemático hotel bogotano cumple 55 años de servicio. En él se han hospedado grandes personajes mundiales. <p><br /> </p>

Una noche cualquiera, a Hernando López lo interrumpió el poderoso sonido de unas trompetas, el clamor de unos violines y el canto de una voz inconfundible que resonaba poderosa por encima de todos los demás instrumentos. Era Vicente Fernández, quien por unos momentos que quedaron grabados en la memoria de este chef boyacense, entonó algunos temas de su repertorio.

Todos se paralizaron, dejaron a un lado sus diarias labores y, desde sus puestos de trabajo, se dejaron encantar por la tesitura de la voz  del rey de los mariachis. Al terminar, Fernández agradeció al personal del hotel Tequendama y se dirigió al Salón Rojo, donde enseguida daría un concierto.

Años después, el encargado de armar el alboroto fue Raphael, quien tenía por costumbre pasar un rato por la cocina y conversar con el personal: les hacía bromas y sugerencias antes de ir a descrestar al público que lo aguardaba en el Rojo.

Muchas de las estrellas que pisaron el Tequendama en distintas épocas no sólo se hospedaron allí por el servicio o la elegancia del lugar. El hotel tenía para ellos, guardado en sus entrañas, uno de sus mayores atractivos, el corazón que latió al ritmo de la historia nacional durante los últimos 55 años: el Salón Rojo.

Es un espacio amplio, de techos altos, que inspira grandeza. Se encuentra dividido en cuatro salones, que pueden unirse en uno solo, como aquellos robots de la televisión japonesa que se juntan para hacerle frente a las amenazas de Tokio. En total cuenta con una capacidad para 1.300 personas sentadas, o 1.600 en posición de coctel, eufemismo para decir de pie.

En sus paredes aún resuenan los gritos de victoria o las palabras de una derrota aceptada de casi todos los presidentes de la historia reciente de Colombia. Con algunas excepciones, las campañas políticas de los máximos dirigentes del país han comenzado y terminado en el Rojo. Desde 1953, año de inauguración del Tequendama, el salón ha sido el constante vigía del rumbo político de la República, testigo de desayunos, banquetes, congresos en donde se decide, se discute, se conspira.

El Rojo es un ser casi esquizofrénico: de la seriedad y la rigidez de la política pasa al disfrute de la belleza, al voyerismo implícito en un reinado. Por su icónica alfombra roja han desfilado varias señoritas Colombia y Miss Universo. Así mismo, el salón ha servido de escenario para algunos de los más grandes artistas que han pisado suelo colombiano.

Antes de la construcción del Coliseo El Campín, del Palacio de los Deportes, del Parque Simón Bolívar, el salón era el nicho de músicos y empresarios, el pequeño refugio para dar una presentación íntima, sin la impersonalidad de los estadios, pero con la altura y elegancia que imponía el Rojo. Julio Iglesias, Paloma San Basilio y Rocío Dúrcal fueron algunas de las estrellas de antaño que hicieron época en el recinto del Tequendama.


En años más recientes fue la agrupación norteamericana Guns and Roses la encargada de llevarse las miradas. Cuenta el personal del hotel que los gringos vinieron y, fieles a su estilo, destruyeron todo a su paso en un piso entero del hotel. Antes de salir a su concierto en el estadio El Campín, los gunners recibieron la bendición del Rojo, en donde ensayaron por última vez, antes de entrar a la leyenda de la historia de los conciertos en el país.

Testigos

Mientras en el Rojo las multitudes vibraban, en el lobby del hotel se encontraba, siempre de 7:00 a.m. a 6:00 p.m., Hernando Rojas, un lustrador de zapatos, quien lleva en su trabajo casi tanto como el hotel. Armado con su caja, llena de betunes, bayetillas y cepillos, le ha lustrado los zapatos a la historia.

Recostados en una de las ocho sillas originales de 1953 destinadas para este uso, han pasado, uno a uno, cantantes, políticos, actores y jugadores de fútbol. Rojas, quien hoy tiene ochenta años, y aún va a su trabajo con marcial disciplina, recuerda con especial cariño a Cantinflas, quien se quedó en el hotel en dos ocasiones, 1962 y 1980. Así mismo, busca en el fondo de su memoria para extraer la imagen de Pelé, quien llegó a Bogotá como parte de la nómina del Santos.

Sin ruborizarse confiesa haber estado al lado de figuras como el presidente norteamericano Jimmy Carter, el general Charles De Gaulle, el primer hombre que pisó la luna, Neil Armstrong, el humorista Roberto Gómez Bolaños, el actor Kirk Douglas y el líder cubano Fidel Castro. En la descripción del trabajo de Rojas se lee: no hacer escándalo. Por eso tampoco se alarmó cuando, en 1970, la empleada de una de las tiendas de joyas del hotel acusó al capitán de la selección inglesa de fútbol (en ese entonces campeona del mundo), Bobby Moore, de haberse robado un brazalete de diamantes.

El chef López ha sido el encargado de preparar los banquetes para otro número nutrido de personajes ilustres que han llegado al Tequendama. Pero su labor no se limita a cocinar. Él, más que otra cosa, satisface caprichos, mima sin medida a sus huéspedes. A altas horas de la madrugada debe llevar un plato a la habitación de la madre Teresa de Calcuta o del Dalai Lama. El apetito de sus comensales obedece a los relojes de Londres o Nueva York. La disponibilidad es clave.

Dentro de sus historias clásicas recuerda la vez que el presidente Carlos Lleras Restrepo ordenó el menú gourmet en el Palacio de Nariño. López ensambló una serie de platos en los cuales se incluía unas codornices, con adornos de papel en las patas.

El apetito de Lleras Restrepo pasó por alto el papel decorativo que llevaban las aves. Acto seguido, el dirigente liberal se atoró, los edecanes corrieron, los guardias, prestos en sus armas, vigilaban las puertas: que nadie saliera, alguien había envenenado al Presidente. El incidente pasó del pánico a las risas, pero el susto se quedó impreso en la memoria del chef.