Los niños herederos de la miseria

La Zona Rosa, el Terraza Pasteur y la calle 24, focos de la prostitución infantil.

“En el colegio me va bien, menos en inglés, y usted sabe, sin el inglés uno no es nada en esta vida”. El que pronuncia esta sentencia es Émerson, un gordito de ojos claros, 13 años, que vende cigarrillos y dulces de lunes a viernes, de seis de la mañana a mediodía, y el sábado de 10 a una de la tarde, a la entrada de Transmilenio en Las Aguas desde hace dos años, con su abuela que lleva 38 años en este oficio. Nunca nadie, ni autoridad ni ciudadano, se ha extrañado de verlo ahí, entre una docena de vendedores. Claro, el puesto es de su abuela.

Dice que la ayuda porque quiere, que le queda tiempo para jugar con sus primos los domingos. Entra a clases a las 12:30. Sale del colegio a las 6:30 p.m. y como vive cerca, alcanza a hacer sus tareas. El papá está en prisión por asesinato, la mamá perdió la custodia de sus tres hijos, no quiere decir por qué.

Pero a veces la ve, vende minutos de celular por la noche ahí mismo. Vive con su abuela, una pareja de tíos y sus dos primos. El domingo va a un parque, conoce actores de RCN, profesores del Colombo, que le consiguieron una media beca de dos meses. Cuando sea grande pero ya lo es quiere aprender ciencias forenses, “todos los días se sabe de muertos”, me dice.

Émerson es uno de los 49.000 niños que trabajan en Bogotá. Pero la gran mayoría de estos niños tiene que afrontar unas situaciones mucho más duras. Todos, incluido el sonriente Émerson, tienen que madurar biches. Viven, observan y aguantan como adultos prematuros. ¿En qué tipo de ciudadanos, en qué clase de padres se convertirán?

Según la OIT, entre el 15 y el 20% de los niños colombianos trabaja. En Bogotá, 64% son vendedores ambulantes, 17% se dedican al robo. Entres estos niños están los hijos de los más de tres millones de desplazados, trabajando en agricultura, minería, flores, comercio informal, chircales, servicios, trabajo doméstico, amén de la prostitución, llamada “explotación sexual comercial”.

A todos estos pequeños y pequeñas les es negada una etapa clave de la vida: la infancia, con sus juegos, la risa, la alegría, la ternura, el descubrimiento y la sorpresa, el estudio con la comunidad de niños. Además de las consecuencias de estar trabajando en condiciones de inseguridad, expuestos a accidentes y enfermedades. En suma, privados del normal desarrollo de su personalidad, tan mencionado en Declaraciones Universales y Constituciones de todos los países.

En Bogotá son malabaristas en los semáforos, vendedores de galletas en los buses, de papel regalo en las calles, obreros de pequeñas empresas que proveen a grandes firmas, recicladores (aséptica denominación para los niños que escarban en las basuras), niñas “del servicio” y prostitutas.

En Corabastos hoy no se ven niños cargando bultos dos veces más grandes que ellos, pero sí todavía criaturas de apenas dos años que desgranan arvejas al lado de sus mamás marchantas, y niños no mayores de cinco años que descargan y separan las papas, para quedarse con los puchos de segunda que intentan vender o recuperan para el hogar. En la capital, los grupos armados reclutan a diario a niños y adolescentes que serán marcados para siempre por los cuadros de horror que les toca presenciar o de los que son actores. Ante la mirada compasiva, benévola, indiferente o temerosa de la sociedad, deben aprender a relacionarse con el mundo como adultos.

En Bogotá, oficialmente en 2006 trabajaban 88.000 niños y 160.000 estaban sin escuela. No iban a estudiar por falta de recursos, o porque la escuela está lejos, o porque sus parientes consideran la escuela como un lujo inútil o simplemente porque debían aportar a los magros ingresos de la familia.

 El panorama muestra los niños de la calle, que viven y duermen en ella, mendigando, raponeando o en pandillas que atracan y generalmente inhalan pegamento o fuman basuco, duermen en las alcantarillas para escapar de las operaciones de


limpieza. Éstos son los herederos de los famosos gamines de los años 70, mirados con simpatía tercermundista por periodistas y cineastas, como personajes parecidos al Lazarillo de Tormes o al Periquillo Sarmiento.

