El mariachi de la Filarmónica

<p>Este antioqueño, de 37 años de edad, ha alternado su vida entre un grupo de mariachis y una orquesta de música clásica. Ha sido cantante de rancheras, trompetista y violinista. Actualmente está dedicado a tocar este último instrumento.</p>

Mauricio González comenzó a ser el Pedrito Fernández de El Peñol, Antioquia, a los siete años. Estaba en alguna calle del pueblo, cantando seguramente su canción preferida de Fernández: “Qué perro, pero qué noble animal, qué perro nunca se me ha de olvidar”, cuando un integrante del mariachi Los Halcones, los más famosos del municipio, lo escuchó. Le dijo: “Oiga, usted cómo canta de bien”, y lo invitó a acompañarlos a un ensayo. En ese grupo, Mauricio González empezaría a escribir su destino de mariachi y violinista.

Los fines de semana González, el niño flaco y de piel muy blanca, se vestía con un pantalón negro y estrecho, con una chaqueta negra también, una pañoleta roja al cuello y un sombrero gigante que lo hacía ver más pequeño aún. Tomaba el micrófono y cantaba, imitando la voz de Pedro Fernández: “... salió una noche de octubre de allá del San Juan del Río, no sintió el hambre ni el frío, a su amo quería encontrar”. Esa canción que tanto repetía, que tanto le gustaba, y que todavía hoy recuerda, se llama Corriente y canelo.

Por un tiempo dejó las rancheras y el micrófono y se dedicó al violín. Las primeras enseñanzas fueron de Otoniel Montes, un mariachi de Los Halcones. Luego, se obsesionó tanto con ese instrumento que dejó su vida de cantante para dedicarle todo el tiempo. Pero volvería a ponerse el traje negro muchos años después. Al cumplir la mayoría de edad viajaría a Bogotá a estudiar y su única posibilidad de sobrevivir económicamente sería tocar su instrumento en un mariachi.

Los dos roles

Cuando llegó a la capital, a recibir clases particulares con el maestro Framb Prois y a estudiar música en la Universidad Nacional, Mauricio González ya había dedicado la mitad de su vida a estudiar violín. Primero, con Otoniel, el viejo mariachi de su pueblo que le había preguntado un día “¿no le gustaría aprender a tocar algún instrumento?”, y viendo el entusiasmo del muchacho se dio a la tarea de explicarle cómo se sostenía el violín, cómo se tomaba el arco, cómo se frotaban esas cuatro cuerdas, y sin darse cuenta le dio las bases fundamentales para ser violinista.

Cuando González decidió trasladarse a Bogotá, ya había pasado por la Facultad de Música de la Universidad de Antioquia y había hecho parte de la Orquesta Filarmónica de Medellín y la Sinfónica de Antioquia.

A Bogotá llegó en 1990. Desde ese momento, durante cuatro años, alternó el trabajo en “El balcón de las nieves” y otras


tabernas donde tocaba el violín en un grupo de mariachis, y el estudio de este instrumento en el Conservatorio de la Universidad Nacional.

“Trabajaba todas las noches de ocho a dos de la mañana y tenía que madrugar para ir a la universidad”, cuenta sobre esos días eternos de trabajo y estudio. Inicialmente tocaba el violín por las noches en el bar, y durante el día en la universidad. Pero gracias a un infortunado que le vendió su trompeta por unos pocos pesos, el violinista pasó a ser trompetista en el grupo de mariachis.

Con su trompeta, y otras veces con su violín, comenzó a grabar discos con reconocidos intérpretes como Galy Galiano, Jorge Celedón, Marbelle, Emilio José y Charlie Zaa. Incluso, él, vestido con su traje negro de mariachi, hizo parte de la banda sonora de la famosa telenovela Café con aroma de mujer. Estuvo de gira con “Gaviota” y sus rancheras, y un par de veces salió en algún capítulo de la telenovela, en el que el protagonista le daba serenata a su amada.

En 1994 González entró a la Orquesta Filarmónica de Bogotá a ocupar la última silla de los segundos violines. Después de un año de estar allí, no tuvo más tiempo para el mariachi y debió dejarlo. Desde ese momento sólo volvió a dar serenatas de vez en cuando, a su novia o a alguna personas querida. Se dedicó a escalar en la Filarmónica.

Después de diez años de estar allí, llegó a uno de los tres puestos más anhelados en esta orquesta: los de los concertistas que acompañan al director en la parte delantera del escenario. En los conciertos, González está siempre sentado al lado izquierdo del director. Tiene la mirada fija en las partituras y al mismo tiempo en las manos de su maestro que le ordenan cuál es la nota a seguir. Asimismo, sus demás compañeros están siempre concentrados en él.

Como concertino estuvo invitado por la Orquesta Sinfónica de Lancaster a tocar con ellos en Pennsylvania. En julio del año pasado estuvo en Moscú, invitado por la Sinfónica de la Radio y la Televisión de Rusia, tocando como solista. “Ese es el sueño de todos los violinista, tocar con esta orquesta”, dice González, quien tiene un afecto especial por Rusia, donde nació su violinista preferido: David Oistrakh. “Él es de los grandes de la historia del violín, de los más grandes”.

Hace un mes, Mauricio recibió una carta que provenía de su pueblo, El Peñol. Decía: “Maestro, queremos hacerle un homenaje por ser el músico más importante de nuestro pueblo”. La invitación estaba programada para hoy, domingo 29 de junio. “No sabe la emoción que me dio”. Lo emocionó el homenaje, pero también volver a su pueblo, volver a las calles ya los escenarios del Pedrito Fernández que ya no es, pero que le dejó decenas de premios y de recuerdos y de alegrías.