Lo que el sismo se llevó

El plan de demolición, decretado por la Alcaldía de Quetame como fórmula de prevención, se inició con la destrucción de la cúpula y el campanario.

Las viejas generaciones de Quetame, Cundinamarca, solían comentarles a sus hijos y nietos que durante la Guerra de los Mil Días, una de las cuatro campanas de la iglesia le había salvado la vida al párroco de aquel entonces, pues los disparos de un liberal terminaron incrustados en ella. Las muescas permanecieron en sus macizos bordes de cobre por más de 100 años. Según algunas leyendas del pueblo, si la campana se destruía, Quetame todo se derrumbaría.

Tal vez el pánico de que aquella leyenda se cumpliera fue lo que hizo que el pasado 24 de mayo, cuando la tierra comenzó a temblar, los pobladores voltearan a mirar hacia la cúpula de la iglesia. “Las casas se caían como naipes, las columnas se mecían, la gente gritaba y, pese al terror, muchos mirábamos hacia el campanario para saber si nuestro destino era morir ese día o no”, recordaba anoche el párroco Pedro Cancino, quien llegó al pueblo hace poco más de un mes, y tuvo que pasar allí los días más negros de su vida.

El viernes 23 de mayo a las seis de la tarde la campana mayor de la iglesia de Nuestra Señora de Chiquinquirá sonó por última vez. El riesgo de que la parroquia se desplomara obligó al cura a oficiar sus misas en un campamento improvisado, a las afueras del pueblo.

El domingo pasado, al final de la liturgia, pidió un minuto de silencio, como todos los días, por las 11 víctimas fatales del temblor y elevó una oración al Señor por la recuperación de los heridos. Luego, le anunció al pueblo que la iglesia iba a ser derruida, pues diversos estudios de expertos en desastres indicaban que en cualquier momento podría provocar una catástrofe. Clamó por el orden y la obediencia, y recordó que el toque de queda que se había impuesto el 24 de mayo permanecía vigente.

La gran decisión del pueblo se fue aplazando y aplazando, porque tres días después del temblor un arquitecto sugirió que se declarara a la iglesia como Patrimonio Cultural. Inmersa en esta categoría, se la podría trasladar. Sin embargo, el tiempo apremiaba. El jueves de la semana anterior, tanto el alcalde, Ormario Rojas, como el párroco Cancino y otras personalidades tomaron la decisión de destruirla.

El “Operativo Explosión” le fue encomendado al grupo Marte del Ejército Nacional, que dispuso la ejecución para el día lunes 9 de junio a las doce del día. Ayer, 13 kilos de explosivos divididos en tres detonaciones rompieron en mil pedazos la cúpula construida en 1889. “Ojalá nuestros pecados se hayan ido ahí”, dijo una señora de camándula en mano. La polvareda roció a Quetame. Los vidrios de las casas vecinas se quebraron.

Los niños, y sus padres y abuelos, se dieron la bendición. Al padre Pedro Cancino lo vieron correr por una de las calles principales de Quetame con una de las cuatro campanas del templo al hombro. “Es la más antigua”, dijo un señor, como si hubiera querido aclarar que aquella era la campana de la leyenda. Que Quetame sobrevivirá.