Y están los niños en la calle, los que trabajan. ¿Quiénes son? Hijos del 50% de la población pobre y de los desplazados en general, sin hogar formalizado, de padres que no los reconocieron, criados por tías y abuelas y que no van a la escuela. Las estadísticas sobre trabajo infantil de las organizaciones competentes no siempre coinciden, por razones de metodología pero también porque hay trabajos encubiertos o invisibles o no considerados “trabajo”, como es el caso del trabajo doméstico que tiende a ser visto como un natural aprendizaje para las niñas.

Historia y cultura contra los niños

El trabajo infantil no es un fenómeno nuevo, se remonta en Occidente a la Edad Media, pero es a partir de la Revolución Industrial cuando se desarrolla masivamente y en condiciones brutales. En el siglo XX continúa expandiéndose paralelamente a los ciclos económicos sucesivos. A partir de los 80, con la imposición del modelo neoliberal que desregula la economía e implementa reformas laborales Ley 50 de 1990 y Ley 789 de 2002 mal llamadas de flexibilización, que conducen a la desprotección total del trabajador y la difusión de la subcontratación, el trabajo infantil aumenta en los núcleos urbanos. Esta mano de obra dócil, ágil, que no se sindicaliza y acepta cualquier migaja de remuneración, es muy apetecida.

Pero la mayoría de los niños trabaja en la calle, expuesta a todos los peligros: accidentes, contaminación, cambios de clima, acoso sexual, agresiones. El comercio y los servicios son los dos primeros renglones de trabajo infantil. El 46% no recibe ingresos por su trabajo.

En una sociedad aún patriarcal y machista, con rezagos esclavistas o de servidumbre, la cantidad de niños que nacen sin ser reconocidos por su progenitor, los hogares desintegrados, el hacinamiento y la promiscuidad con el consecuente abuso


sexual por parte de los mismos familiares, el maltrato a que son sometidos los niños en la familia, la imposibilidad de acceder a la escuela por carencias económicas o distancia, o la ignorancia de los padres, son, además de la pobreza, factores que abren el camino al trabajo infantil.

¿Quién le manda a ser niña?

Esta situación es especialmente dramática para las niñas. Aquí también, a pesar de las declaraciones sobre igualdad, empoderamiento de las mujeres, etc, el patrón cultural tradicional se mantiene y las niñas, siempre propiedad de alguien, son numerosas en el trabajo doméstico en casa de terceros y también en la casa familiar donde con frecuencia las obligan a abandonar la escuela para encargarse de la crianza de los hermanos menores, cosa que no ocurre cuando el mayor es varón.

 Este tipo de trabajo es hasta bien visto por la sociedad: la niña no hace más que entrar en su tradicional destino, las tareas del hogar. Y ahí están, realizando largas jornadas de lavado, planchado, cocina, aseo de la casa con apenas un domingo por la tarde para tratar de aliviar el cansancio y el vacío. Trabajo invisible, difícil de cuantificar.

En cuanto a la prostitución, habría 25.000 menores dedicados a este oficio, cifra que va creciendo paralelamente al turismo, especialmente en la Costa Atlántica, pero también en Bogotá. Algunos expertos no lo clasifican como trabajo, sino como explotación sexual comercial, un delito análogo al trabajo forzoso y a la esclavitud. En la lógica mercantil, que se agrega al derecho de pernada, al fetiche de la virginidad, los cuerpos de los niños pueden ser tranzados y se han creado redes de explotación sexual y de trata que aprovechan las nuevas tecnologías para ampliar su mercado. El turismo y el narcotráfico han entrado en este negocio.

En Bogotá hay puntos visibles, como el sector de la Alameda, debajo de la carrera 10ª con calles 22 a 24, el centro Comercial Terraza Pasteur y la Zona Rosa del norte de la ciudad. Muchos de estos niños y niñas se desplazan los fines de semana a las ciudades de Melgar y Girardot para ejercer el mismo oficio. La llamada sociedad civil no parece sorprenderse al ver a los niños vendiendo en las calles o en los buses. Forman parte del paisaje urbano. El comentario más oído al respecto es: “Al menos no están robando ni metiendo vicio”.

