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hace 14 horas

El refugio de la memoria

Dentro de los muros de la Biblioteca Nacional se encuentra contenida buena parte de la historia del país. La institución guarda 41 incunables, los primeros libros hechos en la imprenta de Johannes Gutenberg.

Aquellas manos hechas para tocar suavemente abren el libro y en la hoja ya un poco amarillenta se lee, en una caligrafía encumbrada hecha a punta de trazos elegantes, “Este es el libro de fecha más antigua que he encontrado en la Real Biblioteca”. Lo que sigue es casi ininteligible, extractos de la historia que se van perdiendo en el papel. La fecha es clara, como si hubiera sido recalcada para la memoria de los siglos: “10 de marzo de 1795. Manuel del Socorro Rodríguez”.

El edificio blanco con rojo es una estructura de varios metros de altura. En medio del centro de Bogotá, en la calle 24, donde ya el centro no es el centro sino una amalgama de estilos, una ensalada de fachadas y contornos, y materiales, se erige un gigante art-déco, un atrevimiento entre tanta inmundicia que no provoca nada. Los edificios poseen una personalidad adquirida que está íntimamente relacionada con la función para la que fueron hechos. Algunos se construyeron decididamente para ser feos, para no ser nada. Aquella mole, en cambio, fue hecha para recordar.

Los susurros comienzan en el umbral del salón que dice: Depósito Antiguo. Magdalena Santamaría, coordinadora de Colecciones y servicio al público, parece no oírlos. Ella se mueve grácilmente entre los arrumes de páginas. Después de más de 18 años, o la costumbre la ha ensordecido o también conversa con ellos.

En la primera sección, los 14.000 volúmenes donados por Germán Arciniegas, pelean las hipótesis, los argumentos que datan aquí o allá la perdición del país. Al pasar por la colección del sabio Mutis se percibe el cantar de los pájaros, los suspiros de los caminantes en mitad de la manigua mientras adelantaban la Expedición Botánica. Entre más se acerca el visitante a una puerta metálica el ruido crece; aquella barrera de acero fue puesta no para proteger los libros, sino a los funcionarios.


De una pequeña caja de cartón que lo contiene, la sencilla armadura que lo protege contra el tiempo, brota la joya de la corona. Es un volumen de 1480 titulado La veracidad de la fe católica. Sí, 12 años antes del error que llevó a Colón a llamarnos indios. Con una caja tipográfica apretada, en una letra pequeñísima, este libro ya no es para leer, sino para contemplar.

De Gutenberg a Santamaría. De 1480 a 2008. El salto es abismal. Una cierta reverencia se hace necesaria. El libro concebido por el impresor alemán se ha erigido como uno de los pilares de la cultura occidental. En él está la invención de la bombilla eléctrica, los sonetos de Shakespeare, la teoría de la fusión nuclear. El ejemplar, que con suave tacto maneja Santamaría, es el símbolo ulterior de todo lo que es la sociedad actual. Salve al dios pagano.

Algunos herejes se han rebelado contra el poder aplastante del sonido de la página que pasa, de la palabra que resuena en la mente durante días y noches. Aquellos profanos sólo idolatran el fuego que consume y desaparece. Con minuciosa malicia varias líneas fueron borradas de algunos textos considerados peligrosos en una época donde pensar era subversivo. Santamaría los muestra con cierto dejo de fascinación; los locos y sus actos siempre son interesantes.

La historia pesa. Debajo de los miles de estantes, de los millones de libros, aunque nadie sabe a ciencia cierta cuántos hay en el edificio en este momento, la Biblioteca Nacional cruje. La realidad es que ya no hay dónde acomodar nuevos volúmenes. Los libros se arruman entre las cajas de correspondencia de Arciniegas, en el lugar donde iba a funcionar un café librería. Como si se tratara de seres vivientes, los títulos buscan un espacio para reposar, un lugar donde ser para preservarnos del olvido.

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