El buen ladrón

Los difusos testigos que se atrevieron a relatar lo que vieron aquella lluviosa mañana de viernes dijeron que un taxi se había volado un semáforo en rojo, y que el chirrido de llantas del Mazda verde que bajaba les había llamado la atención.

El lógico estruendo que aguardaban no se dio, tal vez por la cabriola del taxi, que se detuvo 50 metros más adelante y en seco, sobre la 15 con 117, en uno de los tantos charcos de la calle.

Como no podía ser de otra forma, salpicó a una mujer de colores claros que maldijo a la gata, sus gatitos, a la lluvia, la ciudad, los huecos y, por supuesto, al conductor del taxi.  Alguno de los testigos admitió que la escena fue divertida, “porque usted sabe dijo, para uno desamargarse no hay nada mejor que ver amargado a otro”.

Incluso se rió, y entre carcajadas recordó una tarde de sábado en la que tomó un taxi casi por la misma zona. El chofer era un hombre cincuentón, de bigotes poblados, camiseta de cuello a rayas y pantalón caqui arremangado.

“Era el típico presidente de asociaciones de padres de familia, el excesivamente cuidadoso y mandón sujeto que es feliz organizando bazares, discutiendo en las asambleas de copropietarios de apartamentos y bailando el vals de 15 en fiestas de salones comunales”.  Hacía mucho sol.

 El señor del bigote comentó que hacía mucho sol. Su pasajero respondió que sí. Luego de un difícil silencio, don Bigotes le preguntó a su cliente si creía en la Virgen. Qué podía contestar él para no generar polémica, pensó. De pronto se le ocurrió que lo mejor sería balbucear cualquier incoherencia, una respuesta sin respuesta.

El taxista sonrió. Cambió la emisora que oía. Miró a su incomprensible interlocutor por el espejo. Giró por la 127 hacia la Séptima. De pronto paró, volteó a mirar a su pasajero y le dijo que la cosa iba a acabar mal, que ellos dos no tenían buena energía. En fin, que se bajara.

Y ahí, botado como un perro se quedó nuestro testigo. La rabia no le permitía pronunciar dos palabras seguidas. Hablaba como cuando quiso contestar sin contestar. Nadie le entendió que un taxista lo había botado de su carro de la manera más decente posible, y con la misma decencia le había robado su billetera.  

 

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