La inconciencia ciudadana sobre esta situación se revela en la siguiente historia: en un semáforo, un niño famélico de unos seis años se acerca a un lujoso carro y con mirada suplicante ruega a la hermosa y perfumada pasajera: “Por favor señora, deme para comprar un pan”, a lo cual la señora responde, esbozando una sonrisa hasta benévola, tocándose el cuello: “Ay, no me venga a hablar de comida, que estoy hasta aquí…”


¿Canto a la bandera?

El Estado colombiano ha oscilado entre la represión y la protección (en el inconsciente colectivo de la élite social, los niños pobres forman parte de las llamadas clases peligrosas). Los adolescentes pobres son siempre sospechosos de delincuencia. Sin embargo, a finales de los 80, se observa un interés de las organizaciones internacionales y del Estado para abordar el drama del trabajo infantil.

Colombia ratificó la Convención sobre los Derechos del Niño de 1989, el Convenio 138 de la OIT (Organización Internacional del Trabajo, de las Naciones Unidad) sobre la edad mínima de admisión al empleo, que es de 15 años, y el Convenio 182, de la misma OIT, que concierne las peores formas de trabajo infantil: servidumbre, reclutamiento forzoso por grupos armados, utilización de niños en el tráfico de estupefacientes y trabajos perjudiciales para la salud, la seguridad y la moralidad de los niños.

El IPEC (Instituto para la Erradicación del Trabajo Infantil), creado por la OIT, propicia, financia y monitorea acciones de intervención que han logrado resultados puntuales en la erradicación de algunas de las peores formas de trabajo infantil, especialmente en la minería. Algunas ONG, como Save the Children, y gremios como la Andi o Asocoflores han tomado en serio su responsabilidad social, ofreciendo apoyos nutricionales o formación profesional a las trabajadoras cabeza de familia y las centrales sindicales realizan trabajos de sensibilización en puntos focalizados de la ciudad, además de realizar encuestas que nutren los bancos de datos del IPEC.

La Alcaldía de Bogotá ha emprendido unas acciones de intervención integral con los niños trabajadores desescolarizados. A través de la labor multidisciplinaria de las entidades Amar, ha podido disminuir de modo notable el número de niños trabajadores.

El coordinador operativo de Amar Chapinero, Carlos Felipe Romero, a la cabeza de un proyecto cuyo lema es “Cero tolerancia con el maltrato y la explotación infantil”, y con un equipo de profesionales que respira compromiso, amabilidad y solidaridad, nos explica las grandes líneas que se desarrollan: la atención preventiva, que implica una vinculación permanente al sistema escolar, asumida por la Alcaldía, actividades en horas libres, cubrimiento en salud la atención integral, que se ocupa de niños en condición de explotación laboral, involucrando a los padres del menor, la atención especializada, focalizada hacia las peores formas de trabajo infantil o a niños cuyos padres laboran de noche.

En los tres casos, la estrategia es garantizar el acceso progresivo y la permanencia en los servicios sociales, con una formación del núcleo familiar en derechos y construcción de ciudadanía al tiempo que en formación profesional remunerada y vinculación al trabajo. Esta experiencia reconforta y ojalá se multiplique en la ciudad y en el resto del país. Pero aún es escasa la visibilidad pública del problema del trabajo infantil: esporádicas campañas de sensibilización y unos medios de comunicación masivos que poco se interesan por el tema: la obesidad y la hiperactividad parecen tener sus preferencias.

A pesar de las intervenciones públicas sobre el trabajo infantil, éste no dejará de crecer si no se crean las condiciones de una escolaridad generalizada, realmente gratuita, en el sentido de la cobertura de matrículas, pensión, libros, útiles y uniformes. Obviamente las condiciones de pobreza de la mitad de la población bogotana y de las escasas oportunidades de trabajo formal no permiten mucho optimismo, como tampoco lo alienta el modelo imperante, en el que la educación, la recreación, la salud y el trabajo digno han dejado de ser derechos para convertirse en mercancías.

Mientras la pobreza sea objeto de una sola actitud asistencialista y no se ataquen sus causas, los niños tendrán que seguir con el fardo del trabajo. ¿Cómo será Colombia sin niños, si son el futuro de la patria?

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