El eterno lector

Profesor universitario, intelectual y soñador, vivió por  la lectura. Llegó a tener cerca de 35 mil volúmenes en su casa-biblioteca. Tantos libros llegó a conseguir, que las paredes de su hogar se volvieron parte de las estructuras.

“Algo que habla de cómo era mi papá es su funeral. Ese día, además de la plana mayor de la intelectualidad colombiana, había mucha gente que jamás había visto en mi vida; eran personas muy pobres. Yo me acerqué a uno de ellos para preguntarle cómo lo había conocido.

El hombre, con una triste sonrisa, me contó que él era un jardinero en la Universidad Nacional y que un buen día el médico le dijo que tenía una enfermedad en sus ojos. El pronóstico era de pérdida inminente de la visión si no se operaba. La operación era carísima, por supuesto. Mi papá pasaba cuando él, llorando por sus ojos, seguía con su trabajo, arreglando el prado, y le preguntó qué le pasaba.

El hombre le contó sus problemas a ese señor de dulces modales, quien al final le respondió: no te preocupes, mijo, yo te opero. Y así, sin más, sin siquiera contarnos a nosotros, salvó la vista de aquel hombre. Ese era él, Chucho, o al menos una buena parte de él”, dice Ana María Arango.

Jesús Arango nació alrededor de 1915. Fue el segundo de cinco hermanos, hijo de un padre adinerado, con tierras en los llanos. El clima infernal de esta zona del país no le sentaba muy bien a Chucho, así que a temprana edad fue enviado a Bogotá a vivir con unas tías en una casa en la calle 72, en los confines de la Bogotá de la época.

Desde pequeño fue un lector voraz. Aunque, en realidad, la palabra voraz no alcanza a describir su apetito por la lectura. Para hablar de este personaje, para hacerle justicia a quién era de verdad, hay que hablar, en primer lugar, de los libros. Él era el hombre que lo quería leer todo.

“La casa de la carrera 11 con calle 69 era de techo muy alto y los libros iban hasta arriba. Y no una línea de fondo, sino dos y, a veces, tres. Tú subías por la escalera y, a lado y lado, libros. Entrabas a los baños y las paredes de los baños llenas de libros. El único sitio donde no había libros era en la ducha del baño de las niñas, en la del baño de la abuelita y en la del baño del cuarto matrimonial.

Sin embargo, la tina del baño de las chiquitas estaba llena también. La mansarda, que es gigantesca, tiene al menos 200 metros cuadrados, tapizada con libros. Todas las paredes y anaqueles de la casa guardaban libros. Esto era como una biblioteca de universidad, una biblioteca de cuento. Esa era la casa”, recuerda Luis González, quien fuera yerno de don Jesús.

Su hija recuerda que, cuando era pequeño, Chucho solía ahorrarse lo del tranvía para poder gastarlo en libros. Cuando se piensa en un lector compulsivo se tiene la idea de alguien que compra varios volúmenes al mes, cada fin de semana, todos los días incluso.

La diferencia radica en que mientras un buen lector lleva sus compras en varias bolsas, a la casa de Chucho llegaba un camión cargado hasta el tope. En un momento determinado, la casa de los Arango comenzó a hundirse bajo el peso inclemente de los cerca de 35 mil títulos que se calcula albergaba la biblioteca.

En alguna ocasión, Elena Cardinal de Arango, la esposa de Jesús Arango, exclamó, enfurecida, que algún día iba a morir aplastada por la cultura. Entonces, le prohibió a su marido llevar más libros a la casa. El esposo obedeció. Días después llegó con un camión lleno de revistas que metió en el garaje.

Más abajo de un sitio que los estudiantes de la Universidad de los Andes conocen como “El Bobo”, hay una placa en donde aparecen los nombres de los fundadores de la universidad. Jesús Arango está entre ellos.

