Invasión al patrimonio

En medio de cuatro casas de interés cultural se piensa construir un moderno edificio de oficinas.

A principios del siglo XX, cuando Chapinero era un sector alejado del núcleo de la ciudad y los cachacos más prestantes de la época iban a pasar los fines de semana en sus lujosas casa quintas al estilo inglés rodeadas por lagos y frondosos bosques, la familia Uricochea compró la Hacienda de San Pedro, ubicada en los terrenos localizados en la calle 70 con carrera 10.

El señor Juan Uricochea, famoso por ser uno de los hombres más pulcros y mejor vestidos de la ciudad, pero también uno de los más celosos, construyó una hermosa casa para su esposa y sus tres hijas. Entre los amplios salones de la casa y los jardines crecieron las pequeñas.

Cuando cumplieron la mayoría de edad, el reconocido caballero decidió regalarle a cada una de sus hijas una casa, con el único fin de que no se separaran de su lado nunca. En los terrenos de la hacienda construyó tres hermosas casas de ladrillo rosado que se interconectaban por el patio central. De esta manera, cada vez que el señor Uricochea quería visitar a sus amadas hijas, lo único que tenía que hacer era cruzar el terreno.

Por años, el patio funcionó como un solar que prestaba el servicio de servidumbre entre las cuatro casas colindantes ubicadas en lo que hoy se conoce como la calle 70A N° 10-03, carrera 10A N° 70-48, carrera 10A N° 70-50 y carrera 10A N° 70-62. En estos terrenos los Uricochea compartían las soleadas tardes de domingo y, entre semana, los empleados de una y otra casa pasaban corriendo con toda clase de aperitivos. La hacienda cambió de nombre y pasó a llamarse ‘Urbanización Quinta Camacho’, nombre que años después se le daría a todo el barrio.

Muerto el señor Uricochea,  cada una de sus tres hijas cogió su parte, la casa central fue vendida y la urbanización, la cual durante años había pertenecido a un mismo dueño, quedó dividida en cinco predios independientes. Los accesos de las tres casas pequeñas al patio familiar que el señor Uricochea había diseñado para sus hijas y sus familias fueron sellados, y la Urbanización Camacho pasó a ser una amalgama entre oficinas y vivienda.

Varios han sido los dueños de la casa central de esta urbanización. Hace cuatro años Felipe Noguera y Catalina Pizano encontraron en esta gigantesca casa el lugar perfecto para establecer su jardín infantil. Los alargados ventanales dejaban entrar la luz en las tardes y, además, el patio le daba un plus al lugar, que no habían podido encontrar en ningún otro de los sitios que habían visitado.

Sin pensarlo la compraron. Como el patio no pertenecía totalmente a la casa, accedieron a pagar un arriendo, todo para que los niños pudieran jugar en el solar. Construyeron una pequeña granja, adecuaron el patio con juegos infantiles y Noguera se dedicó a dar clases de educación física en este espacio. “Acá he pasado los mejores momentos de mi vida con los niños”, dice, mientras mira el lugar.

 Desde hace unos meses a esta pareja de educadores les llegó el rumor de que en medio de estas  cuatro casa de conservación patrimonial se construiría un complejo de oficinas. El rumor lo  confirmaron cuando llegaron a pagar el arriendo del predio y les notificaron que éste sería vendido dentro de poco. Para los vecinos, que durante años se han caracterizado por defender el patrimonio arquitectónico del sector, resulta inimaginable que dicho edifico sea construido en lo que claramente es una zona de conservación.

“Es una brutalidad contra este barrio. Ya tuvimos que aceptar que pusieran un supermercado en una casa de conservación para que ahora tengamos que dejarnos quitar lo que el Distrito debería preservar como un bien de interés cultural. Acá se ha construido la historia bogotana”, dijo uno de los residentes del barrio, quien pidió no ser identificado.

La semana pasada, Luis Leonardo García, director de patrimonio y renovación urbana de la  Secretaría de Planeación, dijo que de efectuarse dicha construcción estaría dentro del ámbito legal. El lote en que se piensa construir es un predio independiente que se puede desarrollar de acuerdo con lo estipulado en la Unidad de Planeamiento Zonal 097 y el decreto 606 de 2001. 

“Si bien las casas son de conservación patrimonial, el terreno en sí puede desarrollarse porque no está ligado a las casas. La gente debe ver el patrimonio y entender que todos los tipos de arquitecturas pueden convivir. Un ejemplo es La Candelaria, en donde uno encuentra construcciones de Rogelio Salmona al lado de casas coloniales”.

García hizo énfasis en que la nueva construcción debe contar con una serie de condiciones mínimas de altura. Además, la intervención deberá ser autorizada por el Instituto Técnico de Patrimonio Cultural y el Comité Técnico Asesor de Patrimonio.

Por ahora, sigue la incertidumbre sobre qué va a pasar con el patio que a principio de siglo fue testigo de los juegos infantiles de las  niñas Uricochea y que en este momento es el lugar preferido de los más de 100 niños que estudian en el jardín de Felipe Noguera y Catalina Pizano.

 

 


 

 

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