El cadáver de Núñez

Era una noche serena de septiembre de 1900.  Los mismos ruidos de siempre, perros, gatos, lagartijas, luciérnagas, el calor sofocante que amainaba.

Hacia las siete, un “propio” llamó a la puerta de la casa de don Carlos Vélez Daníes, la casa de las Rejas de hierro, como la llamaban en Cartagena.  Llevaba un sobre que parecía temblar y él mismo era casi un espectro descoordinado y sudoroso. A don Carlos, urgente, decía, en la inconfundible y nerviosa letra de doña Soledad Román. Don Carlos se arregló como pudo y salió sin dar explicaciones.

Media hora más tarde, doña Sola se regaba en lágrimas y frases incompletas ante él, el único que podría socorrerla en su desesperación, el único capaz de pelearse con quien fuera por ella. Porque Carlos, Carlitos, excúsame que te llame así… Doña Sola, por favor, olvídese de los formalismos, dígame qué le ocurre.  Mira, mijo, mira esta miserablés,  me han enviado esta nota los liberales desde Bogotá, que van a robarse el cadáver de Rafael para exponerlo en la Plaza de Bolívar, y yo no puedo...  Don Carlos la tranquilizó a medias.  Antes de que amanezca estoy de nuevo acá, le prometió. 

De regreso, le ordenó a León, su mayordomo y lacayo, que ensillara unas bestias y se vistiera de negro.  A las once,  los dos hombres recorrían las pequeñas callejuelas de la ciudad ocultos bajo largas mantas.  Uno pensaba en que aún cinco años después de muerto Rafael Núñez lo seguía requiriendo, y recordaba las  veces que lo llamó de madrugada para pedirle cualquier favor, cien pesos, un burro de carga. Pero Presidente, ¿todavía?, le preguntaba a Núñez, y suponía que desde algún lugar Núñez le estaría levantando las cejas como para decirle, y qué le podemos hacer, ¿ah? León también pensaba en fantasmas, pero en otros fantasmas menos encumbrados, si es que los fantasmas tienen grado. Bueno, León, dejemos las bestias por acá para que nadie las vea y tráete las herramientas, ordenó el patrón.

En el más absoluto de los silencios entraron a la ermita de El Cabrero.  Don Carlos se quitó su túnica y descubrió a León, quien lo imitó cuando lo vio persignarse y murmurar una oración ante los restos de Núñez. Bueno, extiende las túnicas en el piso y respira hondo, bien hondo, dijo el patrón, para luego ordenarle a su hombre de confianza que agarrara una punta de la losa e hiciera fuerza, toda la fuerza que puedas, a la voz de tres. 

Don Patrón, disculpe, pero esto es pecado, esto es un sacrilegio, yo no puedo… Don Carlos lo interrumpió tan vehemente como podía diciéndole que más se iba a podrir en la quinta paila del infierno si no le ayudaba. León accedió sin dejar de mascullar en su dialecto palenquero, con gestos de condena eterna, pero no necesitó morir para llegar al infierno pues al separar la losa sintió tales olores nauseabundos de muerte y vio tantos demonios en forma de bicho que soltó su carga y se lanzó hacia atrás. Entonces don Carlos le dio la orden de que sacaran a Núñez de allí.

A las tres de la mañana las mismas dos sombras de antes, y una más, exánime, ingresaban en el túnel que llevaba del demolido remollín al baluarte de Santa Catalina. Allí dejaron el cadáver de Núñez para que nadie lo mancillara mientras terminaba la Guerra de los Mil Días. Listo, ya está, León, ya sabes dónde se encuentra si algo me llega a pasar a mí. ¿Y si nos pasa a los dos, don Patrón? Entonces Dios dispondrá.

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