Don Jesús, además de un lector insaciable, fue un profesor, un académico de cabo a rabo. Dictó clases tanto en los Andes,


como en la Universidad Nacional y en la Universidad Pedagógica. Según su hija llegó a ser decano del departamento de historia y de la facultad de artes de la Universidad Nacional. Años después fue nombrado rector de la Universidad Pedagógica.

Sin embargo, este personaje no era sólo un intelectual soberbio, sino una buena persona. Lo primero que dicen todos aquellos que lo conocieron es que era, en esencia, un hombre bueno. Entonces, aparece en ellos una sonrisa beatífica, como de lejana complacencia.

Todos tienen la imagen de un señor un poco extraño que hacía mucho por los demás sin pedir nada a cambio, sin regodearse; sus hazañas sólo las conocía él, para quien no eran proezas ni actos memorables, sino simplemente una forma de comportarse, la única que conocía.

Chucho carecía de aquello que puede llamarse dimensión del dinero. Cuenta su hija que en una época llevaba todos los días a almorzar a su casa a uno de sus alumnos de la Nacional, un muchacho pobre que no tenía demasiado dinero para comer a diario. Tiempo después, la familia se dio cuenta de que el joven había robado una porción grande de la biblioteca del primer piso. Don Jesús habló con el estudiante y le preguntó por el sitio en donde había vendido los libros para así poder comprarlos de nuevo.

Sin embargo, con toda su sabiduría acumulada, con los profundos cuestionamientos que poblaban su mente, era un hombre que necesitaba de alguien más para sobrevivir, para realizar las pequeñas rutinas que todos dan por descontado. Ese alguien era su esposa.

Chucho vivía en un planeta distante, en una especie de lejano universo paralelo en donde la vida diaria es una tarea titánica que en nada lo atraía. En alguna ocasión su esposa le sugirió que comprara un vestido nuevo. Al abrir las dos cajas con las que regresó, Elena Cardinal abrió mucho los ojos, horrorizada: los dos vestidos eran iguales al que tenía puesto.

El final

En su afán de leerlo todo, comenzó a acortar sus horas de sueño mediante el uso de estimulantes, como las anfetaminas. Dormir era un desperdicio de  tiempo. A su vez, las anfetaminas le causaban problemas estomacales, lo que lo indujo a tomar calmantes. A la larga, Chucho desarrolló un cáncer de estómago que lo terminó matando en 1995.

Cuando el médico le dijo que tenía un cáncer terminal, no preguntó cuánto le quedaba de vida, sino cuánto tiempo le quedaba para leer. Los meses pasaron y él siguió leyendo. Cuando la enfermedad lo obligó, por fin, a recostarse, decidió morirse de hambre. No comió, ni permitió que le administraran suero, durante ocho días. Murió en su casa, después de haberse despedido de sus hijas, a quienes quiso con una desmesurada ternura infantil, al lado de su esposa, rodeado de una biblioteca que nunca terminó de leer.

Hasta el día de hoy, la biblioteca se mantiene. La familia ha intentado venderla, donarla o hacer algo con ella, pero nada ha sido posible, excepto dejarla tal como está, de la misma forma que la vio Chucho. Si los libros salen de la casa, la construcción se cae. La estructura es sólo una excusa para albergar los volúmenes, el último refugio de uno de los intelectuales más grandes del país.

Los libros del deseo

Los familiares de Jesús Arango han tratado de vender o donar la enorme biblioteca, pero siempre que lo intentan la casa misma se los impide. “Si sacamos los libros, nos quedamos sin la casa”, dijo Ana María Arango, una de las hijas.

Entonces, sin más remedio que dejar las cosas como estaban, los cerca de 35 mil volúmenes reposan en donde los dejó Chucho. Ahí, indefensos, sin su dueño de siempre, algunos libros han sido robados sin que nadie se dé cuenta. ¿Cómo notar que un puñado de títulos ha desaparecido entre semejante cantidad? La oportunidad hace al ladrón y varios lo han sido, seducidos por aquella pared llena de primeras ediciones o por esa otra estantería donde hay incunables.

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