El hombre de la alcantarilla

La oscuridad se ha convertido en la guarida de este reciclador, a quien sus colegas respetan por su capacidad para curar las heridas. ‘Lucasdos’, su perro, es el único que lo acompaña en el solitario mundo de la Bogotá subterránea.

Los ojos incrédulos de los transeúntes que pasan por la carrera 7ª con calle 27 en el centro de Bogotá, observan detenidamente cómo del asfalto brota vida. Cómo  Darío Acosta, conocido en el sector como  Lucas, sale de la alcantarilla donde vive hace siete años, se despereza y saluda amablemente a su vecino, el mono de la pila, y emprende su camino en busca de comida, no sin antes asegurarse de que la puerta de su casa, una simple tapa de hierro marcada con el logo de la Empresa de Telecomunicaciones de Bogotá, ha quedado bien cerrada.

– ‘Lucas’, ¿será posible sentarme a charlar con usted un rato?

– Mi niña, miraré mi agenda para hoy, a ver si te concedo un espacio– responde luego de una gran carcajada, y recuerda, con guiño de ojo incluido, que él es un personaje importante del centro internacional de Bogotá.

Mientras estamos hablando, le pregunto algo que nos inquieta a muchos de los que lo vemos asomar su cabeza de repente desde una alcantarilla.

– Y ¿cómo hace usted para que no lo saquen de allí?

Lucas muestra con orgullo una orden de la Empresa de Teléfonos que dice que tiene un permiso especial para vivir en ese lugar, en la alcantarilla o cámara de cables de internet, donde ha pasado un buen tiempo, y de donde las autoridades han intentado sacarlo y no han podido, ya que según él es el único indigente que tiene permiso para vivir de esa manera, para vivir en un hueco que para nuestros ojos sólo se trataría de un nido de ratas y humedad, pero que para Lucas constituye su hogar, su “apartamento”, como él lo suele llamar.

Es una sorpresa descubrir el interior de la casa de Lucas. Allí uno se encuentra con un espacio decorado con tapetes de todos los tipos, con una pequeña colección de libros, mucho cartón y un candelabro con una vela, sin dejar de lado el sitio donde duerme: un montón desbordante de cobijas y trapos que hacen las veces de cama, una caja de madera donde guarda su ropa, y por último, una escalera que lo sube al mundo. Estando allí dentro siento las vibraciones de los autos que pasan. Una oscuridad total se apodera del sitio. Entonces llamo a Lucas para que me abra la puerta: la claustrofobia no me permite estar un minuto más debajo del mundo.

– Lucas, ¿y su familia dónde está?

– Mi familia es numerosa, son muchas viejas y un solo “man”, ¡yo!, je,  así que me toca cuidarlas y darles comida, y de mi plato a veces,  o si no el día de mañana me comen a mi, y ahí sí, donde me muerdan, se me olvida que son sangre de mi sangre.

En silencio, me imagino a un grupo de mujeres hambrientas tras el plato de un pobre hombre. Lucas interrumpe mi película diciendo:

– Sí, es que ellas son jodidas, las ratas, ¿no?, ¡o qué estabas pensando, monita!

La risa invade  la sala de la oficina donde se encuentra sentado frente a mí. Le ofrezco café, prende un cigarrillo y acepta, no sin antes decirme que si no es con pan no le dé nada. De nuevo sonríe. Observándolo, me imagino cómo será su verdadera familia, pero él prefiere no hablar de ello.

– ¿Tiene hijos?

 –Pero qué cosa, ¡cómo saldría el muchachito donde yo me meta con una rata de esas!

Lucas siempre evade el tema de la familia. Lo cambia por el de la policía, por el del presidente, o prefiere hablar de lo que ha  tenido que pasar viviendo en la calle. Con su vida de vagabundo lleva 25 años. Parece un señor muy joven. Sin embargo, luego cuenta que tiene 65 años y que se mantiene en forma gracias a su trabajo. Dice que su faena se mide por la cantidad de material reciclable que recoge, y que ese dinero que gana hace posible que en el bolsillo derecho de su camisa siempre tenga una cajetilla de cigarrillos. Cada cinco minutos me ofrece uno.

Y cada tanto sale con un comentario irónico, con un chiste o una broma, ayudándole a la gente que pregunta por una dirección, por una tienda o un almacén. Se ríe e intenta hacer reír a los demás, a pesar de que su pelo largo, siempre despeinado, y su aspecto, hayan hecho que la gente no lo acepte en el primer cruce de palabras. Ahora, como hace años, se encuentra apartado en su soledad. Dice que los fines de semana prefiere no salir de su “casa”, ya que los sábados y domingos no hay casi nadie por el vecindario. A veces, de puro aburrido, se asoma por las ciclovías para entretenerse con las piruetas de los niños y con las mujeres gordas –pues son las que más le gustan–  que se caen de sus bicicletas con sus licras apretadas.

– ¿Usted sabe qué es lo que más me trama de mi apartamento?–, pregunta de repente. Luego comenta: “Lo mejor de mi casa es que la fibra que está allá –señala su alcantarilla–  suelta un ácido, ese ácido yo lo recojo y me ha servido para curar a mis parceros del cartucho”.

– ¿Curar? ¿Ácido? ¿Me explica por favor?

– Hace como un año, una parcera del cartucho se quejaba de unas llagas en las piernas. Le brotaba materia, y no tenía cara de curarse. Yo me acordé de que un día me corté un dedo y del desespero lo metí entre el tarro donde tenía el ácido, y a los tres días tenía seca la herida, entonces con todo y alaridos, le eché ácido en la pata a la vieja, y santo remedio, es que el basuco hace que uno se enferme así, con mi invento curo mi perro, mis parceros, y eso me sirve para que ellos me cojan respeto y no me jodan, no se quieran meter a mi casa, pues yo vivo solo, a veces el “Lucasdos” entra, pero empieza a joder a media noche y toca abrirle.

– ¿“Lucasdos”?, pregunto.

– Sí, Lucasdos, mi perro.

En medio de la oscuridad del laberinto Darío Acosta oye el retumbar de la noche bogotana. Para muchos, su guarida es un lugar nauseabundo, alejado  de la realidad humana. Para otros es una curiosidad, o incluso, una joya envidiada, porque Lucas no paga arriendo ni impuestos ni agua. Ya se acostumbró a comer lo que sea. Un mendrugo de pan que le regalan, un plato de sopa fría, una olla de arroz.

Cuando tiene calor, enciende un ventilador manual que se encontró en una caneca. Cuando quiere leer, lo hace con la luz de una linterna de pilas. De alguna manera, él es la reencarnación de la reencarnación de aquel Diógenes que en los tiempos de los griegos le dijo a Alejandro Magno, cuando se asomaba al baúl que habitaba, que se corriera porque le estaba tapando el sol. Soberbio en medio de sus risas, excéntrico, con un pasado que nadie nunca podrá conocer del todo, sabio de la calle, Lucas no es otra cosa que un producto de la miseria, el destierro, la marginalidad y el hambre.


 

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2008-05-17T22:37:33-05:00

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Leidi Johanna Rodríguez / Colaboración del lector

Bogotá

El hombre de la alcantarilla

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